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Aun en guerra, la función debe continuar

Nada, ni siquiera la guerra, impide que las artes escénicas de Ucrania dejen de brindar paz y felicidad a la gente. “En el teatro, existe la regla de que, aun en la guerra, deben continuar las funciones”, asegura el artista Andrey Kornienko. 
The New York Times
13 febrero 2015 18:50 Última actualización 14 febrero 2015 5:0
El teatro ucraniano libra su propia lucha. (NYT)

El teatro ucraniano libra su propia lucha. (NYT)

DONETSK, Ucrania.– El bombardeo persistente apenas si era audible a través de las gruesas paredes de piedra de la Academia Nacional de Opera y el Teatro de Ballet de Donetsk. Podría no haber sido más que un tranvía desvencijado que pasaba rebotando por la calle Artem.

Sin embargo, hubo un solo momento, cuando Sylva hacía su grandiosa entrada en la matiné de La princesa gitana, de Emmerich Kálmán, en el último fin de semana de enero, en el que una tremenda explosión hizo temblar los pisos sólidos, aunque solo ligeramente, como si se hubiera tratado del propio tímpano de Dios.

“En el teatro, existe la regla de que, aun en la guerra, deben continuar las funciones”, contó Andrey Kornienko, el director de publicidad de la Academia. “Es nuestro deber hacer nuestro trabajo, apoyar emocionalmente a la gente, darle arte”.

En un febrero caluroso, ya desaparecida la nieve de los parques y los bulevares llenos de baches en Donetsk, pero nunca se alejan de la mente los combates entre los rebeldes pro rusos que controlan la región y el Ejército ucraniano en las afueras de la ciudad, en el norte, oeste y sur. Hace poco, murieron al menos cinco personas por las descargas de artillería que también dañaron un hospital, seis escuelas y cinco jardines de niños, dijeron funcionarios locales.

Las personas mueren casi a diario por los bombardeos. La mayoría de las luminarias están apagadas por las noches o titilan en una especia de media vida, en tanto que trechos completos de edificios de departamentos están oscuros, como tumbas. La presión del agua es inestable. De alguna forma, sin embargo, continúa la vida cultural y comercial.

“Todos ponen demasiada atención en lo que está pasando en la línea del frene”, comentó Vitaly Kobrik, el subdirector de un complejo deportivo para jóvenes que batalla para mantenerse abierto. “¿Qué es eso? Solo personas que se asesinan unas a otras. Nadie le pone atención suficiente a lo que le está pasando a la gente común que trata de vivir aquí, en semejantes circunstancias”.

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Teatro

La muy apreciada Academia, prosigue con su programa regular de representaciones los fines de semana, al igual que el vecino teatro dramático. Los intérpretes del popular circo de Donetsk, tras haber concluido con sus rutinas de Año Nuevo, planean una nueva ronda de espectáculos.

El planetario está abierto cada fin de semana. Muchos cines están funcionando. Un puñado de centros comerciales han conservado abiertas sus puertas, aunque la mayoría de las tiendas están a oscuras y sin mercancía.

En enero, en el centro de exposiciones Arte Donbass, se inauguró una exhibición de obras nuevas de la Unión de Jóvenes Artistas con una serie de discursos y una conmovedora interpretación de “Sobreviviré”.
“La canción encaja muy bien en la situación”, observó secamente Katerina Kalinichenko, la directora de la galería.

El nombre del espectáculo fue Esperanza, creencia y amor y, en general, es una obra alegre y animada. Kseniya Shevchenko, la directora general de la Unión, dijo que solo siete de sus 10 integrantes siguen en Donetsk. “Trato de no permitir que la guerra influya en mi obra. Es tan gris, tan sombrío”, dijo.

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Teatro

En el complejo del Circo Estatal Donetsk, al sur del centro de la ciudad, con su fachada circular y sus enormes ventanales llenos de tierra, el director Juriy N. Kukuzenko caminó tristemente por la vacía pista central.

En épocas normales, el circo podía atraer a una población regional de cinco millones de personas. Sin embargo, conforme se vacía pueblo tras pueblo en anticipación de los combates, se ha reducido el público.

El circo no ha tenido ganancias en un año. Los intérpretes itinerantes dejaron de venir a la región. Durante algún tiempo, en el otoño, se utilizó el terreno como punto de distribución de la ayuda humanitaria.
“Al final, nos dimos cuenta, ya nos habíamos hartado de sentir miedo todo el tiempo”, explicó Kukuzenko.

El Palacio de los Deportes Dinamo está ubicado junto a un plácido lago, cerca del centro de la ciudad, al otro lado del casco quemado de un café flotante, destruido por los bombardeos que también hicieron añicos muchas de las ventanas del gimnasio. El Palacio es famoso en Ucrania por formar a gimnastas estrellas como Liliya Podkopayeva, medallista de oro en los Juegos Olímpicos de 1996.

En un extenso espacio en un segundo piso, dos docenas de niñas, de más de cuatro años, realizaban una serie de ejercicios de calentamiento bajo el ojo observador de sus entrenadores. En tiempos normales, hay clases de arquería, boxeo, natación, artes marciales y otras actividades, pero ahora, solo se presentan las pequeñas gimnastas.

“Algunos de nosotros no dormimos en toda la noche por el bombardeo, pero, aún así, aquí estamos”, comentó Liliya Pugachyova, quien colaboró en el entrenamiento de Podkopayeva. “Mantenemos a los niños en buena condición física, pero también metemos su mente en algo diferente, lejos de la guerra”.

Antes de la guerra, unas 60 niñas se presentaban al entrenamiento diario, contó Kobrik, la subdirectora. Ahora, son solo unas 20, dependiendo del nivel de los bombardeos.

Trina Bugayova le volvió a poner la ropa de invierno a su nieta de seis años, Asya, después del entrenamiento y la preparó para el largo viaje de regreso a la casa.

“Cuando oímos que el bombardeo no está tan fuerte, venimos aquí para el entrenamiento”, dijo. “No puedes solo tener a la niña en la casa”.
La niña también toma clases de canto y ajedrez, si lo permite la guerra. “Estas niñas, han madurado muchísimo en el último año”, dijo Kobrik. “Cada guerra hace que los niños sean más maduros, especialmente la guerra civil”.

Lydya Kachalova pasó 30 años como cantante en la Academia y 25 más como gerente de escena. Festejó su cumpleaños 80 en enero y se sienta en su lugar junto al escenario, con un saco rojo, almidonado, alerta al ajetreo a su alrededor. Aunque vive cerca de la principal estación de ferrocarriles, en un barrio muy golpeado en los combates, no ha faltado a ninguna función y ni puede imaginar no hacerlo.

“Esto es lo que me ayuda a seguir adelante en esta situación”, dijo, presionando el botón que hizo sonar una campana para avisarles a los intérpretes que tomaran sus lugares. “Para mí, no es un trabajo. Es el único lugar al que puedo venir y relajarme”.

Antes de la guerra, el coro tenía 75 elementos. Ahora, son menos de 30. Un tercio de ellos huyó de la ciudad, también, aunque, por fortuna, varios de los músicos pueden dirigir, de ser necesario. Uno de los violinistas estaba dirigiendo “La princesa gitana” esa tarde.

Se incendió la bodega donde estaba la mayoría de las escenografías de la compañía, durante la batalla por el aeropuerto de Donetsk, en el otoño. Ahora, solo tiene las suficientes para 15 producciones, en comparación con sus habituales 30.

“A veces estamos llenos, a veces solo tenemos unas cuantas personas”, dijo Kornienko, el director de publicidad, mientras estudiaba a las 155 personas del público de la matiné. “Si tienes miedo de ir a la central de autobuses, no vas a la ópera”.

Tras bastidores, antes de la función, Román Belgorodsky, uno de los bailarines, vestido de frac y sombrero de copa, se preparaba para salir a escena.

“Es difícil mantener la mente en tu interpretación a causa del conflicto”, dijo Belgorodsky de 23 años. “Pero las explosiones no son tan fuertes aquí, así es que estar aquí me ayuda a olvidar. Pero después debo salir y retornar a la negra realidad”.