New York Times Syndicate

Así escribí mi primera novela mientras trabajaba en un chat para adultos

Escribí mi primer cuento, que luego se convirtió en novela, mientras trabajaba en un chat para adultos, donde aprendí a escribir sin presión y sin autocrítica.
Suzanne Joinson
03 mayo 2015 13:20 Última actualización 03 mayo 2015 13:37
mi primera novela (NYT)

mi primera novela (NYT)

En el 2004, acababa de llegar a Londres y estaba lo suficientemente verde como para pensar que podría establecerme como escritora profesional en un año. No del todo como la aspirante a actriz de Hollywood que trabaja de mesera, pero no muy lejos de ello. Llegué a amar a Londres una vez que había conquistado sus callejuelas y comprendí sus secretos, pero mi primer año viviendo ahí fue inhóspito y desgarrador.

Aseguré un empleo a nivel principiante en el sector editorial con el que cubrí la renta y nada más. Viví en una casa compartida en las zonas baldías del sur de Londres, y uno de mis compañeros era un actor al que le pagaron una vez con una dotación para seis meses de un cereal para el desayuno que gentilmente compartió con el resto.

Cuando se dio cuenta de que mi dieta consistía exclusivamente de esas bolitas azucaradas, se ofreció a ayudarme a conseguir un empleo de medio tiempo donde él trabajaba cuando no hacía audiciones: como escritora de mensajes relacionados con sexo, para hombres que pagaban por la emoción de recibirlos.


“No juzgues”, dijo. “Es flexible y pagan bien”. Sintiéndome mojigata, al principio lo rechacé, pero ese mes mi sueldo apenas si estuvo en mi cuenta bancaria antes de que me lo gastara totalmente. Así es que le pedí que me contara más.

La oficina estaba en Kings Cross, una lúgubre parte de Londres, llena de bodegas y callejones que más vale evitar. Me sorprendió que me condujeran a un salón que, sin más, parecía un centro de atención al cliente: paredes beis, cabinas de teléfono con computadoras individuales y sillas giratorias, un enorme tablero de corcho con el horario del personal y una zona de cocina con lo necesario para prepara té.

El encargado era un tipo bastante agradable de casi 40 años. Me llevó hasta una cabina y señaló hacia un hilo de mensajes en fila, similar a un chat. Dijo que se iría por un momento y me pidió que leyera la pantalla en lo que regresaba. La miré. “¿Qué llevas puesto?”. “Hey, entonces, ¿qué estás haciendo?”. “¿Quieres hablar?”. Suaves, aperturas de principiantes en los chats. El regresó.

— ¿Te ofende este contenido? – preguntó.
— Realmente no – dije.
— ¿Sabes cómo usar una PC?
— Sí.
— El trabajo es tuyo.

Pagaban 11 libras la hora, y trabajé dos noches a la semana. Los hombres -nunca me topé con nadie que dijera ser mujer- enviaban mensajes en respuesta a anuncios que decían: “¿Busca mujer soltera cerca de usted?”. Enviaban textos desde sus teléfonos y yo los respondía en la computadora.

Había toda una gama de identidades para que yo clicara y fingiera ser: Inga, nueva en Londres; Susan, aburrida, que buscaba problemas; ese tipo de cosas. El objetivo era hacer que el hombre en el otro extremo siguiera respondiendo porque metía más de 1.50 libras por texto.

El reto de conjunto era ganar el premio Reina de la Noche para quien recibiera la mayor cantidad de textos, y el ganador obtenía un bono de 25 libras. La primera vez que logré esa altura tan elevada, me sentí extrañamente orgullosa.

Me avergonzaba hacer este trabajo, así es que no hablé de él. No lo mencioné en la editorial, ni el bar con los amigos. Era un empleo en las márgenes del sector sexual, pero había reglas estrictas: nadie menor de 18 años, nada de violencia, nada de incesto; cualquier mención de estos temas y había que “terminar el diálogo”.

Estaba prohibido dar información personal, arreglar encuentros con alguien y responder con el teléfono propio en lugar de a través del sistema automatizado.

Pensé que me impactarían estas voces anónimas que salían de la noche, pero pronto descubrí que la imaginación sexual del hombre promedio que responde a ese tipo de anuncios tiende a ser bastante predecible, tanto así que se habían programado teclas de respuestas genéricas.

Si yo guiaba a quien enviaba los textos por senderos particulares, era frecuente que pasara un rato sin necesitar usar cualquier innovación.

Me fijé el desafío de trabajar con los grandes rusos durante mis turnos. Cuando leía a Dostoievski, pulsaba la tecla que disparaba el mensaje “37F” en respuesta a la pregunta común “¿Qué talla de sostén eres?”.

Una vez que le agarré el modo a cómo funcionaba todo, fue el dinero más fácil del mundo.

Sin embargo, no estaba escribiendo, que era la razón principal de que estuviera en esta ciudad. Llevé mi computadora portátil a la oficina y diseñé un sistema.

Diez minutos de respuestas rápidas a las filas de mensajes, 20 minutos para escribir. Al principio, no funcionó para nada. Me quedaba mirando fijamente a mi documento vacío, parpadeaba y luego regresaba a los mensajes sexualmente cargados y respondía a un hombre que quería saber qué tan largo tenía el cabello.

El tipo del cabello ya me había tocado antes:
— Largo – tecleé _. Muy largo.
— Guau – respondió _. ¿Lo puedo cortar todo?
— Seguro – tecleaba yo

Mi trabajo editorial implicaba llenar muchos sobres y mecanografiar minutas. Era un reto permanecer despierta si había estado
respondiendo textos toda la noche.

Seguía tratando de ver el panorama más general, el día en el que entendería todo el magnífico proceso de la creación del producto reluciente y mágico que había venerado desde que tenía tres años: ¡un libro! Sin embargo, en realidad, solo subía y bajaba a la oficina de clasificación de correspondencia y no había ningún contacto con los místicos departamentos editoriales y de comercialización.

Rápidamente, mi empleo nocturno se volvió más productivo. Ocasionalmente, alguien se colaba con una sugerencia alarmante o una imagen, pero solo pulsaba el botón de terminar y bebía un poco de café para repurificar mi mente.

En las secciones de 20 minutos que me había creado, escribí memorias, pensamientos, fragmentos de diálogos e ideas. Pronto, noté que escribía aproximadamente 350 palabras en cada segmento. Pronto, estaba produciendo 2 mil palabras o más en cada turno.

No escribí una novela de grandes ventas sobre una chica que trabaja en una parte sórdida de Londres, pero aprendí a escribir sin presión y sin autocrítica, y, como consecuencia, empecé a generar material que después se convirtió en el primer borrador de un cuento. Ese cuento, muchos años después, se extendió a ser una novela. Aprendí que el patrón más grande solo surge con la creación de pequeños segmentos y que todo el arte está en hilvanar.

Una noche, una persona hizo las preguntas de costumbre: “¿Cuántos años tienes?”, “¿Qué llevas puesto?”. Al terminar con los preliminares, su siguiente mensaje decía: “¿Aluna vez leíste 'El abrigo’ de Gogol?”.
— ¿En serio? – respondí _. Lo acabo de leer. Quiero decir, literalmente, acabo de terminarlo.
Llegó la respuesta:
— ¡No! Me encantó, ¿a ti?
— ¡Sí! ¿Qué fue lo que te encantó?

Pasamos la siguiente hora platicando sobre la historia de Akaki ahorrando de su reducido salario para tratar de comprar un abrigo, y la miseria en su vida y todo el tiempo estuve consciente de que esta conversación le estaba costando dinero a este hombre.

— ¿Te gustaría que nos juntáramos para platicar más sobre Gogol? – preguntó. Golpeteé el escritorio. Por el conteo en la pantalla, vi que lo más seguro era que ganara el Reina de la Noche después de tan larga conversación y estaba satisfecha.

— Gracias – tecleé – pero no puedo hacer citas.
— ¿Qué talla de sostén usas? – respondió. Yo cliqueé mi botón de respuesta genérica: 37F.

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