New York Times Syndicate

Así es un día en una clínica liberiana

International Medical Corps, son una organización estadounidense que instalaron una clínica para atender a enfermos de ébola. Día a día, voluntarios y trabajadores liberianos realizan las mismas actividades: identifican quién está infectado, salvan a los que pueden y tratan de frenar la propagación del virus. 
Sheri Fink
24 octubre 2014 11:24 Última actualización 25 octubre 2014 5:0
ébola

International Medical Corps instaló una clínica para atender a enfermos de ébola. (NYT)

SUAKOKO. El polvoriento camino serpentea y desciende, pasa por una plantación de caucho y asciende una colina, cerca de los terrenos de una antigua colonia de leprosos.

El flagelo más reciente, el ébola, está bajo ataque aquí en un grupo de edificios azul cobalto operados por una organización de caridad estadounidense, International Medical Corps.

En el recién abierto centro de tratamiento, voluntarios occidentales y trabajadores liberianos identifican quién está infectado, salvan a los que pueden y tratan de frenar la propagación del virus. Es un lugar común y sobrenatural.

Jóvenes dan vueltas mientras esperan los resultados de pruebas; un incinerador de desechos médicos arroja un humo acre al cielo tropical; los médicos son reconocibles en trajes protectores amarillos; los pacientes que quizá no tengan ébola escuchan la radio con quienes sí, separados por una cerca y aire fresco.

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EL DÍA A DÍA

He aquí el ritmo de un solo día:

7:20 de la mañana: Poco después de su llegada, una media docena de médicos y enfermeras se reúne cerca de pizarrones blancos para recibir los informes del turno nocturno. Había 22 pacientes, y no hubo muertos durante la noche.

El centro – que incluye un área de selección, una unidad restringida para pacientes sospechoso de tener infecciones de ébola y otra para aquellos presa de la enfermedad – no está rebosante como algunas clínicas en Monrovia, a más de cuatro horas de aquí hacia el oeste.

Está diseñado para dar acomodo a hasta 70 pacientes. Pero con unos 200 trabajadores, sigue ampliándose después de abrir hace apenas unas semanas, y solo tiene dos ambulancias para transportar pacientes.

Un hombre septuagenarios, un locuaz favorito del personal, estaba confuso, y su sábana estaba cubierta de sangre. Había sido admitido cuatro días antes, pero las pruebas de laboratorio que confirmaran un diagnóstico de ébola no habían llegado todavía. “Pienso que lo padece”, dijo el doctor Colin Bucks, un estadounidense.

“Pienso que este será el colofón de una vida”. Ocho pacientes necesitaban fluidos intravenosos para combatir la deshidratación. Un paciente fue descrito como contento. Otro estaba jugando cartas.

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UNA PLEGARIA PARA INICIAR LA DIFÍCIL LABOR

7:40 de la mañana: La devoción matutina comenzó con una canción y palmas, interpretada en tres ritmos. Unos 18 trabajadores locales, la mayoría vestidos con botas de hule y batas de hospital azules blanqueadas tan frecuentemente que ahora eran rosa pastel, bailaron, luego oraron por la misericordia de Dios para la unidad de tratamiento y quienes trabajaban ahí.

Algunos plegaron sus manos, envueltas en guantes de colores brillantes, sobre su corazón. Al unísono, los liberianos cantaron: “Cúbrenos con tus brazos protectores, Oh Dios”.

8:10 de la mañana: Sean Casey, un estadounidense que es el líder del equipo en el centro, se reunió con sus jefes de departamento para lo que se convirtió en una conversación sobre el flujo de pacientes.

El jefe de la cuadrilla de ambulancias dijo que cinco pacientes con posibles infecciones de ébola esperaban ser trasladados al centro. Pero la sala con casos sospechosos estaba llena, dijo Casey, y necesitaba ser despejada primero. Se necesitaban los resultados del laboratorio, para que los pacientes sin ébola pudieran ser dados de alta y los casos confirmados pudieran ser trasladados a la otra sala.

El centro también tenía algunos pacientes con otras enfermedades diferentes al ébola. Deberían haber sido transferidos al hospital local, pero éste ofrecía solo atención limitada desde que reabrió después de que seis enfermeras murieron de ébola. “Adelante y háganlo bien”, instruyó Casey.

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8:40 de la mañana: Una mujer liberiana servía un vaporoso potaje de camote de una cubeta azul; el desayuno para los pacientes y el personal. La comida es preparada fuera del lugar, en una universidad que está cerrada debido al brote y que alberga a muchos de los miembros del personal.

El centro tiene a personas que trabajan como limpiadores, rociadores y removedores de desechos que continuamente desinfectan el sitio y retiran el material contaminado.

8:45 de la mañana: El personal médico – incluidos un médico estadounidense, una enfermera española y una enfermera keniana, junto con un asistente médico, enfermeras y otros trabajadores liberianos – se ponen el equipo protector pieza por pieza para entrar en las áreas de tratamiento.

Guantes, trajes Tychem, máscaras, capuchas, delantales, gafas, la colocación es verificada ante un espejo para asegurarse de que no quede expuesta nada de piel. El proceso tomó unos 20 minutos.

Un médico, Steven Hatch, entró en la sala de los pacientes con supuestas infecciones de ébola y preguntó a los pacientes si tenían hambre. “¿Cómo se siente?”, dijo a uno. Una mujer en una camiseta caminaba muy rígida detrás de él llevando una silla de plástico, que parecía pesada en sus débiles manos.

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Miembros del personal fuera del área de pacientes dejaban caer dentro botellas de agua y lanzaban bolsas de basura de plástico por encima de una puerta desde el vestidor, sin tocarse. El personal de limpieza había pasado antes que el equipo médico y estaba rociando el suelo con una solución de cloro y recogiendo la basura en cubetas.

Los miembros del personal que observaban desde fuera debatían si se daría un conjunto de mesas de juego de madera con dados a los pacientes en el ala de casos sospechosos. Casey decidió que no, por temor a enfermar a alguien no infectado; solo los pacientes de ébola confirmados podían jugar juntos de manera segura.

Friederike Feuchte, una sicóloga alemana, comprendió pero estaba decepcionada. “Se sienten aburridos”, dijo de los pacientes que esperan los resultados de sus pruebas. Uno de ellos, Kolast Davies, de 45 años de edad, coincidió. “Estar aquí es estresante y muy aburrido, especialmente cuando no conoces tu destino”, dijo en una entrevista.

Fue admitido después de que los gerentes de la compañía de producción de acero donde trabaja, ArcelorMittal, lo enviaron cuando regresó de unas vacaciones en Monrovia.

Ahora, tres días después, los resultados de sus pruebas no regresaban. Parecía sano, y el equipo médico quería asegurarse de que no contrajo ébola de los otros pacientes. “Me dijeron que debería ser muy cuidadoso ante los otros. Nada de tocarlos”, dijo. Su cama, como las otras en la unidad, estaba en un espacio pequeño separado de los otros por paredes de marcos de madera y lona, y compartía una letrina con otros pacientes.

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10 de la mañana: Dos hombres que usaban trajes protectores amarillos y gruesos guantes de goma partieron de la clínica llevando una bolsa para cadáveres en una camilla. Mientras caminaban por el bosque tropical lleno de trinos de aves, otro hombre los seguía, rociando el camino de tierra hasta que las hojas pardas brillaban de solución con cloro. Estaban sepultando a un hombre de 38 años de edad.

10:50 de la mañana: Los médicos revisaron el primer conjunto de resultados de pruebas enviado por un nuevo laboratorio móvil que la Armada de Estados Unidos había establecido el día anterior en los terrenos de la universidad local. Parecía milagroso: Los resultados de las pruebas ahora serían entregados en solo unas horas en vez de los cuatro a cinco días requeridos antes, cuando las muestras tenían que ser llevadas a Monrovia y en ocasiones se perdían.

Davies se enteró de que no tenía ébola y podía irse.

Mediodía: Llegó el almuerzo; las cubetas azules que sirvieron potaje de camote en la mañana ahora estaban llenas de arroz. Los trabajadores sirvieron comida en platos de plástico en la sala de descanso del personal, a la espera de que los médicos y enfermeras se acercaran cuando tuvieran un momento libre.

1 de la tarde: Un miembro del personal regresó del mercado local con bolsas de ropa de segunda mano, artículos para reemplazar las prendas de los pacientes que habían sido desechadas porque estaban sucias o posiblemente contaminadas. Entre su cargamento: 20 lappas, lienzos de batik locales usados como faldas; 20 sostenes; 30 pares de calcetines; y pilas de sacos y pantalones desgastados. “Esto es de décima mano”, bromeó Eric Diudonne, un ingeniero civil, quien envió la ropa al personal de lavandería para que la lavara.

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4:30 de la tarde: Las enfermeras se pusieron los trajes protectores para dar las medicinas de la tarde, poner líquidos intravenosos y extraer sangre a los pacientes nuevos y tres a los que se tenía que hacer de nuevo la prueba. Y los nuevos resultados llegaron.

7:10 de la noche: El equipo del turno de día hizo la entrega de los pacientes al personal nocturno. Varios pacientes parecían estar mejorando. Y algunos cuyas pruebas resultaron ser negativas se irían a casa al día siguiente. Pero, informó una enfermera, un hombre había vomitado en el patio. Otros habían encontrado una navaja bajo su almohada, y explicó que prefería morir de un navajazo que de ébola.

Dos días después, la enfermedad lo mató.

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