New York Times Syndicate

Así es la crisis de la mediana edad de un millonario

Fabrice Grinda, un emprendedor millonario francés, despertó un día con la sensación  de que algo estaba mal; sus casas en NY, fiestas y McLaren de 300 mil dólares no lo llenaban... necesitaba un cambio. 
Laura M. Holson / New York Times News Service
26 junio 2015 21:41 Última actualización 27 junio 2015 5:0
Fabrice Grinda es un emprendedor tecnológico francés con más de 200 inversiones hasta la fecha. (NYT)

Fabrice Grinda es un emprendedor tecnológico francés con más de 200 inversiones hasta la fecha. (NYT)

NUEVA YORK. Durante un tiempo, vivió en una propiedad de ocho hectáreas en Bedford, Nueva York, atendido por un mayordomo a quien le pagaba 50 mil dólares al año, y organizaba grandiosas fiestas para 60 invitados o más.

Nadaban en la piscina, libraban guerras con municiones de pintura en el bosque y jugaban paddle tenis en su cancha privada.

Sin familia ni un jefe ante el cual responder, podía ir a esquiar a Utah obedeciendo a un capricho, trabajando cuando lo quisiera, en tanto tuviera un Wi-Fi decente y una señal celular fuerte.

En ocasiones, cuando estaba inquieto, salía a pasear en su auto deportivo McLaren de 300 mil dólares. Durante los fines de semana, podía pasar la noche en su segunda casa de 13 mil dólares al mes en Manhattan cerca del Madison Square Park. Reservaba mesas a altas horas de la noche en restaurantes elegantes y cenaba en compañía de mujeres hermosas e inteligentes.

Pero mientras se acercaba a los 40 años de edad, Fabrice Grinda, un emprendedor tecnológico francés con un valor neto estimado de 100 millones de dólares no podía sacudirse la sensación de que algo estaba terriblemente mal. De algún modo, las trampas de su éxito lo estaban agobiando.

Estaba teniendo una crisis de la edad mediana, a la inversa.



“La gente cumple 40 años y habitualmente compra un brillante auto deportivo”, dijo Grinda durante una entrevista en una suite en el penthouse del Sixty LES, un hotel boutique céntrico. “No dicen: 'Voy a hacer recortes en mi vida y renunciar a todas mis posesiones para enfocarme en las experiencias y las amistades’”.

Pero eso es exactamente lo que hizo Grinda. Se mudó de la casa de Bedford en diciembre de 2012, abandonó el departamento en la ciudad y se deshizo del McLaren. Donó ropa, equipo deportivo y utensilios de cocina a la Iglesia de San Francisco Javier en el Bajo Manhattan. Dio sus muebles a Housing Works, y empacó una pequeña maleta Tumi con 50 artículos.

Le llamó “la muy grande reducción”: Iba a recorrer el mundo, trabajando sobre la marcha mientras se hospedaba con amigos y familiares. Estaba organizando las cosas intencionalmente para tener la oportunidad de enfocarse en lo que era importante en la vida.

“Cuando hice recuento de las cosas que más me importaban”, dijo, “eran las experiencias, las amistades y la familia; en nada de lo cual había invertido mucho, en parte porque estaba demasiado ocupado, y en parte porque me sentía anclado por mis posesiones”.

Supuso que todos estarían felices de verlo. Pero como escribió Benjamin Franklin: “El pescado y los visitantes apestan a los tres días”.

Su primera escala fue Miami. Grinda se hospedó con un amigo de la niñez, Olivier Brion, en la casa que éste compartía con su esposa, Hélène, y su hijo pequeño.

Poco después de su llegada, hubo problemas. Por una parte, estaba la cuestión del comportamiento de Grinda. “Cuando habla lo hace muy alto”, dijo Brion.

Grinda también quería jugar tenis después de que su amigo llegaba del trabajo a la casa, lo cual dejaba a Brion renqueando y adolorido por sus furiosos partidos de dos horas.

Además, estaba el tema del guardarropa de la maleta de Grinda. “Mi esposa le lavaba la ropa”, dijo Brion. También asumió la tarea de tender su cama en la pequeña habitación de huéspedes.

La visita duró toda una semana.

“Fue un desastre”, dijo Grinda. “Para las 10 de la noche, ellos estaban muertos y exhaustos y yéndose a la cama. Yo apenas empezaba”.

Nacido en un suburbio de París en 1974, Grinda se graduó de Princeton en 1996 con un título en economía. Trabajó como consultor en McKinsey & Co. durante dos años antes de regresar a Francia para fundar una compañía de subastas en línea financiada por el magnate empresarial Bernard Arnault. Grinda la vendió en 2000.

Regresó a Estados Unidos, donde cofundó Zingy, un creador de juegos y tonos para teléfonos móviles, que recaudó 80 millones de dólares en una venta en 2004. Después de eso, fue fundador de OLX, un servicio estilo Craigslist que se ha convertido en uno de los sitios web de anuncios clasificados más grandes del mundo.

Ahora es un emprendedor e inversionista ángel, con más de 200 inversiones hasta la fecha. Visita empresas incipientes en Berlín, París, Nueva York, San Francisco y otras ciudades.

Después de su fiasco con la familia Brion, Grinda probó suerte en París, hospedándose en el departamento de un primo, Cyril Lejeune, que es banquero.

Grinda pasaba las tardes en la sala de estar, tecleando en su computadora entre llamadas de negocios, y su guardarropa de nuevo resultó un problema. “No tenía suficiente ropa en la maleta, así que tomaba prestada la mía”, dijo Lejeune.

Fue una visita de tres días.

En total, dijo Grinda, se hospedó con unos 15 amigos y familiares en los primeros meses de 2013.

Una vez que se dio cuenta de que sus días como huésped errante estaban contados, Grinda decidió cambiar su enfoque: Siguió viajando, pero ahora rentaba departamentos en Airbnb o se hospedaba en hoteles de lujo.

Eso también representó problemas. Las tasas de ocupación son altas en las ciudades donde trabajaba por varias semanas a la vez.

Fraguó un nuevo plan: Sus amigos y familiares acudirían a él.

Pero Grinda olvidó considerar que no todos viven como él lo hace. Por un lado, había programado las vacaciones en Anguila durante el ciclo escolar, lo cual significó que sus amigos con hijos no podían ir. Unas 50 personas hicieron el viaje.

Después de ese revés, se avino a un compromiso. Ahora, celebra dos fiestas – en Navidad y durante el verano – en Cabarete, República Dominicana, donde recientemente se convirtió en residente (tiene una tasa impositiva baja). El costo: Unos 25 mil dólares por fiesta, dijo. En agosto pasado, celebró su cumpleaños número 40 ahí, rodeado por amigos y familiares.

Grinda dijo que ha aprendido mucho sobre su muy grande reducción. Se reconectó con viejos amigos, aun cuando eso significó molestarlos un poco, y reavivó su relación con su padre.

“Pasamos tiempo hablando de su vida”, dijo. Y ya no está en contra de la idea de tener un domicilio fijo; dijo que está en negociaciones para comprar un departamento de dos recámaras en el Lower East Side, el cual planea rentar cuando no esté en la ciudad.

Sin embargo, el experimento ha cobrado un precio. “La filosofía es interesante”, dijo. “Pero ¿cómo se le pone en práctica? ¿Cómo se le hace realidad?”

Recientemente se separó de Otilia Aionesei, una exmodelo que trabaja en una startup de tecnología, con quien había estado saliendo, intermitentemente, por dos años. El problema fue su falta de una casa compartida.

“Si quieres ser su novia, esta es la vida que debes llevar”, dijo Aionesei. “A mí me gustan las cosas sencillas, ver películas en el mismo sofá”.

Grinda tenía una opinión diferente. “Fuimos a las Galápagos”, dijo. “Fuimos a Tulum. A San Bartolomé. Tenemos todas estas maravillosas experiencias y recuerdos juntos”.

(A su madre le preocupa que nunca siente cabeza. “Si él es feliz, está bien”, comentó en un correo electrónico, “pero no me gustaría ser su novia”.)

Grinda miró en derredor de la sala de estar de la suite del hotel, austera con sus muebles negros y blancos.

“Mi hogar es donde estoy”, dijo. “Y no me importa si es la casa de un amigo o un sofá o en mitad de la selva o en una habitación de hotel en el Lower East Side. Pero me doy cuenta de que la mayor parte de la humanidad, especialmente las mujeres, no lo ven así”.

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