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Militar recordará siempre el 'gracias' de mujer que salvó

Lo único que decía era ‘gracias’, ‘gracias’, ‘gracias’, desde que la sacaron de los escombros y cuando iba ya en la camilla." comparte un sargento segundo del cuerpo “Zapadores” del Ejército Mexicano. 
Rivelino Rueda 
22 septiembre 2017 0:1 Última actualización 22 septiembre 2017 5:5
Condesa

Labores de rescate en la colonia Condesa. (Cuartoscuro).

En lo único que pensaba el sargento Nicolás O. cuando colaboró en el rescate de dos mujeres y un niño del edificio derrumbado en Viaducto y Torreón, en la colonia Narvarte, era en su pequeño hijo de 12 años.

La sonrisa de su muchacho sobre todo la vio dibujada en el rostro y en la prominente barriga de una de las mujeres que estaban atrapadas y que son sobrevivientes del terremoto del martes. Y es que esa mujer de unos 35 años, relata, estaba embarazada.

“Lo único que decía era ‘gracias’, ‘gracias’, ‘gracias’, desde que la sacaron de los escombros y cuando iba ya en la camilla. La imagen la tengo guardada y se quedará ahí por siempre. El ruido era inmenso por los gritos de júbilo de rescatistas y voluntarios. No tengo palabras. Pero sí, en lo que pensaba era en mi hijo”, comparte.

Nicolás O. (quien pidió que no se publicara su nombre real) es sargento segundo del cuerpo “Zapadores” del Ejército Mexicano. Es ingeniero militar por vocación y se siente orgulloso de pertenecer a las Fuerzas Armadas. Colaboró en el rescate de personas en las devastadoras inundaciones de Tabasco, en 2007, y dice que también participa en misiones de combate al crimen organizado, sobre todo en Tamaulipas, Chihuahua y Durango.

Este sargento narra el caso específico de la muchacha en estado de gravidez. Se le iluminan sus ojos color verde cuando platica que escuchar su voz debajo de las toneladas de concreto les inyectaba mucha esperanza a él y a los rescatistas con los que retiraba piedra por piedra.

El ingeniero militar, de 30 años y originario de Michoacán, menciona que cuando se logró abrir un canal hacia ella se introdujo un tubo de PVC para que pudiera respirar y también para poder comunicarse.

“Hay altas y bajas en estas tragedias. Hay momentos en que ya no escuchas la voz de la persona, pero cuando retoma la comunicación todo cambia. Por eso son tan necesarios los silencios, para tener claridad y certeza de que hay vida ahí abajo”, explica.

La conversación se desarrolla en medio de la calle Torreón. Del lado izquierdo se observa la lateral de Viaducto y la maquinaria pesada en medio de lo que fue ese edificio colapsado de siete pisos, ya completamente limpio de escombros. Del lado derecho la Calzada Obrero Mundial, donde se concentran varios militares.

Tiene un plato de unicel con un arroz a medio terminar por la charla. No lo suelta en ningún momento. Se ve orgulloso. No sólo se observa orgulloso, lo dice.

“Salvar una vida, una sola, me hace una persona muy afortunada. Ese ‘gracias’ de la muchacha me lo voy a llevar hasta la tumba”, sostiene.