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Rousseff dispuesta a bajar impuestos para terminar con protestas

12 febrero 2014 4:22 Última actualización 24 junio 2013 14:48

  [Reuters]  


 
Reuters
 
BRASILIA/SAO PAULO- La presidenta brasileña, Dilma Rousseff, dijo el lunes que el Gobierno federal está dispuesto a reducir los impuestos al diésel para metro y trenes de cercanías, en respuesta a una masiva ola de protestas contra la mala calidad de los servicios públicos como el transporte.
 
Pocas personas en Brasil saben mejor que la presidenta Dilma Rousseff lo que es tener unos 20 años y estar furiosa con el gobierno.

Rousseff, que en la década de 1960 fue una guerrillera marxista y peleó contra la dictadura militar, está ahora al otro lado del mostrador, intentando desactivar las protestas que en las últimas dos semanas sacaron a más de 1 millón de personas a las calles, alteraron los mercados y podrían incluso amenazar su reelección en el 2014.

Y la ironía no pasó desapercibida para los manifestantes, como uno que llevaba la semana pasada un cartel con una foto de Rousseff tomada tras su detención a los 22 años y la leyenda: "¡Tus ideales eran los mismos que los nuestros! ¡Queremos otra vez a esa Dilma!".

Pese a su pasado y sus actuales políticas de izquierdas, los asesores de Rousseff dicen que, al igual que a otros políticos, le costó entender qué querían los manifestantes y decidir cómo reaccionar. Y la dura verdad es que no hay opciones fáciles.

Las demandas de los manifestantes de más gasto en hospitales, escuelas y transporte público no podrían llegar en peor momento para su gobierno, que intenta recuperar su credibilidad ante los inversores mediante un renovado foco en la disciplina fiscal.

El movimiento de protestas, que no tiene nombre ni líderes y floreció gracias a las redes sociales y una enorme participación de estudiantes universitarios, unió a brasileños frustrados con la corrupción, los deficientes servicios públicos y los miles de millones de dólares gastados en preparativos para la Copa Mundial del 2014.

Aunque la mayoría de las protestas fueron pacíficas, decenas de personas resultaron heridas y dos muertas.

Rousseff prometió reprimir a una minoría de manifestantes violentos que saquearon comercios y vandalizaron edificios gubernamentales, pero elogió el espíritu democrático de la mayoría y dijo que atendería sus demandas.

La presidenta tenía programado reunirse el lunes con gobernadores y alcaldes, buscando apoyo para sus planes de construir hospitales y mejorar el transporte público en las ciudades de Brasil.

Quiere además convencerlos para que apoyen una propuesta de ley que destinaría todas las regalías de la exploración de nuevos yacimientos de petróleo a escuelas públicas y otros proyectos de educación.

Pero la economía no logra ganar velocidad, la inflación está deteriorando el poder de compra y las crecientes tasas de interés están encareciendo el crédito al consumo. Además, dos años consecutivos de lo que muchos economistas ven como un relajamiento fiscal dificultan un aumento del gasto.

Eso significa que Rousseff no tiene mucho margen de maniobra y en el corto plazo los manifestantes difícilmente verán mejoras concretas en sus vidas.

Y aún así, la capacidad de Rousseff de convencer a los brasileños de que por lo menos ella está de su lado será crucial para evitar que las protestas degeneren en todavía más violencia o distraigan el resto de su agenda justo cuando la economía luce delicada.

"Desde ahora en adelante ella tendrá que comenzar a tomar decisiones con menor certeza", debido al escrutinio de los manifestantes, dijo Marcio França, un congresista del partido PSB que integra la coalición de gobierno de Rousseff.

La presidenta es una tecnócrata de carrera ampliamente respetada, pero percibida a menudo como abrupta y autoritaria. Sus altos niveles de aprobación empezaron a retroceder antes de que estallaran las protestas, una tendencia que debería continuar en el corto plazo.

Hasta ahora las protestas se han dirigido a los políticos de todos los partidos, no contra ella en particular. Algunos de sus asesores temen que al dirigirse a la nación, pueda transformarse en el blanco de la ira de los manifestantes.

Pasado rebelde

Algo que Rousseff no ha discutido demasiado desde el inicio de la crisis es su propio pasado.

Hija de un aristócrata búlgaro, Rousseff se incorporó en su adolescencia a uno de los varios grupos guerrilleros surgidos en Brasil a fines de la década de 1960. Su ex esposo Carlos Araujo, dijo en el 2010 a Reuters que Rousseff ayudó a planear algunas de las actividades del grupo, pero nunca participó en acciones violentas.

Tras su arresto a inicios de la década de 1970, Rousseff fue llevada a un centro de detención. Allí fue golpeada y colgada boca abajo de una barra de metal, mientras sus interrogadores le aplicaban descargas eléctricas en su cabeza, orejas y pezones para que confesara los nombres de otros guerrilleros, según una entrevista que dio en el 2005 al diario Folha de S.Paulo.

Rousseff estuvo presa durante tres años y medio. Después de ser liberada estudió economía y se convirtió en una izquierdista moderada que ocupó varios cargos gubernamentales tras el retorno de la democracia en la década de 1980.

En su campaña para las elecciones del 2010, los anuncios de televisión de Rousseff presentaron sus años de guerrilla como una lucha por la democracia y la igualdad en un país que, igual que ahora, tiene una de las mayores brechas del mundo entre ricos y pobres.

Desde entonces rara vez ha hablado sobre aquel período, en parte porque no cree que aquellos años la definan pero también porque no quiere alienar a los votantes más conservadores, dicen sus asesores.

En su discurso del viernes, hizo una referencia indirecta a su lucha del pasado.

"Brasil luchó mucho para convertirse en un país democrático", dijo. "No fue fácil llegar a donde llegamos, de la misma forma que tampoco es fácil llegar a donde desean muchos de los que salieron a las calles".

Algunos asesores la instaron a compartir su historia más a menudo, pero Rousseff se niega, argumentando que la gente debería en cambio oír hablar de la creciente prosperidad de Brasil en la última década.

Algunos manifestantes también han dicho que les gustaría escucharla hablar de Brasil en términos más personales.

"Ella parece buena, pero me pregunto quién es", dijo Ana Cattaldi, de 27 años, durante una marcha en Sao Paulo el sábado. "¿Es un producto de marketing? ¿O está furiosa como nosotros?".
 
 
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