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Lula está de regreso en Brasil para salvar a Rousseff y a sí mismo

La semana pasada, la presidenta de Brasil, Dilma Roussef, echó a su jefe de gabinete, Aloizio Mercadante, y otros altos ministros, lo que demostró su desesperación por los temores de su juicio político, pero también por el retorno de su predecesor, Lula Da Silva, quien está siendo visto como candidato para 2018.
Bloomberg
09 octubre 2015 19:43 Última actualización 10 octubre 2015 5:0
Lula.

Los brasileños conocen a Lula como un animal político. (Bloomberg)

La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, era tan allegada a su jefe de gabinete que sus colaboradores decían que si alguna vez lo echaba sería como echarse a sí misma.

Es lo que hizo la semana pasada. La remoción de Aloizio Mercadante y otros altos ministros demostró no sólo la desesperación por los temores de su juicio político sino también el sorpresivo retorno del predecesor y mentor de Rousseff, Luiz Inácio Lula da Silva. Lula, el gigante político de Brasil del último medio siglo que supuestamente se había retirado, vuelve a ser –a través de colaboradores clave- una presencia central en el palacio presidencial. Está siendo visto como candidato para 2018.

“El principal objetivo de Dilma es proteger su mandato, de modo que hace esto, no porque le guste, sino porque necesita hacerlo”, dijo Cristiano Noronha, vicepresidente de Arko Advice, una firma consultora política.

Hace apenas unos meses, Lula se distanciaba activamente de Rousseff, diciendo a los líderes religiosos a puertas cerradas que estaba decepcionado con ella y con el rumbo que había tomado su Partido de los Trabajadores. Famoso por llegar a la gente común e incluirla, Lula lamentó que Rousseff no haya podido hacerlo.

Fue un punto bajo en la relación entre el “creador y su creación”, como se refieren a ellos los diarios brasileños. Hubo informes de que pasaron más de un mes sin hablarse. Muchos supusieron que Rousseff quería demostrar su independencia y Lula distanciarse de su sucesora profundamente impopular.

Sin embargo, a medida que Rousseff se aferraba a su pequeño círculo íntimo y asomaba la amenaza de juicio político, la pareja comenzó a ver que su destino estaba inextricablemente unido. Rousseff comenzó a hacer caso a los consejos de Lula; Lula convocó al partido a apoyarla. Cediendo puestos de su gobierno a los aliados de él –tres ministros, incluido el jefe de gabinete Jacques Wagner, el coordinador político, Ricardo Berzoini, y el secretario de prensa, Edinho Silva- y dejándolos trabajar con el Congreso, Rousseff está tratando de salvar su presidencia compartiéndola.

“Tenemos la santísima trinidad: Dilma, Lula y el PT –son inseparables”, dijo en una entrevista Rui Falcao, presidente del Partido de los Trabajadores, conocido como PT. “Pueden morir abrazados o salvarse todos juntos”.

Los brasileños conocen a Lula como un animal político, un negociador natural capaz de hechizar al mismo tiempo a los inversores de Wall Street y a los trabajadores que ganan el salario mínimo. Su pragmatismo una década atrás lo ayudó a sobrevivir a su propio escándalo de pago por votos y al pánico del juicio político y luego arrasar en una reelección al año siguiente.

También tuvo la suerte de conducir a uno de los máximos productores de materias primas del mundo durante años de precios récord para el mineral de hierro, el petróleo, la soja, el azúcar y el café en tanto la demanda aparentemente insaciable de China alimentaba un auge en las economías emergentes. Su visión de la inclusión social también generó beneficios políticos, dado que gastó la ganancia inesperada de Brasil en planes sociales que lo ayudaron a dejar la presidencia con un nivel de aprobación superior al 80 por ciento.

Rousseff, con un carisma considerablemente menor, está tratando de enderezar su barco político en tanto una recesión que, según se prevé, será la más prolongada desde la Gran Depresión, hace peligrar los logros sociales alcanzados durante los primeros 13 años de gobierno del PT. El desempleo creció hasta 8.6 por ciento, la inflación alcanza casi 10 por ciento y se supone que la economía se contraerá casi 3 por ciento este año.