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Corea del Norte, donde lo ordinario parece extraordinario

En una segunda entrega, un periodista de Bloomberg nos cuenta su experiencia en el país asiático, a donde fue para cubrir el congreso del Partido de los Trabajadores... aunque lo que ocurrió ahí no pudo verlo con sus propios ojos.
Bloomberg
10 mayo 2016 14:57 Última actualización 10 mayo 2016 16:41
Jardin de niños en Pyongyang (Reuters)

Jardin de niños en Pionyang durante la visita de reporteros extranjeros. (Reuters)

Incluso los bebés prematuros juegan un papel en el espectáculo que lleva a cabo Corea del Norte para persuadir a los extranjeros de que todo anda bien en este aislado país.

En el hospital maternal de Pyonyang, un grupo de prensa extranjero conoce a unos diminutos trillizos, que se encuentran dormidos dentro de incubadoras.

Mientras observábamos, las enfermeras levantaron las pequeñas manos de los bebés dentro de las incubadoras y las movieron como si nos saludaran.

Hay una cuestión en Corea del Norte con los trillizos, que son separados de sus madres y enviados a guarderías estatales durante al menos cuatro años, supuestamente para 'aliviar la carga' de los padres.

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Trillizos en un hospital de maternidad en Pyongyang (Bloomberg)

La escena fue uno más de los incontables momentos extraños durante los seis días que pasé en Pyongyang, junto con otros 100 periodistas extranjeros que asistimos a la primera reunión completa en 36 años del gobernante Partido de los Trabajadores.

Lo que ocurrió en el congreso no lo pude ver con mis propios ojos. Si bien esa fue la supuesta razón por la que el gobierno nos permitió viajar a Corea del Norte, lo único que recibimos fueron visitas a fábricas, departamentos, tiendas y un sinfín de monumentos estalinistas, destinados a demostrar el poderío, bondad y sabiduría de la dinastía creada por Kim Il Sung y ahora liderada por su nieto, Kim Jong Un.

Cuanto más se esforzaban, más evidente era la sensación de desesperación y crueldad.

Todo comenzó con la solicitud de visa. Corea del Norte no tiene una embajada en los Estados Unidos, por lo que mi colega de televisión, Tom Mackenzie, y yo, enviamos nuestra solicitud a la oficina de Corea del Norte en las Naciones Unidas en Nueva York.

Luego de días sin obtener respuesta, un Señor Jong con una cuenta en Gmail y un iPhone nos dijo que estábamos aceptados.

Lo que siguió fue una serie de cargos por cosas que nosotros no queríamos, una manera fácil de obtener moneda extranjera para un régimen bloqueado por las sanciones de las Naciones Unidas.

Dentro del país, no aceptarían de nosotros otra moneda que no fueran dólares estadounidenses, euros o yuanes chinos –ni siquiera su propia moneda.

La paranoia que Kim Il Sung instaló en su gente –un odio profundo hacia Estados Unidos, un maniático control sobre sus vidas y la eliminación de información del extranjero– nos confrontó una vez que pasamos el sector de migraciones en el aeropuerto de Pyongyang.

Oficiales militares con enormes sombreros de estilo soviético se abrieron paso entre todo nuestro equipaje. Tuve que prender mi computadora para mostrar que no tenía ningún video subversivo.

“¿Qué le parece nuestro proceso de check-in?”, preguntó un guardia joven, sonriéndome. “Lleva más tiempo que en otros lugares”, contesté. Se rió.

El culto a los lideres

No importa qué tanto has oído hablar de ello, el culto a la personalidad alrededor de Kim Il Sung y de Kim Jong Un es sorprenderte presenciarlo.

Sus retratos aparecen al frente de cada edificio importante y adentro de prácticamente cualquier habitación. Murales mostrándolos parados juntos o solos, en huertos, prácticas de tiros o abrazando niños.

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Fabrica de seda en Corea del Norte (Bloomberg)


Pyongyang es la ciudad estrella de Corea del Norte, mucho más avanzada que el empobrecido campo, que no se nos permitió ver.

En todas partes hay una televisión; alguien encendió en la emisora estatal, tocando canciones que exaltaban a los lideres.

Entre los servicios no opcionales que nos hicieron pagar, el principal fue el de los escoltas que nos asignaron a cada uno de nosotros. Nos buscaron por el aeropuerto, nos llevaron a nuestro hotel asignado y no nos dejaban ir a ningún lado sin ellos.

Guía en el sitio

A cada lugar que visitamos (que tuvimos que pagar una cuota de entrada en cada uno de ellos), el guía de la visita comentó la frecuencia en la que cada uno de los líderes se habían detenido para ofrecer ‘orientación en el lugar’, esos momentos consagrados en innumerables con fotografías de los Kim rodeados de hombres garabateando en cuadernos.

Las observaciones más banales fueron consideradas como sagradas.

Para ser un país que está disparando misiles en el Pacífico y detonando dispositivos nucleares, la tecnología parece ser un problema.

En el hospital maternal se nos mostró un tomógrafo Siemens CT y equipos para mamografías, rodeados de personas en uniformes de hospital y radiografías del pecho de una mujer estaban en los tableros de luz. Solo faltaban los pacientes.

Un periodista preguntó si se podía prender la computadora del tomógrafo, creando consternación entre los empleados. Nadie sabía cómo hacerlo. Finalmente apreció un hombre y prendió la máquina.

Mientras nos movíamos a la siguiente parada de nuestro tour, vi cómo una mujer que se encontraba al lado de la computadora intentaba descubrir cómo apagarla.

Mi guía discutió vehementemente conmigo cuando le dije que todo parecía falso, pero todo lo que vimos era como un diorama de museo.

Escenas de gente haciendo ‘cosas’ pero que nunca tenían algún resultado. Nadie iba y venía. Ninguno de los niños que vimos se detuvo para mirar o reírse de nosotros. Nada estaba fuera de lugar.

A pesar de todo el control, es imposible ocultar por completo la vida cotidiana.

Desde la ventana del autobús, vimos a gente cortándose el cabello en la barbería, adolescentes jugando voleibol sin red, un niño corriendo con la mano en una barandilla mojada y viendo el chorro de agua lejos de él.

Solo aquí estos momentos ordinarios parecen extraordinarios.


Reportero en la nota original :Nicholas Wadhams en Beijing

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