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Hamburgo está 'de cabeza' por el G-20

Durante los dos días de la cumbre realizada en la localidad alemana, las protestas no se detuvieron, tanto de forma pacífica como las de aquéllos que quemaron objetos y destrozaron autos.
Timo Dorsch
08 julio 2017 13:43 Última actualización 08 julio 2017 13:46
llamas

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Algo raro pero no sorprendente pasó en Hamburgo, localidad alemana que albergó la cumbre del G-20 durante este fin de semana: la ciudad se puso de cabeza y a todos los actores involucrados la situación se les salió de control.

Los bandos no podían haber sido más opuestos, más antagónicos. A un lado los gobernantes de los veinte países más fuertes del globo, estaban protegidos por el aparato alemán de seguridad con veinte mil policías.

Al otro lado, diferentes iniciativas de protesta entre pacíficas y quienes apelaron a la fuerza. Lo que difiere a ambos bandos: mientras unos causan daño material quemando coches o rompiendo vidrios, los otros ejercen violencia contra las personas. La atención pública, la cobertura mediática y la discusión política en Alemania ahora gira alrededor de los que causaron destrozos.

En este sentido, Leo Fischer, un famoso satírico alemán, lo puntualizó en un artículo publicado durante este viernes de la siguiente manera: “Para los alemanes no hay peor ofensa que prender fuego a sus coches.” El coche, el “fetiche nacional” de los alemanes.

Con bloqueos masivos de las rutas de acceso a la cumbre, miles de manifestantes intentaron impedir el encuentro criticado. Lograron entrar en la llamada y altamente protegida ‘zona roja’ y obligaron así a la cúpula de los gobernantes hacer cambios en su agenda.

El Ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, tuvo que cancelar una discusión pública. A la delegación canadiense les poncharon las llantas de su vehículos y la primera dama de Estados Unidos, Melania Trump , no pudo salir de su hotel mientras su esposo, Donald Trump, tuvo que desviarse para llegar a su destino.

Dato curioso: cuando la cumbre todavía ni siquiera había sido inaugurada, en la tarde del jueves y mientras hacían un video llamando para la participación en las protestas, dos activistas bloquearon el paso de un auto de una delegación. El coche parado pertenecía al gobierno mexicano.

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Protesta G20 (Reuters)

La tensión ya estaba en el aire. A más tardar, cuando una manifestación del jueves con el nombre polémico 'Welcome2Hell' ('Bienvenido al infierno') solamente pudo avanzar 50 metros hasta que la policía les impidió el pase y empezó a atacar la marcha.

Su fundamento legal yace en una ley del año 1985 que prohíbe ocultar su rostro con bufanda, pasamontañas o cualquier otra herramienta durante una marcha. Clasificado como delito, sirve para cancelar a miles de ciudadanos su derecho constitucional a manifestarse políticamente.

El escenario alcanzó su clímax anoche, cuando en el Schanzenviertel, el famoso barrio alternativo de resistencia y en cercanía inmediata de los eventos de la cumbre, reinaba una espontaneidad dinámica y un caos violento de la muchedumbre.

No fueron acciones organizadas. La fuerza pública perdió el dominio absoluto. Tuvo que retirarse. Cubiertos por la noche y empujados por el momento de oportunidad, la masa amorfa despojó a una tienda de Apple de todos sus productos. Aproximadamente medio millar de personas asaltaron un supermercado al que luego prendieron fuego.

Representantes de la izquierda radical autónoma de Hamburgo se distanciaron. Andreas Blechschmidt, de la Rote Flora, un edificio ocupado desde hace tres décadas y hogar de una disidencia militante, hizo saber en una entrevista con el medio público NDR que “aquí se independizó algo y se aplicó en la calle una forma de militancia que se emborracha de si misma. Y eso se nos hace equivocado políticamente.”

El descontrol fue tal que incluso el alcalde de Hamburgo, Olaf Scholz, se dirigió públicamente a la gente. “Apelo a los autores de la violencia a que se detengan y se retiren para dejar de realizar los actos de violencia.”

“La gente quiso marcar fuerza y transgredir la ley y provocó así un estado de excepción”, narra a El Financiero Andreas Döpke, habitante de Hamburgo que atravesó aquel barrio antes de medianoche. Contrario a lo que difundía la policía alemana y muchos medios de comunicación en estos momentos, agrega que “faltan las evidencias de excesos de violencia. La situación ha sido presentada muy alterada en los medios y por parte de la policía.”

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G20 (Reuters)

Sin embargo, la policía pidió apoyo del resto del país. Incluso de sus colegas berlineses, que días antes habían provocado un pequeño escándalo mediático por un exceso de fiesta y un comportamiento poco honorable para una unidad policiaca. Fueron mandados a casa.

El apoyo llegó en forma del SEK, un comando especial de la policía que con sus uniformes militares, rostros cubiertos y armas largas ahora sí daban un toque de estado de excepción al contexto reñido. Fue cuando el estado de derecho alemán dejó de existir.

El reportero Frank Schneider del periódico BILD, conocido por su postura anti-izquierda, tuiteó que policías estaban atacando a periodistas y que le habían dicho a él: “Ahora ya no hay libertad de prensa, lárgate o al hospital.” Abusos en contra de la prensa ya habían sido documentados en los días anteriores.

Golpes y gas pimienta, amenazas verbales y anulación de su acreditación de prensa en los eventos oficiales fueron aplicados en contra de muchos periodistas que a partir de ahí cambiaron su enfoque de cobertura y voltearon críticamente hacia el orden público.

Muchos miran hacia Alemania, desde afuera y no pocos desde adentro también, como si fuera un ente completamente consolidado, sin roces o contradicciones internas. Pero ahí están.

En los momentos más críticos, más peleados, incluso un país como Alemania pierde su rostro democrático.

Contrario a la percepción generalizada, sí existe una disidencia en Alemania y en Europa occidental. Una disidencia que se hizo escuchar en múltiples formas durante estos días. Marianne Schuler, activista de la Interventionistische Linke, la Izquierda Intervencionista, agrupación de la izquierda radical a nivel nacional que organizó los bloqueos, dio a conocer en entrevista con El Financiero otra aspecto sobre las protestas.

“La gente perdió su miedo ante la policía. Y dejaron de tragar su rabia hacia la política de las élites dominantes. Lo que vivimos en estos días, a pesar de los enfrentamientos con el aparato represivo, fue un ambiente de libertad, de solidaridad". 

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G20 (reuters)

En la noche en la que ardían ciertas partes de la ciudad portuaria, no estaba lejos de ahí. Contrario a lo que difundió la policía o las imágenes que circulan sobre el SEK, la disidente explica retóricamente que “hubo un festejo de la interrupción.

Las protestas en contra del G-20 crearon un momento y un espacio, en donde la espontaneidad de las masas se elevó hacia una coreografía combativa entre todos.

“Juntos sentimos la ventolina de lo muy otro: de la valentía y del futuro que hay que conquistar”, asegura.

Y aquel otro a lo que alude la entrevistada, lo solidario entre la gente común, se podía observar en los momentos más oscuros de la noche, cuando residentes normales del barrio abrieron sus puertas para que los paramédicos pudiesen atender a los heridos, muchos en estado grave, debido a la violencia desmesurada por la policía.

La mañana después del espanto, el barrio se había tranquilizado ya. Quedan vidrios rotos, pequeños montones de ceniza, pero volvió la dinámica normal de la gente. Los daños materiales se recuperarán. Pero no tanto las víctimas de las agresiones policiacas, ya que las acciones probablemente generarán traumas y heridas profundas que durarán mucho más que una simple limpieza de las calles.

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