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El teleférico de Río que fue secuestrado por la inseguridad

Este proyecto pretendía mostrar que esa región de Brasil era algo más que luchas entre narcotraficantes y policía, pero hoy las instalaciones están cerradas y los disparos de armas de fuego se oyen cada vez más.
AFP
12 abril 2017 20:32 Última actualización 12 abril 2017 21:32
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El teleférico construido sobre una de las favelas más violentas de Rio de Janeiro como símbolo de esperanza, está ahora inactivo, en una ciudad en la que su reciente gloria olímpica parece más lejana que nunca.

La forma de sus góndolas fueron alabadas en todo el mundo cuando comenzaron a surcar en 2011 el cielo del Complexo do Alemao, infestado por la presencia de bandas criminales.

Mientras se preparaba el camino hacia el Mundial de Fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016, la red de cables y seis terminales del teleférico pretendía mostrar que Alemao era algo más que luchas entre bandas de narcotraficantes y la policía.

Pero hoy, las instalaciones están cerradas y los disparos de armas de fuego cada vez se oyen más.

Un perro callejero deambula alrededor de una de las terminales abandonadas, Alemao, situada junto a una comisaría de policía cuyos muros muestran numerosos impactos de bala. Una escena común en toda la red desde su cierre, en septiembre pasado, solo unas semanas después de que terminaran los Juegos.

La clausura se atribuyó a daños inesperados que requerían importantes labores de mantenimiento, pero los funcionarios aún no especificaron cuándo se llevarán a cabo las reparaciones, más allá de señalar que sería "en la segunda mitad" del año.

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Y los habitantes se muestran escépticos en un momento en que Rio de Janeiro está cerca de la bancarrota, el crimen aumenta y los salarios son abonados con retraso. "No creo que se reactive, no con la crisis", dice Sonia Paulo, una trabajadora doméstica de 34 años.

El único atractivo que queda del teleférico es la extraordinaria vista que se aprecia desde sus seis terminales, que conectan la cumbre de una colina con la siguiente a lo largo de esta enorme barriada de clase trabajadora.

Pero mejor no subir a las terminales para disfrutar de estas vistas, advierte el teniente Leonardo Violante, quien gestiona la estación de policía. "Los bandidos te verán y te dispararán", advirtió.

UN CAMBIO PARA ALEMAO
Cuando este teleférico abrió, hubo quien criticó su precio (210 millones de reales, 64 millones de dólares al cambio actual), considerando que era mejor dedicar ese dinero al sistema de aguas residuales, las escuelas y otros servicios básicos para el empobrecido barrio.

Pero la red, de 3.5 kilómetros, se convirtió en uno de los principales atractivos turísticos de Rio. También fue muy usado por los residentes de la favela, que evitaban así las tortuosas y empinadas calles de Alemao. Unas nueve mil personas lo usaban diariamente.

"Nos cambió muchas cosas", dice Bruna Teodoro, de 26 años, quien trabajaba en un mercado pero ahora está desempleada, como el 13 por ciento de la población activa en Brasil.

Sus trayectos diarios hasta su hogar pasaron de durar una media hora a cinco minutos. "Lo extrañamos mucho", dijo.

El teleférico no solo era un transporte: cada terminal se convirtió en un concurrido punto que ofrecía servicios médicos, postales, sociales y hasta una biblioteca.

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 BALAS PERDIDAS

 

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El teleférico también estaba muy integrado con el sistema local de policía, las Unidades de Pacificación de Policía (UPP), una idea tan revolucionaria como este transporte.

En lugar de combatir a las bandas narcotraficantes con operaciones esporádicas y de gran envergadura, los agentes patrullaban desde dentro de la comunidad, ganándose la confianza de los habitantes y desplazando a los traficantes.

Uniendo eso a la red de teleférico, la favela cambiaría para siempre. Al menos, ese era el plan.

"El objetivo del proyecto era ocupar el espacio de los traficantes", dice Violante, de 28 años, a las puertas de su UPP. "Justo aquí arriba es donde los traficantes solían ejecutar a la gente", señaló.

Pero ahora son los agentes de las UPP, fuertemente armados, y no los gángsters, los que quedaron marginados. Los policías no salen sin sus armas y no se atreven ni a dar unos pocos pasos en solitario.

Incluso así, es muy probable que se vean en medio de una balacera. Rociar el concurrido barrio con balas difícilmente los ayuda a hacer amigos. "Tuvimos que reducir mucho las patrullas por el problema de las balas perdidas", dice el teniente.

"La idea era trabajar con la comunidad, pero para poder hablar con los residentes tenemos que meternos en tiroteos. Es un poco más difícil de lo que pensábamos", reflexiona. 

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