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El legado silencioso de Obama en Latinoamérica

La administración de Obama estuvo plagada de claroscuros en su trato con Latinoamérica, algunos ejemplo son el restablecimiento de la relación con Cuba y la deportación de miles de indocumentados. 
Bloomberg
06 enero 2017 10:42 Última actualización 17 enero 2017 12:22
peña y obama

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Cuando Barack Obama hizo su primer viaje presidencial a Latinoamérica, estaba preparado para no esperar una bienvenida no muy efusiva. Corría el año 2009, la “ola rosada” de líderes nacionalistas de izquierda pasaba por su mejor momento, y aunque Washington ya no hedía a azufre –como afirmó Hugo Chávez de Venezuela durante el período de George W. Bush-, tampoco había ese olorcillo a “compromiso fundamental” que el gobierno de los Estados Unidos había ofrecido a sus vecinos al inicio de esa década.

Con todo, Obama fue y desarmó a los escépticos en la Cumbre de las Américas, en Trinidad y Tobago, haciendo un llamado a abrir una nueva página en las relaciones del hemisferio, incluyendo a Cuba, e incluso bromeó con los feos estadounidenses y sus descontentos.

Ocho años después, ¿cómo será recordado Obama, y qué queda de la “sociedad” para “una nueva prosperidad y seguridad personal” que proclamó allá en el Puerto España? Quizás más de lo que se ve.

Aparentemente, su gobierno prestó escasa atención a la región; después de todo, con las guerras en Irak y Afganistán terminándose, el conflicto en Siria, y el pivoteo de Asia en el juego, puede decirse que había poco margen para iniciativas en el patio trasero.

Quizás eso también sea justo. Un viejo dicho sobre el continente americano dice que después de años de relaciones espinosas a través de los Estrechos de Florida, algo de descuido benigno por parte del dominante en el hemisferio no siempre es algo malo. El logro de Obama consistió en hacer más con menos al manejar bajas expectativas, aprender de tropiezos diplomáticos, recortar sus pérdidas frente a autócratas tendenciosos y desarrollar gestos diplomáticos en triunfos políticos improbables.

Es cierto que las relaciones Estados Unidos-Latinoamérica siguen siendo una obra en progreso, y a menudo afectada por reveses –inmigración ilegal y delincuencia internacional con drogas son solo un par-, pero también han evolucionado de maneras que hace algunos años habrían sido inimaginables.

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Partamos con la decisión de hacer contacto con el régimen del presidente cubano Raúl Castro. El subasesor de Seguridad Nacional para Comunicaciones Estratégicas, Ben Rhodes, recientemente lo proclamó como “la razón número uno de por qué hemos sido capaces de transformar nuestra relación con el hemisferio”. Ahora bien, hay que decir que eso es una exageración.

El revés económico de la región, acaecido por una década de libertinaje populista además de la superabundancia de materias primas a nivel global, provocó más que nada la caída de un conjunto de líderes latinos que hicieron de su sello la enemistad con Washington.

Y sin embargo, al reestablecer relaciones con Cuba, Obama hizo más que sepultar la última pelea de la Guerra Fría; también quitó a los autoritarios de la región su conveniente velo.

“En general, el legado de Obama en la región fue reconocer que las relaciones antagonistas tienden a empoderar a esos actores que suponen la mayor amenaza para los intereses de Estados Unidos”, comentó Matthew Taylor, académico especialista en Latinoamérica de la American University. “Y ese compromiso amistoso con las democracias, y el hecho de asociarse en vez de dictar términos, puede rendir los mejores frutos en el largo plazo”, agregó.

Por cierto, el camino hacia el compromiso amistoso estuvo cubierto de errores. La directiva de los máximos jefes de espionaje de Washington de intervenir el teléfono móvil de la ex presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, provocó un escándalo que instó a la entonces mandataria a cancelar una visita de estado en 2013 y puso en contraposición a Estados Unidos con su mayor socio en Latinoamérica. Obama también fracasó en vender la reforma de la inmigración; en cambio, logró inflamar la ira partidista a ambos lados del Río Grande por deportar a latinoamericanos indocumentados por montones al tiempo que emitía órdenes ejecutivas consideradas por la derecha como consentidoras de los ilegales.

La apuesta de la administración por el comercio asiático fue un desaire a sus vecinos en el continente americano, que representan un quinto del comercio exterior de Estados Unidos; en retrospectiva, posiblemente fue un error, ya que Donald Trump ha anunciado que desechará el Acuerdo Transpacífico. Después, hubo incidentes menores pero igual de tóxicos, como la conducta de agentes solitarios del Servicio Secreto antes de una cumbre regional en Cartagena, Colombia, que dañó la encantadora ofensiva de Obama, y en general confirmó el prejuicio existente contra los gringos que se vuelven locos en el extranjero.

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Y sin embargo, la penitencia de Estados Unidos por esos errores, y un listado de otros –como en Guatemala y en la Bahía de Guantánamo-, pueden haber ayudado a sentar el tono para relaciones más llanas. Es interesante que muchas de las iniciativas más osadas de Estados Unidos en América fueron formuladas antes de la era de Obama.

Fue el presidente George W. Bush que brindó abundante apoyo a la guerra de Colombia contra la insurgencia de la narcoguerrilla, iniciativa conocida como Plan Colombia, y ayudó a promover el pacto para la democracia más sólido del hemisferio, inscrito en la Carta Democrática Interamericana.

El predecesor de Obama también estuvo a la cabeza de la promoción de la Ley de Libre Comercio de las Américas, que busca abrir las fronteras y hacer crecer el comercio desde el Círculo Ártico hasta Chile.

No obstante, gran parte de la diplomacia más activista de Estados Unidos rápidamente se quedó sin piso. Los líderes de izquierda como Chávez de Venezuela, Luiz Inácio Lula da Silva de Brasil y Néstor Kirchner de Argentina dispararon en contra del acuerdo de libre comercio, que percibían como un complot neoliberal para dominar la región, décadas de retraimiento y camaradería sin golpes impidieron a los líderes latinoamericanos invocar la pionera carta de la democracia en contra del otro, lo que creó una pandilla ideológica que blindó a autócratas bolivarianos como Chávez, a Evo Morales de Bolivia y a Rafael Correa de Ecuador.

Y si bien el Plan Colombia puso de rodillas a la más feroz guerrilla insurgente del hemisferio –y, eventualmente, la llevó a la mesa de negociaciones-, incluso esa vindicación de la diplomacia muscular de Estados Unidos fue una victoria celebrada bajo el mando de Obama. Obama triunfó al construir sobre el éxito heredado, pero también al bajar la voz de cara a una bravata ideologizada.

“No fue un tipo beligerante y se cuidó de no reaccionar exageradamente a las arremetidas de fanfarrones como Morales y Chávez”, comentó Jaime Aparicio Otero, ex embajador de Bolivia en Washington. Esa flexibilidad le ayudó a ignorar desaires, navegar por temas candentes y activar 12 acuerdos de comercio bilaterales para que suavizaran conflictivas relaciones económicas regionales. Incluso mientras la administración de Obama cortejaba a Asia, el comercio con Latinoamérica creció casi un 50 por ciento a 421 mil millones de dólares del 2008 al 2015.

Quizás lo más importante es que Obama supo cómo transformar gestos en sustancia. “Él sabía que en las relaciones sin una importancia global real, que abundan en nuestra región, el simbolismo es importante”, me dijo Aparicio. Eso difícilmente hace de Obama el líder más ambicioso en abordar el hemisferio, pero bien puede haber sido uno de los pocos mandatarios estadounidenses que “llegan en Latinoamérica”, en palabras de Aparicio.

Ahora que las bravatas en Washington vuelven a aumentar, puede que se pierda esa comprensión matizada de las relaciones entre hemisferios.

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