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El hambre en Venezuela los obliga a comer basura y desperdicios

Datos de la Mesa por la Unidad Democrática aseguran que casi tres millones de venezolanos buscan comida en la basura ante la escasez de alimentos en el país. 
Mariana León | Enviada Especial 
09 abril 2017 20:29 Última actualización 10 abril 2017 10:55
Venezuela

Venezuela (Bloomberg)

CARACAS.- En la oscuridad de las siete de la noche, una mujer y un hombre buscan su cena entre una pila de desperdicios sobre la banqueta de la calle Este 0, del centro de la ciudad. Aunque no duermen en la calle, comen de ahí. Ella viste pantalón blanco y blusa amarilla. Luce limpia. Come bocaditos de lo que encuentra. Al terminar, saca una botella de agua de su bolsa para lavarse las manos. Cuando el camión de basura se aproxima, la mujer recoge más comida para llevar que pone en una bolsa de plástico. Ellos no son los únicos, otras dos personas también cenan junto a ellos. El hambre en Venezuela se encuentra en cada esquina.

Datos de organizaciones no gubernamentales y de diputados de la Mesa por la Unidad Democrática (MUD) aseguran que casi tres millones de venezolanos buscan comida en la basura. Aunque no existen cifras del gobierno de Nicolás Maduro sobre hambre y pobreza en el país, se estima que uno de cada dos niños menores de cinco años está desnutrido y más de 16 millones comen dos o menos veces al día.

Una cartulina naranja, afuera de uno de los establecimientos que venden alimentos en Caracas, advierte: “Prohibido hacer colas”. En Venezuela hay muchos, aunque la comida es cara. Sin embargo, las largas filas se han convertido en la rutina de los ciudadanos que buscan dónde conseguir pan, leche o huevo a precios que puedan pagar.

Lady tiene 21 años y está muy delgada. Ha bajado 10 kilos en los últimos meses. Esta mañana, se formó en una larga “cola” que casi cruza toda la avenida Los Cedros –unas cuatro cuadras- frente al Automercados Plaza’s para comprar azúcar.

Es su segunda fila del día, porque tuvo que formarse más temprano para tener tres bolsas de pasta. En Venezuela, los últimos números de la Cédula de Identidad, el documento oficial para todos los ciudadanos, son los que determinan cuándo se puede comprar alimentos de la canasta básica a precios especiales. Hoy es el día para Lady.

Afuera de la reja negra de Automercados se forman dos filas controladas por guardias de la Policía Nacional Bolivariana. Una más corta de quienes están adentro y ya van a comprar y otra de los que sigue esperando. Puede pasar hasta tres o cuatro horas. A veces más. Todos cuidan que nadie se meta en la fila. Por cada 30 personas hay un ciudadano vigilante.

Quienes se forman afuera, preparados con sombrillas y gorras para cubrirse del sol agobiante, dicen que muchas veces en los anaqueles de las tiendas no se encuentra ni siquiera harina para hacer arepas y otras veces se venden a precios que no pueden pagar.

En el país, la mayoría gana el salario mínimo, unos 28 mil bolívares mensuales (entre ocho y nuevo dólares) y recibe 108 mil bolívares extras en bonos de alimentación, pero con una inflación que ha llegado al 700 por ciento, el precio de las cosas no permanece estable.

La opción para las familias de clase media y baja es formarse para adquirir los productos a precio controlado. Por ejemplo, el kilo de azúcar hoy vale 450 bolívares. Sólo hay que esperar durante horas para comprarlo a ese precio.

“Hay que formarse primero para alcanzar, porque si no el ‘bachaquero’ te lo vende afuera por ocho mil bolívares…¿quién puede pagarlo así?”. En la familia de Lady son seis personas que viven con dos salarios mínimos. “No alcanza para nada, antes comíamos bien, ahora no alcanza para nada”.

Los precios cambian cada semana, por eso el pescado puede llegar a los 15 mil bolívares, 10 huevos, 30 mil bolívares.

La semana pasada, el presidente Nicolás Maduro anunció un aumento al salario mínimo del 50 por ciento, pero Yesenia Jiménez no está impresionada. Acaba de perder su empleo en un restaurante de comida rápida, en el Centro Galerías “El Paraíso”, porque su jefe ya no puede pagar ese aumento. “Eso no sirve de nada. Aumenta el salario y mañana las cosas cuestan el doble”, dice.

Ismelda Herrera, de 48 años, está formada al lado de su esposo. Ha perdido ocho kilos en el último año. Ella le llama la “dieta venezolana”.

Debido al alto precio, optó por darle a su hija leche “rebajada” con agua. “Todos lo hacen, con estos precios nadie lo puede pagar”, cuenta. Ella pierde una mañana de trabajo todas las semanas para formarse. “Dígame, ¿cómo progresa un país así?”, pregunta.

Su esposo trabaja para la aerolínea venezolana Aeropostal. Hace menos de 10 años, en 2008, tenían 120 vuelos por día. Ahora sólo ocho. “Tenemos uno de los aviones parados por falta de tornillos. ¡Tornillos! No hay dólares para poderlos comprar”.

Ismelda siente tristeza. “Hemos perdido todo. Antes el venezolano andaba bien peinado y perfumado. Todas las mujeres bien arregladas…por eso teníamos tantas ‘misses’. Ahora con tanta miseria e inseguridad todos andan mal vestidos. Hasta si llevas una bolsa de comida, te la arrancan en la calle”.

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