Mundo

Egipto carece de un "faraón" que unifique a la agitada nación

10 febrero 2014 4:11 Última actualización 08 septiembre 2013 11:44

[Las pirámides atraen hoy a los turistas, que suponen un 10% del PIB del país / Reuters] 


 
Reuters
 
Giza.- Los faraones de la Cuarta Dinastía de Egipto sabían lo que hacían. En cuanto asumían el poder, comenzaban a construir una pirámide que no sólo les serviría para pasar a la otra vida, sino que también daba empleo y sentido a una agitada nación.
 
Casi del mismo modo en que mantenían a los ciudadanos hace 4,500 años, las pirámides atraen hoy a los turistas, que suponen un 10 por ciento del PIB del país y dan uno de cada ocho empleos.
 
Por otra parte, los dirigentes egipcios de los últimos dos años y medio han fracasado por completo en proveer a un país que vuelve a estar agitado.
 
Antes de 2011, las pirámides de Giza, que están en una meseta en el desierto desde la que se ve el moderno El Cairo, y la Gran Esfinge que las vela atraían a miles de visitantes cada día.
 
Pero un día de la semana pasada dos vehículos armados se colocaron en las puertas y el aparcamiento con capacidad para 100 autobuses se quedó vacío. En la cámara funeraria dentro de la Pirámide de Kefrén, un periodista tuvo sólo por compañía al sarcófago del faraón.
 
El derrocamiento por parte del Ejército del presidente islamista Mohamed Mursi, el primero elegido democráticamente, es sólo la última de una serie de turbulencias desde que unas masivas manifestaciones removieron del poder al autócrata Hosni Mubarak en enero de 2011.
 
Los turistas se han mantenido lejos de Egipto desde entonces, desalentados por cientos de miles o incluso millones de manifestantes en las calles cada pocos meses, por no hablar de las muertes de centenares de personas en julio, cuando las fuerzas de seguridad desalojaron dos campamentos de protesta islamistas.
 
En El Cairo sólo había una ocupación hotelera del 17 por ciento en julio, según la firma de análisis STR Global, frente al 53 por ciento de hace un año y el 70 por ciento de 2010.
 
"Esta es la peor temporada de la historia", dijo el guía turístico Joseph Selim. Antes tenía reservas hasta 25 días cada mes, a menudo realizadas un año antes. Antes de la violenta represión en julio, eran 15 o 20. Ahora tiene cinco o seis.
 
Para muchos en el sector turístico, aunque el Ejército ha gobernado el país 17 meses después de Mubarak, la culpa del desastre es de Mursi y los Hermanos Musulmanes.
 
Dicen que la represión contra ellos, que estaban perseguidos bajo el mandato de Mubarak pero que después ganaron varias elecciones, es un mal necesario para deshacerse de un grupo que se había convertido en una amenaza. Si lo mencionan, la masacre de los seguidores de Mursi es algo que han exagerado los medios extranjeros.
 
"Al principio pensé: 'Es buena gente que ha sufrido, puede que quieran hacer cosas buenas para la economía'. Pero no les importa nada excepto asegurarse el poder para ellos mismos", dijo Selim.
 
Los Hermanos Musulmanes dicen que los militares prepararon su caída y que las acusaciones de que fomentan la violencia son un pretexto para reprimirlos. Para sus críticos, Mursi eligió la confrontación ideológica y la agitación sobre la prioridad del país: la estabilidad y la seguridad.
 
El faraón comprendía bien la necesidad de que hubiera seguridad, colocando su tumba por encima del Nilo, a salvo de los siglos y las crecidas del río, pero no de los que saquearon los tesoros con los que se enterraban.
 
Hoy, pocos pueden entender por qué Mursi optó por un miembro de un anterior grupo islamista como gobernador de Luxor, hogar de muchas reliquias del antiguo Egipto 500 kilómetros al sur de la capital.
 
Al grupo, Gamaa Islamiya, se le acusa de matar a 58 turistas en un complejo de templos en 1997, aunque ahora ha renunciado a la violencia para lograr un Estado islámico.
 
La semana pasada, las pirámides cerraron mientras los seguidores de los Hermanos Musulmanes realizaban protestas por todo Egipto.