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Con la guerra a las orillas de Sochi

El Cáucaso es una zona en donde extremistas y fuerzas de seguridad se enfrentan constantemente. Muchos grupos étnicos de la zona están relacionados con los circasianos, quienes consideran a Sochi parte de su patria, conquistada por los rusos en el siglo XIX.
15 febrero 2014 16:13 Última actualización 16 febrero 2014 5:0
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El Cáucaso es una zona de frecuentes ataques. (New York Times News Service)

El Cáucaso es una zona de frecuentes ataques. (New York Times News Service)

RUSIA. Antes de que se estableciera que los Juegos Olímpicos se inaugurarían a solo 290 kilómetros de distancia, las fuerzas de seguridad rusas aparecieron en la calle Miajov, a las 8:30 a.m., y acordonaron la zona alrededor de una casa de ladrillo y piedra. Uno de los hombres adentro llamó a su padre, quien dijo que era lo primero que le escuchaba decir en 10 meses.

“Dijo: 'Papá, estamos rodeados’”, contó el padre. “'Sé que nos van a matar’. Luego, dijo adiós”.

Los rusos y los hombres adentro intercambiaron fuego, pausando sólo para permitir que una mujer y dos niños abandonaran la casa. Para cuando terminó el tiroteo por la tarde, cuatro hombres adentro estaban muertos, según versiones oficiales. Luego, los rusos hicieron volar la casa, dejando una pila de escombros ensangrentados y una muchedumbre hosca y enojada de vecinos.

Por primera vez en la historia, se realizan los Juegos Olímpicos a orillas de una zona de guerra. El conflicto es uno de los más prolongados del mundo, una batalla turbia, a punto de estallar, entre extremistas cada vez más radicalizados, que operan a la sombra de la sociedad y una fuerza de seguridad que puede ser brutal, aunque letalmente efectiva.

La importancia simbólica de los Juegos para Rusia y el presidente Vladimir Putin ha convertido a la propia Sochi en un blanco tentador para los terroristas islámicos, que han prometido una ola de ataques para avanzar en su objetivo de establecer un califato independiente en todo el norte del Cáucaso.

La amenaza provocó que el Kremlin montara lo que funcionarios y expertos han descrito como los operativos de seguridad más extensos en la historia de las competiciones deportivas, acordonando a la ciudad y realizando, durante meses, operativos como el efectuado en esta ciudad, para aplastar a las células extremistas en toda la región que va de Daguestán, en el mar Caspio, hasta Sochi, en el mar Negro,
empleando tácticas que los críticos dicen que solo avivan más la violencia.

“Es aterrador lo que está pasando ahora: la destrucción total de nuestra juventud”, dijo el padre, quien estuvo de acuerdo en hablar solo si no se lo identificaba, porque temía a las represalias. “Todos están asustados. Todos están huyendo. Algunos se van a Moscú. Algunos más lejos. La gente empieza a protegerse después de cosas como ésta”.

Los Juegos Olímpicos han generado atención renovada en el terrorista más buscado del país, Doku Umarov, así como en las amenazas de ataques de fanáticos, como los realizados en Volgogrado, donde murieron 34 personas en diciembre cuando terroristas suicidas atacaron el transporte colectivo. Sin embargo, es más frecuente que la guerra en Rusia adopte la forma de los acontecimientos en lugares como Baksan. Rustam Matsev, un abogado en la República de Kabardia-Balkaria, la llamó “guerra civil en cámara lenta”.

VIOLENCIA, FUERA DE LA VISTA INTERNACIONAL

Aun si Rusia logra mantener segura a Sochi, es seguro que la violencia va a desarrollarse penosamente aquí, en el Cáucaso, cuando la atención internacional pase a lo siguiente, nutrida por una ideología nihilista de la yihad internacional y puntualizada por ataques terroristas fuera de la región que expertos dicen que Rusia, al igual que otros países, nunca podrá prevenir del todo.

“No se necesita mucho para hacer esto”, notó Ekaterina Sokirianskaia, la directora del proyecto del norte del Cáucaso del Grupo Crisis Internacional. “Necesitas un yihadista comprometido, una bomba, que sale bastante barata y la puedes hacer en casa. Es algo difícil de resolver”.

En 2013, la violencia entre extremistas y fuerzas de seguridad dejó a 529 personas muertas en el norte del Cáucaso, según una lista recopilada por el sitio de noticias Cuacasian Knot, que no incluye los ataques en Volgogrado, una ciudad más al norte. De los muertos, 127 eran elementos de seguridad rusos, un número de muertos a escala de los 160 soldados que murieron durante el mismo periodo en la guerra de la OTAN en Afganistán.

El nivel de violencia ha bajado significativamente desde que murieron decenas de miles durante las dos guerras de Rusia contra separatistas en Chechenia, la que alguna vez esperara que el colapso de la Unión Soviética en 1991 le abriera el camino a su independencia. La segunda guerra, bajo el liderazgo de Putin, duró 10 años, pero aplastó a los rebeldes e hizo que los comandantes rebeldes chechenos pasaran a la clandestinidad o “se fueran al bosque”.

Ahí, convirtieron gradualmente la causa de la independencia de Chechenia en una visión más amplia y más radical de una guerra santa que tiene poco apoyo popular, pero que sí ha atraído adherentes en toda la región.

Chechenia ya ni siquiera es la república más letal en la región, según Caucasian Knot, ya que el año pasado la superaron, en muertos y lesionados, algunos de sus vecino, notablemente Daguestán, ahora la zona más peligrosa de Rusia; Ingusetia, y Kabardino-Balkaria.

“No hay una verdadera organización allá”, notó Mark Galeotti, un experto en fuerzas de seguridad de Rusia, desde la Universidad de Nueva York, quien ahora realiza una investigación en Moscú. “Hay personas que establecen conexiones”.

Expresó dudas de que Umarov hubiera sabido de antemano del bombazo en Volgogrado, por ejemplo, aun cuando una célula en Daguestán, antes desconocida, se adjudicó la responsabilidad en enero, y dijo que ejecutaría su amenaza lanzada en el verano de atacar los Juegos Olímpicos.

Como mostraron los de Volgogrado, los insurgentes todavía pueden realizar ataques suicidas espectaculares y letales contra blancos “suaves”, como trenes, estaciones y autobuses, si no a voluntad, por lo menos con regularidad desastrosa. Si bien los blancos frecuentes de los ataques en el Cáucaso son los operativos rusos de seguridad, parece que los fuereños quieren maximizar el terror atacando a civiles. Este tipo de ataque, en lugar de uno en la propia Sochi, dicen expertos, es más factible durante los Juegos Olímpicos.

Si bien los bombazos suicidas han sido una táctica recurrente desde la segunda guerra chechena – lo que dio vida a la espeluznante mitología de las “viudas negras”, las mujeres que vengaban la muerte de esposos, padres, hermanos o hijos _, el motivo ha cambiado, según Sokirianskaia. Ahora, a esas mujeres, dijo, las motiva menos un objetivo político claro, que una búsqueda del martirio y la recompensa celestial.

Paradójicamente, la visión más radicalizada de la insurgencia islámica tiene poco atractivo entre la mayoría de las personas en la región. No existe un culto al martirio aquí, excepto en internet. Mientras que la región es abrumadoramente musulmana, parece que son pocos los que apoyan el objetivo del separatismo o de la imposición de una forma explícitamente islámica de gobierno.

Las acciones de los oficiales rusos de seguridad, no obstante, alimentan el resentimiento, al igual que las tensiones étnicas y el empobrecimiento. En Nalchik, la capital de Kabardino-Balkaria, un sentido de falta de representación provocó un levantamiento contra las fuerzas de seguridad en 2005, cuyo resultado fueron 135 muertes.

“La gente no los apoya activamente, pero no se resiste”, dijo Murat Jokonov, un profesor de física en la Universidad Estatal de Kabardino-Balkaria, sobre las redes insurgentes. “No confían en las estructuras de seguridad. No confían en la policía”.

REGIÓN TRATADA COMO COLONIA A CONQUISTAR

En vísperas de Sochi, hasta los Juegos Olímpicos, presentados por los funcionarios y los medios informativos estatales como una celebración unificadora del resurgimiento del país en la escena mundial, se consideraban con ambivalencia en la ciudad. El monumental relevo de la llama olímpica, una actividad organizada para llegar hasta el Polo Norte y la Estación Espacial Internacional, se abrevió marcadamente en el Cáucaso, donde se realizó en el interior de estadios muy vigilados, incluidos los de Daguestán, Chechenia y Nalchik.

Muchos grupos étnicos en el Cáucaso están relacionados con los circasianos, quienes consideran a Sochi parte de su patria, conquistada por los rusos en el siglo XIX, lo cual activistas esperan hacer público como un acto de genocidio.

Valery Jatashukov, el presidente del Centro de Derechos Humanos en Nalchik, dijo que Rusia remueve resentimientos al seguir tratando a la región como una colonia a conquistar. En lugar de llevar a cabo elecciones, el Kremlin de Putin simplemente nombra dirigentes por lo que la gente carece de representación.

Matsev, el abogado, se hizo eco de la ambivalencia en la difícil situación que atrapó al esposo de Tlyepsheva. Ella no opuso resistencia a la policía. Ni tampoco apoyó a la insurgencia.

“Es como un matrimonio infeliz, en el que no puede haber un divorcio”, comentó. “Hay demasiado en común con el divorcio – los vínculos son demasiado estrechos _, pero demasiado ha pasado para ser felices juntos”.

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