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Adolfo Suárez, el rostro de la transición española

Adolfo Suárez, quien fuera primer presidente de la transición democrática española, falleció el domingo a los 81 años de edad tras agravarse la enfermedad neurológica que padecía desde hace más de una década.
Reuters
23 marzo 2014 15:39 Última actualización 23 marzo 2014 15:45
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Adolfo Suárez, ex presidente de España. (Reuters/Archivo)

MADRID.- Adolfo Suárez, el primer presidente de gobierno de la democracia española tras la muerte del dictador Francisco Franco en 1975, fue un personaje fundamental en el éxito de la transición, al tender puentes entre las "dos Españas" durante una turbulenta etapa histórica.

El estado físico y mental de Suárez, enfermo de Alzheimer, se fue deteriorando lentamente en la última década, e incluso dejó de recordar que llegó a ser presidente del país. Suárez falleció el domingo en Madrid a los 81 años.

En la memoria colectiva, el recuerdo de los cuatro años y medio que Adolfo Suárez dirigió el destino de una España convulsa se ha ido agrandando con el tiempo, otorgando a su protagonista un halo de gran hombre y político que estuvo muy lejos de disfrutar en su momento.


"La trayectoria del presidente Suárez evoca el mejor espíritu de nuestra Transición democrática: el reconocimiento del discrepante, el fomento de la tolerancia, la práctica de diálogo y, gracias a esa actitud, la capacidad para forjar grandes acuerdos", dijo el ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero a Reuters.

Suárez, nacido en Ávila en 1932, ocupó durante el régimen de Francisco Franco distintos cargos, destacando el de director general de RTVE entre 1969-73 y secretario general del Movimiento con categoría de ministro en 1975.

Pero fue a partir de ese año, tras la muerte del dictador, cuando comenzó a despegar dentro del incierto panorama político de aquel momento denominado la Transición, de la que fue uno de sus principales artífices y protagonistas.

Inesperadamente, Suárez -doctor en derecho- fue elegido en 1976 por el rey Juan Carlos I para presidir el Gobierno que convocaría las primeras elecciones democráticas en casi 50 años, y de cuyo Parlamento salió la Constitución de 1978, una de las más longevas de la historia de España.

En su primer año al frente del Gobierno, tuvo que hacer frente a la reticencia de los nostálgicos franquistas, a los atentados de ETA y de los GRAPO y a la violencia de grupos de ultraderecha.

Pese a todo, mantuvo su objetivo de diálogo y consenso con todas las fuerzas políticas avalado por el Rey, y, en una de sus decisiones más notorias, por valiente y polémica, legalizó el Partido Comunista (PCE) en 1977, a pocas semanas de las elecciones de junio de ese mismo año.

La inesperada decisión desató la indignación de la derecha franquista y de las Fuerzas Armadas, además de miedo entre una población a la que durante décadas se le había dicho que los comunistas eran archienemigos del Estado. Suárez entendió, sin embargo, que ese paso era inevitable para convertir a España en una democracia.

Ese mismo año, 1977, Suárez ganó los comicios con el partido que él mismo fundó, Unión de Centro Democrático (UCD), y a partir de entonces se convirtió en uno de los políticos más admirados y denostados, al que una generación de españoles conoció por su frase "puedo prometer y prometo".

Pasado el tiempo, dos de sus más enconados rivales, el ex líder comunista Santiago Carrillo y el ex presidente socialista Felipe González fueron quienes más elogiaron la difícil y poco agradecida labor que desempeñó Suárez para traer la democracia a un país que se abría al mundo tras 40 años de dictadura.

Este hombre sencillo y complejo a la vez, ambicioso y austero, reflexivo y decidido, según algunos de sus biógrafos, acometió reformas políticas y económicas de gran trascendencia durante sus años al frente del Gobierno, entre ellas los Pactos de la Moncloa para el saneamiento político del país, firmado con partidos políticos, empresarios y sindicatos.

Su cariz seductor llevó a algunos a descalificarle, llamándole "tahúr del Misisipi" o "encantador de serpientes", entre otros apodos para un hombre que durante unos pocos años supo canalizar como nadie las pasiones extremas de los españoles.

A partir de 1979 comenzó un debilitamiento político tanto fuera como dentro de su propio partido que acabaría en su dimisión como presidente del Gobierno el 29 de enero de 1981 y en el abandono de la UCD un año después.

"He llegado al convencimiento de que hoy, y, en las actuales circunstancias, mi marcha es más beneficiosa para España que mi permanencia en la presidencia", dijo en su mensaje de despedida el único presidente que ha dimitido, acosado por la oposición socialista y las rivalidades internas.

MOMENTO HEROICO

En la sesión de investidura de su sucesor, Leopoldo Calvo Sotelo, Suárez protagonizó un momento que ha pasado a la historia. Un grupo de guardias civiles liderado por el entonces teniente coronel Antonio Tejero irrumpió en el Congreso el 23 de febrero de 1981 y abrió fuego dentro del hemiciclo.

Suárez permaneció inmóvil sentado en su escaño mientras la mayoría de los diputados buscaban refugio bajo sus asientos.

Un año después, el por entonces duque de Suárez volvió como diputado al Parlamento bajo las siglas del CDS (Centro Democrático y Social), un partido creado por él, con el que estuvo lejos de repetir su éxito electoral.

En 1991, dos años después de obtener unos pésimos resultados en los comicios de 1989, Suárez, padre de seis hijos, abandonó la política activa y se dedicó al cuidado de su esposa y su hija mayor, ambas enfermas de cáncer de mama.

Tras una prolongada lucha, primero falleció su mujer, Amparo Illana, en 2001, y tres años después su hija Mariam, lo que sumió al ex presidente en una profunda tristeza poco antes de comenzar su propio deterioro, cuando su figura ya había recuperado el reconocimiento público.

En 1996, se le otorgó el premio Príncipe de Asturias de la Concordia por "su ejemplar comportamiento político en la fundación de nuestra democracia".

Una de las últimas visitas que recibió en su casa de La Florida de Madrid fue la del rey Juan Carlos y la reina Sofía, un encuentro inmortalizado en una fotografía en la que el monarca le pasa el brazo por la espalda. Adolfo Suárez no lo reconoció pero "sintió su cariño", en palabras de su hijo, Alfonso Suárez Illana. 

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