Monterrey

¿Un mundo sostenible?

OPINIÓN. Si a nivel nacional enfrentar los desafíos ambientales es difícil, la situación es aún más complicado para los grandes recursos globales comunes, o sea, los océanos, la atmosfera y el sistema climático.
OPINIÓN ACADÉMICA TECNOLÓGICO DE MONTERREY
Harmen Simons
03 julio 2017 9:51 Última actualización 03 julio 2017 10:0
Contaminación. (Crédito)

Contaminación. (Crédito)

Todos los organismos se relacionan con su medio ambiente de tres modos fundamentales. Primero, el medio ambiente representa un banco de recursos que provee los elementos básicos para mantener la mera existencia. En segundo lugar, el ambiente representa el sitio para la presencia física, es decir su territorio. Finalmente, el entorno funciona como “recipiente de desperdicios”, o sea, los residuos de cualquier proceso de alimentación, construcción, cultivación y fabricación. Mientras como seres humanos dependemos de nuestro medio ambiente, como civilizaciones dependemos cada vez más de la alteración, explotación y transformación a gran escala de los recursos naturales.

Las sucesivas revoluciones industriales—ya estamos inmersos en la 4ª revolución industrial—y la urbanización han causado una explosión en la cantidad y calidad de nuestros desechos, a la vez que nuestras instituciones y estructuras sociales y económicas no han experimentado las transformaciones paralelas necesarias para poder enfrentar con éxito los desafíos creados por dicha situación.

En relación a lo anterior, un sistema finito y balanceado como la tierra puede ser perturbado de tres maneras fundamentales. Primero, a través de la destrucción, o el agotamiento, de un recurso natural como, por ejemplo, los bosques tropicales, los arrecifes de coral y la biodiversidad.

La escala y la velocidad con que este proceso de destrucción actualmente procede no es sostenible. Los otros dos procesos desestabilizadores tienen que ver con nuestra “producción” de desechos y basura.

En un sistema equilibrado los desperdicios de un proceso sirven de alimentos o energía en otro. Sin embargo, la rápida introducción a gran escala de una materia específica tiene el efecto de sobrecargar el sistema y en el caso que los desechos superan este nivel, dicha capacidad misma empieza a deteriorarse.

Por último, la introducción de materia ajena al sistema, impide generalmente su absorción e integración en él. Es más, dicho material pueda combinarse con otros elementos dentro del sistema lo cual a su vez podría dar lugar a reacciones inesperadas. Ejemplos abundan: Los clorofluorocarbonos (CFCs) y la merma de la capa de ozono, la lluvia ácida, los hidrofluorocarbonos (HFCs) y el efecto invernadero, las fertilizantes y aguas servidas que no solo pueden eutrofizar lagos y aguas al interior de los países, sino también afectan las áreas costeras (“mareas rojas”, por ejemplo).

Si a nivel nacional enfrentar los desafíos ambientales es difícil, la situación es aún más complicado para los grandes recursos globales comunes, o sea, los océanos, la atmósfera y el sistema climático. Con excepción del espacio aéreo y las aguas costeras de los países, tanto la atmósfera como los océanos no tienen derechos de propiedad que regulan su acceso y su uso prudente. De acuerdo al Global Risk Report 2017, publicado por el World Economic Forum, un manejo deficiente e ineficiente de dichos espacios, puede tener consecuencias severas tanto a nivel local como a nivel global. Por ejemplo, patrones climáticos cambiantes o sequías prolongados podrán causar o agravar conflictos nacionales e internacionales.

En este sentido es preocupante ver una intensificación de factores que tienen el potencial de influir negativamente sobre los esfuerzos de combatir los riesgos mencionados. La colaboración internacional está cediendo ante acuerdos transaccionales negociados de forma bilateral en una época en que necesitamos acciones multilaterales y colectivas urgentes. Es más, hay una creciente desconfianza y falta de compromiso con los acuerdos e instituciones internacionales creados precisamente para fomentar la seguridad y cooperación internacional. Vimos que pasó con los acuerdos económicos como el “Trans-Pacific Partnership” y el TLCAN; en 2016 países como Rusia y África del Sur se retiraron de la Corte Internacional de Justicia; China rechazó un dictamen del Tribunal Internacional con respecto a sus actividades en el mar del Sur de China; Estados Unidos decidió retirarse del Acuerdo de Paris sobre el cambio climático y está contemplando retirarse del Acuerdo Nuclear con Irán, y la lista continua.

Es urgente enfrentar los riesgos ambientales globales enfocándolos mediante una perspectiva sistémica de desafíos interconectados e involucrar actores nuevos—ONGs, calificadores de riesgo, empresas con liderazgo visionario, científicos, estudiantes, estados y municipios, etc., creando alianzas internacionales, movilizar la opinión pública sobre todo de la juventud, y exigir—en caso necesario a través de demandas legales—compromisos y acciones concretas a nuestros gobernantes.

El autor es profesor del Departamento Académico de Contabilidad y Finanzas del Tecnológico de Monterrey. Su correo es hsimons@itesm.mx

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.