Monterrey

Silenciosa guerra

OPINIÓN. En el territorio nacional las cifras empeoran, y estos números no incluyen a los sobrevivientes, ni el efecto de las heridas físicas y emocionales de la violencia doméstica, la intolerancia, el hambre o el limitado –nulo- acceso a servicios de salud; sobrevivimos en una cruel normalización de la violencia social.
LA PROPIA POLÍTICA
Sara Lozano
slozano@ceenl.mx
30 agosto 2017 10:13 Última actualización 30 agosto 2017 10:13
Sara Lozano

Sara Lozano

La paz no es sólo la ausencia de la guerra, en algunos periodos de la historia del siglo XXI las cifras de violencia en las calles de Nuevo León –violencia social- arrojaron más muertes que en los países en situación bélica. En el territorio nacional las cifras empeoran, y estos números no incluyen a los sobrevivientes, ni el efecto de las heridas físicas y emocionales de la violencia doméstica, la intolerancia, el hambre o el limitado –nulo- acceso a servicios de salud; sobrevivimos en una cruel normalización de la violencia social.

El concepto de paz aprendido por un continente históricamente guerrista, Europa, ha generado sociedades más cercanas al ideal de justicia social y Estado de Derecho. Al menos en sus territorios han garantizado educación y salud. Una salud que no se limita a la atención de enfermedades o lesiones, sino que educa: promueve hábitos sanos - alimentación, ejercicio físico, sueño -, regula sobre la calidad de aire, tierra y aguas, todos reciclan, y premia o sanciona a personas y empresas. Una educación que trasciende la memorización datos, cultiva y fortalece la curiosidad, desarrolla las habilidades para usar y generar información y premia la producción de conocimiento.

Es cierto que la política exterior europea sigue siendo más económica que social, la ONU y sus objetivos del milenio funcionan a veces como lavaderos de conciencias. Buena parte del descontento público europeo tiene que ver con las injusticias sociales y ambientales que sus gobiernos toleran fuera del continente. Y es que los países ricos con economías pobres siguen siendo rentables para el sostenimiento del bloque del primer mundo.

México como economía emergente y Nuevo León como el estado pujante, tienen oportunidades de sortear la crisis. Es cosa de voluntad y responsabilidad ética de quienes toman las decisiones, no sólo de quienes gobiernan. Se requieren acciones afirmativas, estímulos y sanciones para abandonar la dependencia del subsidio. Urge el compromiso de líderes para que las organizaciones públicas y privadas transiten de una voluntad política a una institucionalidad sana. La ruta es la educación, ésa cuya meta es el desarrollo personal, autogestivo y permanente. Esto es, habituar a cada persona a satisfacer la curiosidad innata a través la cual se descubre la vocación; una vocación que nutre al hacer y satisface al compartir; un hacer satisfactorio que enriquece el espacio privado y contagia a lo público. Hay que regresar a los griegos, al ethos político de cada persona.

No encuentro otra solución: las prioridades de educación deben atenderse y redefinirse con miras a lograr la paz social, sólo así se podrá detener la matanza por pobreza y por ignorancia; esta silenciosa guerra civil que permea en nuestro estado y nuestro país.


La autora es Consejera Electoral en el estado de Nuevo León y promotora del cambio cultura a través de la Educación Cívica y la Participación Ciudadana.

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.