Monterrey

Que 88 años no es nada

OPINIÓN. Hoy, el PRI en el Noreste de México enfrenta grandes retos. En Nuevo León, tiene la enorme tarea de posicionarse como una alternativa política.
ENTRADA LIBRE
Sergio López Ramos
slramos2020@ gmail.com Twitter: @serlopram
07 marzo 2017 9:31 Última actualización 07 marzo 2017 10:0
Sergio López Ramos, politólogo por el Tecnológico de Monterrey.

Sergio López Ramos, politólogo por el Tecnológico de Monterrey.

Hace 88 años, el entonces ex presidente mexicano Plutarco Elías Calles tuvo la genial idea de institucionalizar la lucha por el poder político en México. Con ese objetivo en mente, un grupo de generales victoriosos de la Revolución convertidos en caciques regionales en sus respectivos estados, dieron forma al Partido Nacional Revolucionario (PNR).

Por supuesto que el entonces PNR era una institución al servicio del Maximato de Elías Calles. De esta forma, el partido postuló a la Presidencia de la República a Pascual Ortiz Rubio y al General Lázaro Cárdenas del Río. Con este último, se terminó el Maximato, Elías Calles fue exiliado del país y se reorganizo la vida interna del partido en sectores bajo un sistema corporativista. Esta nueva etapa del partido dio origen al Partido de la Revolución Mexicana.

Así, de la mano de Lázaro Cárdenas, nuestro país inauguraba una serie de tradiciones que habrían de caracterizar el sistema político mexicano por las siguientes décadas. Para comenzar, el Presidente de la República tenía una serie de prerrogativas meta constitucionales sobre los otros poderes federales y tenía la capacidad de escoger a su sucesor.

Quizás el mayor impacto del PRI en la construcción del México moderno lo encontramos en la cultura política. Durante el régimen autoritario del PRI, los ciudadanos eran inexistentes. La participación ciudadana se limitaba a generar nuevos cuadros para desempañar puestos de liderazgos dentro del partido político y en la administración federal. Por supuesto, no hacía falta la participación ciudadana porque el “partidazo” era el vehículo que, en teoría, permitía procesar las demandas ciudadanas y generar políticas públicas para la sociedad.

Es importante reconocer que, con el arribo de la alternancia política en México, el PRI ha tenido la capacidad de reconfigurarse de forma eficiente para volver al poder. Este fue el caso de la operación política del PRI de Nuevo León en el 2003 que les permitió llegar unidos y fortalecidos a las elecciones estatales que ganó Natividad González Parás.

Hoy, el PRI en el Noreste de México enfrenta grandes retos. En Nuevo León, tiene la enorme tarea de posicionarse como una alternativa política para los ciudadanos que enfrentan el declive del modelo económico basado en el libre comercio con los Estados Unidos y que están cansados de la inseguridad y la corrupción.

En Coahuila, los negativos de Enrique Peña Nieto, su incapacidad para comprender la compleja realidad de los ciudadanos del noreste del país y sobre todo, la falta de consecuencias para aquellos actores políticos que incrementaron la deuda pública del estado a través de la corrupción, son razones suficientes para pensar que Coahuila podría conocer, por primera vez en su historia, la alternancia política de manos del Partido Acción Nacional.

Pero el reto más importante que enfrenta el PRI a nivel regional es generar cuadros, emanados de la sociedad, con la capacidad suficiente de establecer un dialogo constante con los ciudadanos y, de esta forma, modificar las relaciones de poder en nuestras comunidades. Pensar que la verticalidad priista seguirá funcionando en estos tiempos es un grave error.

Ojalá que el PRI de Nuevo León comprenda la enorme oportunidad que tiene frente a sí. La sociedad quiere estar representada por ciudadanos de carne y hueso que diseñen acciones preventivas ante los retos que enfrenta nuestra sociedad. Los ciudadanos de Nuevo León estamos cansados de sufrir una clase política que ha hecho de vivir del presupuesto una forma de vida.

El autor es politólogo por el Tecnológico de Monterrey y candidato de la Maestría en Ciencia Política y Política Pública de la Universidad de Guelph.

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.