Monterrey

Muros sin eco

OPINIÓN. "En Nuevo León, Jaime Rodríguez no ha podido demostrar los presuntos actos de corrupción en contra de personajes de la administración estatal anterior. Por el contrario, pareciera que ha solapado acciones similares de parte de su equipo".
Sergio López Ramos | Entrada Libre
TW: @serlopram
14 febrero 2017 9:22 Última actualización 14 febrero 2017 9:22
Sergio López Ramos, politólogo por el Tecnológico de Monterrey.

Sergio López Ramos, politólogo por el Tecnológico de Monterrey.

La alternancia a la democracia en Nuevo León y en México, permitió el ascenso de nuevos actores que consolidaron su poder e influencia en nuestra sociedad como la Iglesia Católica, las cámaras empresariales, los medios de comunicación y el crimen organizado. En este proceso de democratización, los partidos políticos se convirtieron en maquinarias electorales cuyo engranaje funciona a la perfección con recursos públicos, alejados por completo de las demandas de la ciudadanía.

Así, conforme los partidos políticos y sus nuevos aliados reconfiguraron sus alianzas para convertirse en el grupo hegemónico, los odios, las filias y las fobias se iban apoderando rápidamente del discurso político. En el 2006, el candidato de la izquierda electoral fue víctima de una incruenta guerra de difamación que lo convirtió en un “peligro para México.”

“Haiga” sido como “haiga” sido, Felipe Calderón se convirtió en Presidente de México pero con un alto costo político y social que pocos quisieron entender; una polarización política extrema que agravó la distancia entre la clase política, que al parecer trabaja con la vista puesta en las próximas elecciones, y una sociedad lastimada por una grave desigualdad económica y social.

La guerra contra el narcotráfico de Felipe Calderón acrecentó aún más la distancia emocional y social que separa a los mexicanos. Las declaraciones de Calderón calificando de “pandilleros” a los estudiantes que fueron víctimas de la tragedia de Villas de Salvárcar, son un cruel reflejo del abismo que separa a la clase política mexicana de su sociedad y de la falta de empatía que tanto nos urge.

De esta forma, llegamos a la toma de protesta de Enrique Peña Nieto como Presidente de México con dos escenarios completamente diferentes y que parecen irreconciliables. Por un lado, las élites mexicanas celebrando la llegada del nuevo Presidente en el Congreso y en Palacio Nacional. Por otro lado, un amplio sector de la población salió a las calles a demostrar el repudio por todo lo que representa el partido en el poder. Por si fuera poco, en estos casi cinco años de administración federal, el Presidente y su partido han confirmado con acciones y omisiones que la corrupción y la impunidad siguen moviendo a México.

En Nuevo León, Jaime Rodríguez no ha podido demostrar los presuntos actos de corrupción en contra de personajes de la administración estatal anterior. Por el contrario, pareciera que ha solapado acciones similares de parte de su equipo, en una entidad que tuvo el valor civil de elegir, de forma pacífica y ordenada, un cambio para terminar con el pacto de impunidad que tanto nos ha costado como sociedad.

Así, los llamados de la clase política para unir esfuerzos en torno a un proyecto común no encuentran eco por una simple razón: las palabras ya no bastan para unir un país que pide a gritos terminar con la impunidad, la corrupción y la desigualdad. Hace años, las élites de la entidad y del país dinamitaron los puentes de comunicación y se atrincheraron para defender sus posiciones.

La clase política de Nuevo León y México encontraron en Donald Trump la imagen perfecta de la amenaza externa que podría catalizar la unión de los mexicanos. Pero la terca realidad se impone y nos demuestra que no hemos sido capaces de derribar los enormes muros que hemos construido dentro de Nuevo León y México.

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.