Manolo y mi hámster
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Manolo y mi hámster

La esquina desnuda se trata de una colección de anécdotas intimistas, de 400 palabras cada una, exactamente 400.

Opinión MTY La Propia PolíticaSara Lozano
01/08/2018
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Sara LozanoFuente: Cortesía

Las últimas semanas perseguí toda nota que me diera indicios sobre lo que sentenciarán los tribunales electorales, maniática inclinación de controlar el futuro.

Pensamiento mágico adivinatorio que mantiene corriendo al hámster que me habita, ocupado en su rueda infinita, estática.

Semanas que pasé leyendo resoluciones, noticias, requerimientos, y algo sobre legitimidad y representatividad. Necesitaba ya de la literatura, esa de historias ficticias en donde siempre existe una última página y termina llegando a una paz, la del final, qué más da si este me deja llorando o enamorada.

Huyendo de este inútil frenesí, cansada del lenguaje mediático y el jurídico, me aferré el fin de semana a mi buena fortuna: La esquina desnuda: el costado íntimo, libro de Manuel Alcántara que tengo en mis manos desde el 1° de julio con dedicatoria incluida.

Pero si mi ingenua intención era tranquilizar al roedor, no sólo no lo logré, ha sido casi peor porque los fogonazos de ingente sagacidad no han hecho más que inyectarle adrenalina al animalito.

La esquina desnuda se trata de una colección de anécdotas intimistas, de 400 palabras cada una, exactamente 400.

Todas tienen un espacio, un tiempo, una situación política de envergadura, al tiempo que se acompañan de una persona a veces cálida, siempre rigurosa y resistente al debate que se limita a dos opuestos.

Dividido en secciones y títulos que lo mismo evocan a Ítalo Calvino que a Ciro Alegría o Julio Cortázar, además provee una buena lista de nombres para ser leídos.

El autor nos deja acompañarle por el mundo pasado y presente; nos comparte esa su íntima forma de entender un viaje.

Ese, el que se vive en una realidad paralela y nunca será igual aunque se trate de los mismos edificios con las mismas personas.

Nos deja caer en su cabeza, mirar por sus ojos, correr con su hámster asimilando paisajes, situaciones y personajes que jamás serán de nuevo.

Y termina, pero no como yo quería, sus finales no acarrean paz; no cierran, si acaso orientan.

Concluye cada anécdota frente a un precipicio, la vastedad de un océano o las dunas infinitas de un desierto, detrás deja nada. ¿Podrá alguien detenerse ahí en la contemplación estática del infinito que también se parece a la muerte?

Algo que ha logrado Manolo es que mi hámster deje a un lado la psicosis electoral, abandone su rueda y se oriente frenético a una esfera en donde la prisa deja la ansiedad y el rumbo juguetea en todas direcciones.

La paz del final acabado no existe en La esquina desnuda y eso se agradece. Ya resulta inútil esta manía mía de anticipar el porvenir.

En cualquier caso y seguramente esta semana los tribunales dictarán sentencias pero la incertidumbre seguirá por meses en tanto se resuelven las segundas y terceras instancias.

La autora es Consejera Electoral en el estado de NuevoLeón y promotora del cambio cultural a través de la Educación Cívica y la Participación Ciudadana.

Opine usted: loalsara@yahoo.com

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.