Monterrey

La política de lo inevitable

Opinión. Le dimos prioridad a la elección de un nuevo caudillo y nos olvidamos de construir algo mucho más importante: un proyecto que articulara la reconstrucción de nuestro tejido social y la atención de las necesidades reales de una comunidad lastimada por la desigualdad económica y la falta de oportunidades.
ENTRADA LIBRE

SERGIO LÓPEZ RAMOS
​slramos2020@gmail.com
13 diciembre 2016 12:27 Última actualización 13 diciembre 2016 12:27
Sergio López Ramos

Sergio López Ramos

Con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la desintegración de la Unión
de Repúblicas Socialistas Soviéticas, varios académicos y teóricos políticos como Francis Fukuyama señalaron que si la historia es una lucha de ideologías, la guerra había concluido. Con ellos, las democracias liberales habían “ganado” la guerra y la historia habría llegado a su fin.

Desde esta óptica, parecía inevitable que la historia siguiera un rumbo definido con la instauración de regímenes democráticos en algunos países que habían padecido gobiernos autoritarios, la apertura de nuevos territorios al libre comercio y con ello, la expansión de las
grandes empresas multinacionales.

Así, nos hemos acostumbrado a la política de lo inevitable. A nivel local,
los neoloneses “aprendimos” a vivir con la inseguridad y en este proceso de aceptación y adaptación, fuimos aún más allá al incorporar en la cotidianidad de nuestro lenguaje a los integrantes del crimen organizado bajo una forma bastante aceptable utilizando el adjetivo calificativo de los “malitos.”

Y en esta espiral de aceptación, un sector de la población neolonesa abrazó con una actitud conformista la corrupción y la transa para engrosar las filas de un sistema cuyo engranaje funciona en base a lubricantes de miles de pesos.

Pero no solo los ciudadanos de a pie decidieron formar parte de nuestra
distopía disfuncional. Un número considerable de empresarios, aunque en los últimos años se ufanen de propagar la cultura de la legalidad, han alimentado a la hidra de la corrupción que amenaza nuestra viabilidad como sociedad.

En un primer momento, muchos ciudadanos con buenas intenciones y mucha fe en el futuro, idealizaron que era necesario darle la oportunidad de gobernar a personajes que no formaran parte de nuestro vilipendiado sistema político. Y en nuestra urgente necesidad
de crear nuevas esperanzas para creer que un futuro mejor es posible no solo para nosotros sino para nuestra comunidad, perdimos la capacidad de exigir un gobierno con proyecto.

Le dimos prioridad a la elección de un nuevo caudillo y nos olvidamos de construir algo mucho más importante: un proyecto que articulara la reconstrucción de nuestro tejido social y la atención de las necesidades reales de una comunidad lastimada por la desigualdad económica y la falta de oportunidades.

En este escenario, la posible renuncia de Jaime Rodríguez Calderón a la Gubernatura de Nuevo León nos muestra que el “Bronco” simplemente visualizó esta posición como una hazaña política que traería rentabilidad a políticos para su proyecto, pero que no se ha traducido en beneficios colectivos para la sociedad.

Pero, ¿qué podemos hacer los ciudadanos de la entidad para darle la
vuelta al hartazgo colectivo que se apodera de nuestra entidad? Hablar
de nuestros sentimientos como ciudadanos con nuestros familiares
y amigos. Así como la política de lo inevitable habla por nosotros, hay
que entender que los ciudadanos tenemos la capacidad de transitar a la
política de lo posible desde lo más básico de nuestra realidad: el lenguaje de lo posible, no de lo inevitable.

El péndulo de la política a nivel internacional, y por supuesto regional,
se ha movido demasiado a la derecha. Y como dijera Adolfo Suárez, lo
fácil es estar en los extremos, lo difícil es gobernar desde el centro. Otro
Nuevo León y México es posible, donde los diferentes mundos que existen en nuestra comunidad sean reconocidos, aceptados y valorados.

* El autor es politólogo por el Tecnológico de Monterrey y candidato de la Maestría en Ciencia Política y Política Pública de la Universidad de Guelph.

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.