Monterrey

La globalización del malestar

OPINIÓN. La clase política de España, Estados Unidos, México y por supuesto, de Nuevo León enfrentan el reto de gobernar con un modelo de Estado que está agotado.
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LIBRE

SERGIO
LÓPEZ 
RAMOS
10 mayo 2016 10:9 Última actualización 10 mayo 2016 10:14
Sergio  López Ramos

Sergio López Ramos

En España, Felipe VI convocó a nuevas elecciones generales ante el arribo a las Cortes de nuevos partidos políticos anti sistémicos, el colapso del bipartidismo y la imposibilidad de generar los acuerdos necesarios que permitieran construir una sólida mayoría parlamentaria para formar gobierno. Pareciera que el modelo del estado español, surgido de los pactos de la Moncloa, ya no responde a las necesidades de sus habitantes.

Del otro lado del Océano Atlántico, los ciudadanos de Indiana apoyaron de forma abrumadora a Donald Trump en las primarias republicanas; y, con esta victoria, se convirtió en el virtual candidato de su partido a la Presidencia de los Estados Unidos. Detrás de Trump, una “mayoría silenciosa” irrumpió en el escenario político apoyando candidatos que no pertenecen al establishment, ni a las familias políticas tradicionales y dándole un voto de confianza al candidato que enarbola el odio hacia las minorías raciales y las soluciones fáciles a graves problemas crónicos.

Y al sur del Río Bravo, en estas últimas semanas, se ha escrito y discutido en las páginas de El Financiero sobre el malestar generalizado de los mexicanos; sentimiento que se ha traducido en un marcado descenso en la aprobación de la gestión del Presidente Peña Nieto por varios y diversos motivos como la corrupción e impunidad.

Pero el sentimiento de malestar en nuestro país no es nuevo. En las elecciones para renovar la Cámara de Diputados del 2015, el PRI, el PAN y el PRD perdieron, en conjunto, 5.1 millones de votos. Del otro lado de la balanza, los partidos políticos “no tradicionales” o anti sistema, como Movimiento Ciudadano y el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) captaron 5 millones de votos en su conjunto.

Quizá la mejor prueba del hartazgo ciudadano en contra del establishment político lo dio Nuevo León con la elección del primer gobernador independiente del México contemporáneo. Contra todos los pronósticos, Jaime Rodríguez resultó electo con casi el 48 por ciento de los sufragios, mientras que el PRI y el PAN quedaron en un segundo y tercer lugar. El hartazgo de los neoloneses por la inseguridad, la corrupción y la falta de justicia vencieron a la mercadotecnia y a la capacidad de los partidos de movilizar a sus bases.

Hace apenas unos días, Jaime Rodríguez comparó la aventura electoral que él mismo vivió el año pasado con la inesperada y sorpresiva serie de victorias que le ha dado la “mayoría silenciosa” en los Estados Unidos a Donald Trump y aseguró que ya lo visualiza como el sucesor de Obama.

La clase política de España, Estados Unidos, México y por supuesto, de Nuevo León enfrentan el reto de gobernar con un modelo de Estado que está agotado. Hoy, los ciudadanos están ávidos de soluciones y comparten un sentimiento de impotencia por la marcada desigualdad social, la ausencia de Estado de Derecho y la falta de acciones contundentes por parte de los “políticos profesionales.” En este contexto, muchos ciudadanos son cautivados por candidatos que ofrecen soluciones mágicas y encantadoras, similares al canto de las sirenas sin saber que, como los antiguos marineros griegos, corren el riesgo de dirigirse al abismo.

¿Qué necesitan México y Nuevo León?, ¿nuevas instituciones de gobierno?, ¿una nueva constitución?, ¿una nueva utopía? Tal vez, nuestra democracia representativa no es la tierra prometida que muchos soñamos.

* El autor es politólogo por el Tecnológico de Monterrey; consultor político de la firma internacional Global Nexus y cursa sus estudios de posgrado en la Universidad de Wisconsin.

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.