Monterrey

La donación solidaria

OPINIÓN. Como valor democrático la solidaridad está estrechamente vinculada con la donación y no acaba en el proceso de entrega-recepción, falta la sustancia.
LA PROPIA POLÍTICA
Sara Lozano
slozano@ceenl.mx
06 septiembre 2017 10:22 Última actualización 06 septiembre 2017 10:22
Sara Lozano

Sara Lozano

El pasado 1° de septiembre Entre Líneas de este periódico reportó varios actos de solidaridad en Nuevo León: se entregó de dinero en apoyo a víctimas de inundaciones, se usaron órganos para trasplantes y se donaron espacios para la educación.

Cada entrega es generosa y cuando existe un fin, cuando se establece el compromiso de garantizar el beneficio para otras personas, se convierte en solidaridad.

Como valor democrático la solidaridad está estrechamente vinculada con la donación y no acaba en el proceso de entrega-recepción, falta la sustancia.

Algo así como entender que una palmada o un abrazo de apoyo son actos de cortesía y no necesariamente el ejercicio de un valor.

Entregar y entonces comprometerse a ver los frutos en otras personas que se vieron beneficiadas con lo que yo sé hacer y puedo ofrecer, es solidario y es gratificante, es parte de la felicidad.

Decían los griegos que dar y darse nutre al alma, virtuoso y útil. Como valor social el cultivo de la solidaridad es un entrenamiento en la Ética porque trata del desarrollo de eso que me gusta –el interés personal- y que me sale bien y me emociona.

Entregarlo a lo público, a la familia, a los vecinos, a la comunidad, al mundo porque les es útil… es un agasajo.

Nuevo León es un estado emprendedor y solidario, la cultura norestense se construye de gente trabajadora, emprendedora, visionaria, ubicada y orientada al desarrollo de la “virtud” –bajo la idea de los griegos-. 

Y parece tratarse de la vocación intrínseca que habita a cada ser humano y debe ser descubierta, desarrollada, cultivada, promovida y capitalizada.

Es Patti Smith hablando de la política exterior de su país, las fundaciones internacionales, privadas, menos públicas y más efectivas, es el cariño que dejaron en la memoria Teresa de Calcuta y Lady Diana.

La solidaridad empieza con saber lo que se puede donar a la sociedad más allá, mucho más allá de las dádivas mediáticas al Teletón.

La persona solidaria es capaz de respetar al otro en sus creencias y sus hábitos, incluso en sus valores aunque no se comprendan, la utilidad compartida, se disfruta.

Por esto la solidaridad requiere madurez de la persona para sí y en su actuar con otros.

Las formas del cultivo personal son muchas, pero el entrenamiento en la solidaridad ya tiene receta: el trabajo para mí y con otros, en organizaciones de la sociedad civil, asociaciones de beneficiencia pública o privada, partidos políticos, en cualquier agrupación social que busque un fin que beneficie a otros.

Dijo Aristóteles: “el Estado más perfecto es evidentemente aquel, en que cada ciudadano (ciudadana), sea el(la) que sea, puede, merced a las leyes, practicar lo mejor posible la virtud y asegurar mejor su felicidad”.
 
La mesa está puesta, también lo dijo Malala, no se necesitan 50 años ni títulos ni puestos, hoy cada persona puede hacer algo por su comunidad si empieza a cultivarse a sí misma.


La autora es Consejera Electoral en el estado de Nuevo León y promotora del cambio cultura a través de la Educación Cívica y la Participación Ciudadana.

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.