Monterrey

¿Fenómeno generacional
o social?

Opinión. Tenemos que tomar de cada generación lo mejor. Los millennials cuentan con grandes posibilidades de aprender mucho más rápidamente que las anteriores, pero esto no los exime de tener áreas de oportunidad.
OPINIÓN ACADÉMICA TECNOLÓGICO DE MONTERREY

HOMERO ZAMBRANO
hzambranom@itesm.mx
10 octubre 2016 11:23 Última actualización 10 octubre 2016 11:54
Homero Zambrano

Homero Zambrano

En reuniones entre colegas, surge con frecuencia el tema de los
millennials. La discusión se da en torno a que si nosotros –los de
generaciones previas- debemos adaptarnos a ellos. Aquí mismo en El Financiero hemos leído que “los más brillantes jóvenes de veintitantos años dejan sus fantásticos empleos” porque “después de unos meses se impone el aburrimiento.”

Igualmente, leemos que son “la generación que más cambia de empleo”. Caray… nunca me enteré de que estuviéramos, ni en México ni en Estados Unidos, en una economía de pleno empleo.

Los millennials podrían ponernos en problemas, pues los retos, al cabo de algunos lustros, pueden ser mayores a lo que esperamos. La revista Time (2013, 20 de mayo) habla de la generación “yo-yo-yo”, la cual es conocida a veces como narcisista, perezosa y que se siente con derecho a todo.

Probar lo contrario no es fácil en ciertos ambientes. Un artículo de El Financiero (2016, 30 de junio) menciona que los millennials de Gran Bretaña se lamentan del resultado del Brexit, sin embargo, el mismo artículo indica que de los jóvenes entre 18 y 24 años de edad, solamente el 36 por ciento votó.

Esto podría deberse al hecho de que los millennials tienden a postergar ciertas decisiones importantes como las relaciones sexuales o el matrimonio, por una mezcla de las características mencionadas. No sólo eso: hay un declive en la resiliencia (ver Psychology Today de septiembre de 2015), patente en la necesidad de cada vez más ayuda para asuntos triviales. Estando así las cosas, yo tendría mis reservas en cuanto a viajar en un avión diseñado o fabricado por personas que tienden a perder el interés fácilmente, que pretenden solucionar problemas vía internet sin pensar, para quienes un trabajo es lo que se realiza con una mueca en breves lapsos entre constantes accesos a redes sociales, o por personas para quienes el “minuto heroico” es una
molestia y un anacronismo, en lugar de un modo de vida.

Tampoco me dejaría tratar por un médico con estas características.
Tengo esperanzas de que se trata de un fenómeno más bien social, no generalizado y únicamente de una porción de la generación millennial.

Es un perfil que se pudiera asociar a las clases que pueden darse el lujo de abandonar un buen empleo por ser tedioso; a los grupos que  
pueden postergar la entrada al mercado laboral para dar lugar a sus periplos globales; a quienes cuentan con el respaldo de una billetera paterna sin límites aparentes.

Algunos de mis colegas insisten en que las empresas tienen que adaptarse a los millennials, como si el mercado laboral tuviera en forma generalizada este perfil. Si efectivamente las empresas deben adaptarse a ese grupo −siendo que el pleno empleo sigue siendo una utopía- debe ser porque los millennials pertenecientes a estas élites tienen acceso a un nivel de educación que los convierte en un bien
escaso y por lo tanto que se les debe pagar, si no en dinero, sí en
concesiones y tolerancia.

Si esa es la situación, el panorama no parece mejorar. Significa que las grandes masas tienen enormes carencias educativas y que los puestos de responsabilidad estarán eventualmente en manos de individuos que todavía deben demostrar su valía y madurez. Esta situación tiene el potencial de acentuar la desigualdad social, causante, entre otras cosas, de la debilidad del mercado interno mexicano.

Otra esperanza es que el mercado laboral se encargue de hacer ver
que ciertos perfiles no concuerdan con la realidad económico-social,
ni con el mejor interés de la empresa, encargando las responsabilidades
a quienes demuestren poseer los valores tradicionales de trabajo,
disciplina, respeto, responsabilidad, puntualidad y, además de ser
conocedores de su área y expertos usuarios de tecnología.

Debemos reforzar la meritocracia, pues, si los puestos de 
responsabilidad, y/o los grandes sueldos van a individuos cuyos únicos “méritos” son verse bien, hablar más fuerte, o ser “hijos de mi compadre”, estaremos en problemas. Tenemos que tomar de cada generación lo mejor. Los millennials cuentan con grandes posibilidades de aprender mucho más rápidamente que las anteriores, pero esto no los exime de tener áreas de oportunidad.

Quizá sea oportuno retomar los valores que Don Eugenio Garza Sada expuso en su ideario, de forma que las élites no sean modelo para “Ladies y Lords” arrogantes, indolentes y faltos de resiliencia.

* El autor es profesor del departamento Académico de Contabilidad y Finanzas del Campus Monterrey. 

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