Monterrey

Estado fallido, ¿sociedad fallida?

OPINIÓN. La democracia en México sólo ha sido un negocio fructífero para actores específicos como los partidos políticos y contratistas del gobierno que disfrutan las bondades del presupuesto.
Sergio López Ramos | Entrada Libre
slramos2020@gamil.com 
Twitter: @serlopram
08 febrero 2017 10:1 Última actualización 08 febrero 2017 10:1

En los últimos meses, los ciudadanos de Nuevo León hemos sido protagonistas y testigos de un número considerable de cambios políticos.

En nuestra entidad, en medio del clima de hartazgo por la corrupción, la inseguridad y el pacto de impunidad imperante, emergió un candidato que supo entender el malestar social del momento. Bajo estas circunstancias excepcionales, Jaime Rodríguez Calderón se convirtió en el gobernador de Nuevo León.

Un año después, el Brexit se materializó y la aventura presidencial de Donald Trump no sólo prosperó dentro del Partido Republicano sino que hoy es el 45 Presidente de los Estados Unidos. Todos estos hechos significativos a nivel local y mundial tienen características en común: a) la clase política tradicional no ha tenido la capacidad de cumplir las expectativas de la población; b) una creciente desigualdad económica y c) la emergencia de nuevos liderazgos que, aseguran, entienden a cabalidad a la población.

En este 2017, se celebraran elecciones presidenciales en Francia y Alemania y los resultados en ambos comicios pueden reconfigurar el espacio común de la Unión Europea, lo que alentaría los sentimientos nacionalistas y el proteccionismo, satanizando la migración y el libre comercio.

Electoralmente, el proceso de alternancia política en nuestro país ha cumplido los objetivos de institucionalizar la transferencia pacífica del poder y la integración de diferentes ideologías en los tres niveles de gobierno. Sin embargo, la democracia en México sólo ha sido un negocio fructífero para actores específicos como los partidos políticos y contratistas del gobierno que disfrutan las bondades del presupuesto.

Con el quiebre del monopolio de la información que ostentaba el sistema político mexicano, la creciente corrupción, la desigualdad y el pacto de impunidad que han firmado los partidos políticos en México, se ha generado un creciente descontento social contra lo que representa la democracia en nuestro país.

Por eso, el malestar social que inunda Nuevo León y México es terreno fértil para que emerjan voces en los extremos políticos, tanto de derecha como de izquierda, que pretendan anular las libertades individuales y los derechos humanos para “salvar” a Nuevo León y a México.

La mejor forma de hacer que nuestro sistema político sea valorado por los ciudadanos de nuestra entidad y de todo México es tener más democracia. Apenas el año pasado, los diputados locales aprobaron la Ley de Participación Ciudadana de Nuevo León y que contempla la implementación de siete herramientas de participación como la consulta popular, la consulta ciudadana, la iniciativa popular, la audiencia pública, las contralorías sociales, el presupuesto participativo y la renovación de mandato.

Para fortalecer nuestra democracia en Nuevo León ya no basta con ir a votar cada tres años. Por eso, los neoloneses tenemos la capacidad de incidir en la toma de decisiones de la agenda local. Desde las asociaciones estudiantiles de las universidades, las organizaciones de la sociedad civil, los colegios de profesionistas y por supuesto, desde la calle y la realidad que enfrentamos día con día, los ciudadanos podemos generar propuestas para crear una sociedad verdaderamente sostenible en el mediano y largo plazo.

Así, los neoloneses tenemos las herramientas para transitar del enojo hacia una nueva fase de convivencia que privilegie la participación ciudadana en el proceso de toma de decisiones. Los ciudadanos podemos construir una sociedad verdaderamente democrática y evitar convertirnos en una sociedad fallida.

El autor es politólogo por el Tecnológico de Monterrey y candidato de la Maestría en Ciencia Política y Política Pública de la Universidad de Guelph.

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.