Monterrey

El país de la democracia veta a la prensa en la Casa Blanca

Opinión. Trump amparándose en esta garantía constitucional, sabiendo que nadie puede acusarle por expresar su opinión, ha arremetido contra todo tipo de funcionario o persona que le pudiera estorbar en el propósito que le ha llevado a ganar la silla presidencial.
DESDE TEXAS….

JAVIER AMIEVA
​javier.amieva@hispanicinternational.com
16 enero 2017 11:23 Última actualización 16 enero 2017 11:31
Javier Amieva

Javier Amieva

Es inoportuno, y no por ser simple coincidencia, deja de ser obsceno e
indigno para el pueblo americano, en general, y no solo para los que votaron en favor de Trump, el hecho de que la misma semana que se conmemora a Martin Luther King, como luchador de los derechos humanos y de la igualdad de razas, que un segregacionista vaya a ser investido como presidente del país de mayor poder económico en el mundo y que se precia de ser la bandera de la democracia universal.

La libertad de expresión, es una de las denominadas “enmiendas” que
protege la Constitución de los Estados Unidos con más ahínco, al punto
que es siempre uno de los temas más importantes de análisis de fondo que determinan cuestiones de criterio de la Suprema Corte de Justicia de esta nación y esta libertad ha estado, al menos hasta esta semana, incuestionable como una garantía ampliamente respetada; el hecho es que, en forma directa el no respetarla “ocasionalmente” no constituye un delito o una ofensa grave y en un político pudiera tener la función, no solo de restarle popularidad y un precio político, sino hasta pudiera ser causa de juicio de orden público.

Desde las últimas elecciones esto ha cambiado; Trump amparándose
en esta garantía constitucional, sabiendo que nadie puede acusarle por expresar su opinión, ha arremetido contra todo tipo de funcionario
o persona que le pudiera estorbar en el propósito que le ha llevado a ganar la silla presidencial, y no ha tenido abaje alguno en amenazar con cárcel a sus opositores, sin fundamento alguno y ha embestido contra la
televisión como medio porque no le “otorgaba el tiempo suficiente”, los
reflectores que él necesitaba.

Concretamente CNN, cayó en el juego y explotó en forma amarillista lo que ellos al principio pensaban sería “un simple juego interesante para su rating”; luego este les infundió temor y terminaron otorgando a Trump un 60 por ciento más de tiempo aire que a nadie más, porque sus ratings habían subido y con ello su “poder” como medio y con esto pues  obtuvieron logros económicos.

Conforme se incrementaba más la posibilidad de que Trump fuese presidente, más tiempo aire le otorgaban y con ello se convirtieron en la herramienta de difusión más importante que la campaña que Trump tuvo, y en muy buena medida por ello, son responsables de que Trump haya llegado ahí.

Pero como en la fábula de Esopo, ya habiendo logrado su finalidad y
para poder mantener subyugados a los medios, Trump no solo no se ha
mostrado agradecido o en todo caso neutral, más bien sigue desacreditando a los medios, al punto que bajo una encuesta de una organización muy seria, solo el 38 por ciento de la población otorga credibilidad a la prensa, incluyendo noticieros televisivos.

Una semana antes de la “inauguración”, como llaman los estadounidenses a la toma presidencial, Trump ha solicitado que las oficinas y salón de conferencias de prensa, sean removidos de la Casa Blanca, alegando temas de capacidad de “ocupación”; ya la prensa no tendrá más representación permanente en la Casa Blanca.

En la última conferencia de Prensa, y la única conferencia pública que
Trump ha otorgado desde las elecciones, y un día después de que CNN dio a conocer que Trump había tenido conocimiento previo de que Rusia le había comunicado información obtenida ilegalmente y él lo había negado durante la campaña.

Como resultado y represalia Trump no concedió al reportero de CNN uso de la palabra; ni siquiera le permitió formular preguntas, tal como sucediera con Jorge Ramos, el reportero de Univisión; así, Trump ha inaugurado una nueva era para la prensa, la democracia y las conductas éticas con que la nación americana será conducida bajo esta nueva administración.

* El autor es analista político en Texas, y experto en temas de la frontera México-Estados Unidos. 

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.