Monterrey

El financiamiento al emprendimiento y la necesidad de liquidez para la innovación

OPINIÓN. En finanzas corporativas se identifican tres fuentes de financiamiento tradicional para la inversión en proyectos productivos: el financiamiento interno con recursos propios, la emisión de deuda, y la búsqueda de capital a través de socios.
OPINIÓN 
ACADÉMICA

UANL

JORGE O. MORENO
TREVIÑO
18 marzo 2016 11:50 Última actualización 18 marzo 2016 11:58
Jorge O. Moreno Treviño

Jorge O. Moreno Treviño

La innovación y la creación de nuevos productos y tecnologías es el eje motor para el crecimiento en la productividad de los factores en un país: sin incrementos sostenidos en la productividad es imposible pensar en mejores condiciones salariales para los trabajadores, y de rentabilidad para el capital, que sean sustentables en el largo plazo para cualquier país.

En la más pura tradición de la “teoría de la creación destructiva” propuesta por el sociólogo Werner Sombat y elaborada en su obra “Capitalismo y Democracia (1942)” por el economista Joseph Schumpeter, las nuevas ideas y productos sustituyen a los obsoletos, y la búsqueda de apropiación de los ingresos derivados por este proceso de emprendimiento es la clave para la inversión en innovación. En los ejemplos de este proceso podemos citar lo mismo los casos clásicos de Ford, como los recientes casos de Microsoft, Apple, y Facebook.

No obstante, uno de los principales obstáculos para la inversión en innovación es encontrar el financiamiento de la liquidez necesaria para el desarrollo de estas ideas. En finanzas corporativas se identifican tres fuentes de financiamiento tradicional para la inversión en proyectos productivos: el financiamiento interno con recursos propios, la emisión de deuda, y la búsqueda de capital a través de socios. Se reconoce que los mecanismos de financiamiento a proyectos presentan un orden en términos de cuan costoso es acceder a esa forma de liquidez: el más barato es el financiamiento interno, ya sea por retención de dividendos o desembolso del dueño de la empresa, el segundo es el financiamiento a través de deuda, quienes son los primeros en acceder al repago de una empresa, y finalmente los socios o accionistas, tenedores residuales de las utilidades operativas de un proyecto. Para un proyecto dado, entre más riesgoso es la recuperación de la inversión inicial, mayor será la tasa de rendimiento demandada por quien provea, y de allí que sean los socios quienes demandan un mayor retorno por su inversión inicial.

En un país como México, con más de la mitad de su población en condiciones de pobreza, y un mercado de capitales limitado, la única fuente de financiamiento para la innovación es el mercado de crédito.
No obstante, como se ha demostrado en muchos estudios, el crédito a las micro, pequeñas, y medianas empresas en México es escaso, costos, y relativamente inexistente, cuando se comprara a otros países tanto de la OECD o en América Latina.

Mientras nuestros políticos siguen buscando mecanismos para mantener y salvaguardar la obsoleta y financieramente compleja industria petrolera, la cual año con año ha demostrado su deterioro como eje promotor del crecimiento y generador de recursos al sector público, en nuestro país los recursos para la innovación y el desarrollo siguen siendo insuficientes, al igual que aquellos dedicados a la ciencia e investigación en universidades y centros especializados.

La creación y el impulso de sociedades financieras especializadas en promover los microcréditos, tales como SOFIPOS, SOFOLES, y SOFIPOS, puede ser un paso importante para promover la inversión en innovación, y siguiendo el ejemplo documentado de otros países como India y Tailandia, promover mejores condiciones de igualdad y creación de riqueza, al impulsar los proyectos e ideas que generen mayor valor, tanto privado a sus emprendedores, como social a todos quienes tenemos acceso a esas nuevas ideas y productos.

Hace un par de días, mi abuelo, Don Rubén Treviño González, falleció a los 96 años. Fue agricultor, comerciante, diseñador, excelente cocinero, y su tienda “Casa Rubén” ubicada en la céntrica calle de Ocampo, en Monterrey, fue durante más de 70 años punto de referencia obligado para encontrar lo mismo un exprimidor, tortilleras, comales de acero, o moldes de pastel y galletas de figuras caprichosas elaborados en lámina galvanizada sobre pedido, hechos por él mismo en su taller. En esa hermosa casa blanca de muchos pisos y pasadizos, rodeado de cristalería, peltre, polvo y libros, aprendí desde niño, de la mano de él y de mi abuela Bertha, el valor de la honestidad, el trabajo, la perseverancia, y el respeto: esos valores que aún me hacen sentir orgulloso de ser regiomontano. Sean estas líneas un agradecimiento y tributo a su memoria, y la de todos aquellos que forjaron el desarrollo de Monterrey y Nuevo León, y cuyos nombres no están inmortalizados en avenidas o monumentos, sino en el corazón de quienes crecimos con su ejemplo.

*Doctorado en Economía en la Universidad de Chicago. Es Profesor-Investigador de la Facultad de Economía de la UANL y miembro del SNI-CONACYT Nivel 1.

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.