Monterrey

El Evangelio según San Plutarco

OPINIÓN. Bien ha dicho Pepe Meade que México le debe mucho al PRI. Sólo en este sexenio la deuda de los ciudadanos con el PRI asciende a la Casa Blanca de Angélica Rivera, la residencia en Malinalco de Luis Videgaray, la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, los asesinatos de Tlatlaya y los más de 100 mil mexicanos asesinados.
ENTRADA LIBRE
Sergio López Ramos
slramos2020@gmail.com
Twitter: @serlopram
05 diciembre 2017 9:55 Última actualización 05 diciembre 2017 9:55
Sergio López Ramos, politólogo por el Tecnológico de Monterrey.

Sergio López Ramos, politólogo por el Tecnológico de Monterrey.

Finalmente de las aguas del Jordán emergió, en cadena nacional y siguiendo la liturgia priista, el elegido por el todopoderoso por sus indiscutibles cualidades, José Antonio Meade Kuribreña. El ciudadano que ha logrado borrar cualquier frontera ideológica entre el Partido Revolucionario Institucional y el Partido Acción Nacional. Convertido en el popular y dicharachero “Pepe Meade”, es el panzer que tiene como misión especial salvar a México de la regresión y continuar moviéndolo a la modernidad.

Una modernidad construida de acuerdo a los fundamentos del Evangelio de San Plutarco, padre del México institucional y creador del PRI: corrupción, impunidad y pobreza. Bien ha dicho Pepe Meade que México le debe mucho al PRI. Sólo en este sexenio la deuda de los ciudadanos con el PRI asciende a la Casa Blanca de Angélica Rivera, la residencia en Malinalco de Luis Videgaray, la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, los asesinatos de Tlatlaya y los más de 100 mil mexicanos asesinados.

Gracias a Dios y al PRI, los medios de comunicación nos devuelven los ojos a la realidad. A través de sus oportunas investigaciones periodísticas, nos damos cuenta que el ciudadano Meade es un manojo de virtudes inacabables. No solamente ha sido cinco veces secretario de Estado, sino que además tomaba el metro para ir a sus reuniones con el Presidente Peña, tiene un Doctorado en Economía por Yale, y por supuesto, no tiene una sola prueba de enriquecimiento ilícito ni nada que esconder.

Por supuesto, como Secretario de Hacienda, Pepe Meade nunca se enteró de los malos manejos que varios ex gobernadores del PRI hacían en sus estados. Como Secretario de Relaciones Exteriores seguramente defendió a cabalidad la aplicación de las convenciones internacionales de Derechos Humanos en México en aquellos tiempos aciagos de Ayotzinapa y Tlatlaya.

Por supuesto, el Evangelio de San Plutarco se ha convertido en el dogma de fe que, prácticamente, todos los políticos mexicanos profesan. Que mejor prueba que la hazaña de Jaime Rodríguez Calderón, el “Independiente” que (des)gobierna Nuevo León de ser el líder indiscutible en recolección de firmas rumbo a la candidatura presidencial por la vía independiente.

Debe ser casualidad que, de todos los precandidatos independientes a la Presidencia de la República sea el más aventajado. Nada tiene que ver el ser el titular del Poder Ejecutivo del Estado de Nuevo León y mucho menos tener a la mano hartos recursos financieros. En verdad da gusto saber que Don Jaime tiene una red de amigos y compadres que son a toda madre y que le echan la mano con el jale de recolectar firmas, digo, para eso están los amigos no?

Jaime Rodríguez no ha podido (o no ha querido) hacer mucho por su entidad. Al contrario, los índices delictivos suben como la espuma, mientras la intención del voto para Don Jaime cae en picada. Pero mientras Rodríguez Calderón tenga acceso a recursos financieros y siga profesando su fe en el Evangelio de San Plutarco, se mantendrá en ruta de ser el primer candidato independiente a la Presidencia de la República.

San Plutarco puede dormir en paz. Porque cada seis años, los políticos mexicanos logran el máximo milagro de la transubstanciación política: cambiar para que todo permanezca igual. Por supuesto, México debe seguir avanzando a través de reformas modernizadoras como la Ley de Seguridad Interior, y en futuro no muy lejano, la legalización de la impunidad y la corrupción.

El autor es politólogo por el Tecnológico de Monterrey y candidato de la Maestría en Ciencia Política y Política Pública de la Universidad de Guelph.

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.