Monterrey

Economía y medio ambiente

OPINIÓN. Si no cambiamos nuestras formas y costumbres de hacer economía, el riesgo es la propia existencia del ser humano.
OPINIÓN
ACADÉMICA

TECNOLÓGICO 
DE MONTERREY

EDUARDO
CARBAJAL
06 junio 2016 9:16 Última actualización 06 junio 2016 9:23
Eduardo Carbajal

Eduardo Carbajal

Los ambientalistas siempre han tenido un conflicto con los economistas porque estos últimos estudian cómo se produce, a qué precio se compran y se venden y cómo se distribuyen los bienes y servicios, y los primeros dicen que estos últimos jamás cuidan los recursos naturales en el proceso de producción de esos bienes y servicios.

La verdad es que el asunto es algo más complejo de lo que a simple vista parece. Durante casi dos siglos los ingleses y los estadounidenses lideraron la producción de bienes y al mismo tiempo produjeron más dióxido de carbono y de azufre (y liberado en la atmósfera), que lo que naturalmente la tierra llega a generar y a reabsorber. Esto hace que se modifique el ciclo de carbono y tengamos efecto invernadero y calentamiento global.

La causa más probable de nuestros problemas con el clima el día de hoy, es la actividad económica del ser humano derivada de la producción en masa que hubo durante la revolución industrial y los siglos subsecuentes. La producción actual de los últimos 50 años en China, equivale en valor y en contaminación, a toda esa producción de dos siglos.

Producir en la era del calentamiento global supone una paradoja. La paradoja del crecimiento económico se presenta cuando las economías destinan más dinero a la investigación y la gente se da cuenta que de seguir produciendo con los mismos estándares, el planeta no tendrá suficiente tiempo de regenerar los recursos naturales. Y la duda es: ¿Producimos más bienes y servicios que satisfagan la demanda de la gente, sin que nos importen los efectos ambientales o cambiamos la forma de producirlos para que las generaciones futuras no tengan una mayor escasez de los recursos naturales?

Los productores conscientes de la situación ambiental y los capitalistas actuales, tienen la posibilidad de modificar la forma de producir los bienes y servicios que consumimos para no afectar el medio ambiente, pero hacer esto también tiene una implicación económica tanto para los consumidores como para los productores.

Y de acuerdo con esto, tenemos en nuestros días toda una gama de bienes que no son agresivos con el ambiente, cuyo precio es más alto dadas las certificaciones y el pago de impuestos que las empresas tienen que hacer por convertirse en productores verdes. Por ejemplo, los autos eléctricos y los híbridos son muy caros por la tecnología implícita que tienen y porque representan un ahorro futuro importante para el consumidor medido en exenciones fiscales y en compra de combustibles. Los alimentos orgánicos que vemos en el supermercado son más caros porque producir en la misma forma en que producían nuestros abuelos, sin conservadores ni productos transgénicos, ahora es muy difícil.

Y si analizamos el lado del consumidor, este podrá acceder a esos bienes amigables con el ambiente si es que tiene las posibilidades monetarias. Comprará esos bienes más caros, pero menos contaminantes, entre otras razones para que su consciencia ambiental esté tranquila por algún tiempo.

Entonces se vuelve imperativo conciliar a los ambientalistas con los economistas para producir bienes y servicios cuya producción sea suficiente para satisfacer la demanda y al mismo tiempo sea capaz de no alterar aún más el ciclo de carbono en el planeta.

Pensar en los procesos económicos sin comprometer el uso de los recursos naturales de las siguientes generaciones ya no debe ser una cuestión de moda o de prestigio empresarial. Es una cuestión de consciencia económica. El grado superlativo de esta grave situación es que llegará el tiempo en que las empresas se dediquen a producir bienes y servicios y ya no haya consumidores, pues si no cambiamos nuestras formas y costumbres de hacer economía, el riesgo es la propia existencia del ser humano.

Si el producir con tecnologías limpias tiene un costo económico alto, deberíamos de pensar que los costos que tendríamos que enfrentar de no hacerlo serían infinitamente más altos. Es un análisis simple de costo-beneficio.

* El autor es economista y profesor de Finanzas y Economía de la Escuela de Negocios. Ciencias Sociales y Humanidades del Campus Monterrey. Su crorreo electrónico es: edcarbaj@itesm.mx​

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.