Del interés privado al público
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Monterrey

Del interés privado al público

OPINIÓN. En NL la alternancia entre PRI y PAN se materializó algunas décadas antes, y como en otros temas, la llegada de las candidaturas independientes a los puestos de elección nos deja en la punta de una lanza medio irregular.

LA PROPIA POLÍTICASara Lozanoloalsara@yahoo.com
24/01/2018
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Los partidos políticos tienen un interés privado: ganar elecciones.

Existen porque hay algo que interesa a todos, un interés que es público, que es proveer, mantener y fomentar el sistema democrático en el que vivimos.

Si no hubiera democracia en México, estas instituciones no serían necesarias, o bien, servirían para fingir que se vive en democracia. Aun en casos así, la existencia de partidos políticos, por ejemplo en México, hizo posible la transición democrática. Después de 70 años de gobiernos priístas, la posibilidad del cambio pacífico la dieron organizaciones de la sociedad civil que sumaron fuerzas con panismo nacional.

En NL la alternancia entre PRI y PAN se materializó algunas décadas antes, y como en otros temas, la llegada de las candidaturas independientes a los puestos de elección nos deja en la punta de una lanza medio irregular.

Sucede que de acuerdo a Informe País (INE, 2014) las instituciones que mejor representan a la democracia –congreso legislativo y partidos- son las que gozan de menor confianza entre la ciudadanía. Existen suficientes estudios que pueden responder a este fenómeno democrático, quizá demasiados, y todos apuntan al síntoma de que no se les cree por los escándalos de corrupción, las nulas sanciones a gobernantes que ellos registran, perfiles lamentables en los cuerpos legislativo que generan leyes mal hechas y dejando espacio a la discrecionalidad.

Todo eso, sostengo, es sintomático, el fondo del problema apuesto a que está precisamente en aquello que detona el interés de todos: proveer, mantener y fomentar la democracia. Ésta es una labor con la ciudadanía y con la población, es un trabajo de formación cívica a través del cual, estarían captando militancia estratégicamente, fortaleciendo su voto duro y cultivando a las nuevas generaciones. En la Ley General de Partidos Políticos dice claramente que estos promoverán los valores cívicos y la cultura democrática entre niñas y niños (Art. 3, inciso 3).

A los partidos políticos se les da dinero público para que funcionen, tienen financiamiento ordinario todo el tiempo, y otro tanto cuando es año electoral. Todo el tiempo es mucho tiempo, antes o después de las elecciones sería bueno verles charlando en las juntas de vecinos, cuidando el buen desempeño de quienes ganaron avalados por ellos -partidos-, activando el motor político de niños y niñas; formando a la siguiente generación de personas que entrarían a contender, no sólo los presupuestos adicionales para mujeres; faltan cursos de administración pública, técnica legislativa, ética pública, ideología partidista, derecho electoral y la logística.

Creo que seguir estudiando la crisis democrática es ya ocioso, siempre resulta que la variable débil es la participación ciudadana. Habría que voltear a ver el desempeño de quienes tendrían que promoverla y fomentarla por ley, de quienes proponen a quienes gobernarán, de aquéllos que están cultivando su interés privado sin ponerle atención al interés que les da sentido, el interés de todos.

Y una reflexión obligada, ¿existirían las candidaturas independientes si fuéramos una sociedad cívicamente educada? Es fácil advertir que si fuéramos una sociedad cívicamente madura, los partidos políticos tendrían una fuerza natural de la ciudadanía que les cree, les apoya y les sigue. Fuera del interés privado, la camada de independientes no generaría tanto interés público.

La autora es Consejera Electoral en el estado de Nuevo León y promotora del cambio cultura a través de la Educación Cívica y la Participación Ciudadana.

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Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.