Monterrey

Crecimiento, Deuda y Tipo de Cambio en las Finanzas Públicas

Opinión. Adaptando las ideas del psicoanálisis propuestas por Carl Jung, es como si en nuestro inconsciente colectivo se registrara una asociación directa entre estas variables económicas y las expectativas, que auguran una transición política relativamente estable, o el preámbulo a una nueva crisis.
OPINIÓN ACADÉMICA UANL

JORGE O. MORENO TREVIÑO​
07 octubre 2016 11:28 Última actualización 07 octubre 2016 11:32
Jorge O. Moreno Treviño

Jorge O. Moreno Treviño

En México, independientemente de la formación académica, identidad
política, o herencia cultural, existen tres métricas sobre las cuales los ciudadanos comparan el desempeño de un gobierno con respecto a su eficacia en la promoción del bienestar en el sistema económico: el crecimiento de la economía, el nivel de la deuda pública, y el tipo de cambio del dólar. Y no es que estas variables sean más importantes que otros indicadores más generales de desarrollo como la desigualdad
social, o de mayor impacto en el largo plazo como el gasto en educación y salud, sin embargo, dado que su métrica es periódica
(“instantánea” en el caso del tipo de cambio), relativamente objetiva, y de amplia difusión, la transmisión de la información que brindan se difunde en todos los medios, y se integra al conocimiento de todas las personas.

Adaptando las ideas del psicoanálisis propuestas por Carl Jung, es como si en nuestro inconsciente colectivo se registrara una
asociación directa entre estas variables económicas y las expectativas,
que auguran una transición política relativamente estable, o el preámbulo a una nueva crisis. 

Este arquetipo económico no ha sido espontáneo o implantado “desde fuera” de nuestra sociedad, sino producto del costoso aprendizaje que han dejado las múltiples crisis económicas y financieras desde la década de los 70s, y que a muchos hogares nos implicó la pérdida de la estabilidad y el patrimonio. El crecimiento económico, por una parte,
resume la capacidad del gobierno para proveer incentivos que faciliten la coordinación de decisiones económicas y financieras, creando así un ambiente de certidumbre, y fomentando la capacidad de utilizar eficientemente todos los recursos de un país en la creación de bienes y servicios. Por otra parte, los niveles y cambios de deuda pública reflejan la disciplina y la planeación financiera del gobierno. Y el tipo de cambio,
es espejo de las expectativas exteriores sobre las condiciones del país, así como pulso diario de la entrada de remesas provenientes de migrantes, y de lo que el complejo mercado financiero espera suceda internamente en el mediano y largo plazo. Si todo lo anterior es conocimiento común impregnado en nuestra genética económica, en nuestro subconsciente como sociedad, no debe sorprendernos entonces la constante preocupación sobre qué ha motivado la falta de crecimiento económico observada durante décadas, el incremento acelerado en los niveles de deuda pública, y las fuertes fluctuaciones en el precio del dólar. Una hipótesis es suponer que la estrategia seguida
por el gobierno federal para fomentar el crecimiento económico y el desarrollo del país se fundamentó en los esperados efectos positivos de proveer las reformas estructurales en materia educativa, fiscal, laboral, financiera, y de inversión en sectores estratégicos como el energético. Con estas expectativas, y bajo el supuesto de que estos beneficios habrían cosecharse en el corto plazo, se planearon y presupuestaron gastos en el sector público acordes a los niveles esperados de ingreso fiscal devengados en una economía creciente, con acuerdos políticos
entre los partidos de mayor representatividad. 

Y es también que, con esas mismas expectativas, se adquirieron compromisos y se hizo un mayor uso de las líneas de crédito en el sector público, aprovechando los bajos costos de financiamiento, producto de las bajas tasas de interés de referencia a nivel internacional.

Sin embargo, el crecimiento no llegó, pero los compromisos y la deuda adquirida siguen allí. Las reformas no tuvieron los impactos esperados en los sectores que pretendían reformar, y en algunos casos (como la reforma educativa) fueron un factor adverso en la economía al ser causa de inestabilidad y movilidad social.

Aunado a todo lo anterior, las bajas expectativas del desempeño
económico mundial reducen el potencial de nuestro crecimiento
exportador, y el factor político de las elecciones presidenciales en Estados Unidos contribuyeron a exacerbar la volatilidad en el tipo de cambio, lo cual desató la preocupación de inversionistas, pero también del consumidor común que teme por otra crisis que destruya el valor de sus ahorros, o eleve a niveles imposibles el valor de su deuda.

Ante lo anterior, y a la pregunta que constantemente escuchamos sobre qué hacer, la recomendación sigue siendo la misma: planeación, orden, y prudencia, esperando que nuestras autoridades aprendan que las finanzas públicas no son la excepción a esta recomendación.

* Doctorado en Economía en la Universidad de Chicago. Es Profesor-
Investigador de la Facultad de Economía de la UANL y miembro del SNI-CONACYT Nivel 1.

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.