Monterrey

Corte de caja

OPINIÓN. Pareciera que la corrupción y el nepotismo dentro de la administración estatal se han consagrado como el lubricante que mantiene el funcionamiento de un aparato estatal deficiente.
ENTRADA LIBRE
Sergio López Ramos
slramos2020@ gmail.com  Twitter: @serlopram
21 febrero 2017 10:7 Última actualización 21 febrero 2017 10:7
Sergio López Ramos, politólogo por el Tecnológico de Monterrey.

Sergio López Ramos, politólogo por el Tecnológico de Monterrey.

Estamos a poco menos de cumplir dos años de las elecciones estatales del 2015, las cuales dieron paso a un escenario político inédito en la vida de nuestra entidad. Los partidos políticos sufrieron un reacomodo en sus fuerzas y se hizo patente la capacidad de organización e influencia de nuevos actores.

Al hacer un balance de la gestión de Jaime Rodríguez, es irónico que el Gobernador de Nuevo León no ha tenido la capacidad de erradicar uno de los principales males que tanto criticó durante su campaña electoral.

Pareciera que la corrupción y el nepotismo dentro de la administración estatal se han consagrado como el lubricante que mantiene el funcionamiento de un aparato estatal deficiente.

Una administración que recibió legitimidad de sobra, pero que no ha sido capaz de traducir en acciones la narrativa de un gobierno diferente, una administración con la capacidad de recibir, procesar y solucionar las demandas ciudadanas.

Por supuesto, tampoco se ha privilegiado la innovación gubernamental ni la búsqueda de buenas prácticas para dinamizar la forma de administrar y gobernar la entidad. Allí están el motín en el penal del Topo Chico, un incremento en las índices de inseguridad, una creciente contaminación del aire en la zona metropolitana de Monterrey y un alza en los índices de ciudadanos afectados por el virus de la influenza.

Así, pareciera que el gobierno de Jaime Rodríguez sólo ha representado un cambio de máscara sin la voluntad de erradicar los viejos vicios del sistema. Pero el gobierno de Rodríguez Calderón no es el único que ha sufrido una grave carencia de innovación gubernamental. Los partidos políticos representados en el Congreso local y en las presidencias municipales de la entidad, no han tenido ni la capacidad de reinventarse como institutos capaces de empoderar a los ciudadanos.

Hasta el momento, los partidos políticos en los diferentes niveles de gobierno y poderes de la entidad sólo han desempeñado un papel reactivo ante la administración de Rodríguez Calderón. En el Congreso local, los ciudadanos nos hemos enfrentado a una clase política que, lejos de acercarse a la ciudadanía y trabajar para consensar una agenda legislativa y administrativa cercana a la sociedad civil, han preferido proteger sus intereses partidistas con una visión conformista y electorera rumbo al 2018.

En el caso de los presidentes municipales de Nuevo León, específicamente, los alcaldes del área metropolitana de Monterrey, la innovación más “destacable” que han logrado configurar es la formación de una asociación de ediles.

Desafortunadamente, lejos estamos de tener alcaldes con una visión a largo plazo de lo que realmente necesitan los polos de desarrollo de nuestra entidad.

Este mismo mal aqueja a nuestros actores políticos locales, sin importar género, filiación política ni edad. No tenemos actores políticos innovadores como Pedro Kumamoto, quien en su corta carrera política ha diseñado propuestas legislativas mucho más importantes para la vida ciudadana que para el sistema político mexicano.

Es posible que en los próximos meses, diferentes grupos de ciudadanos se organicen para incidir en las elecciones locales del 2018. Ojalá que de esta forma, los ciudadanos comencemos a incidir en la agenda política local y, desde esta trinchera, seguir trabajando en el empoderamiento de la sociedad civil.

El autor es politólogo por el Tecnológico de Monterrey y candidato de la Maestría en Ciencia Política y Política Pública de la Universidad de Guelph.

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.