Monterrey

Breve historia de la des-globalización

Opinión. Cómo en Nuevo León y en México, el problema es que los políticos profesionales estadounidenses no han tenido la capacidad de generar bienestar para la mayoría de sus ciudadanos.
ENTRADA LIBRE

SERGIO LÓPEZ RAMOS
​slramos2020@gmail.com
15 noviembre 2016 10:0 Última actualización 15 noviembre 2016 10:24
Sergio López Ramos

Sergio López Ramos

A principios del año 2000, Ernesto Zedillo se pronunció en contra de los globalifóbicos, ciudadanos de países en desarrollo que se proclamaban a favor del proteccionismo y que demandaban
salvaguardar los derechos de los trabajadores y la soberanía nacional.

De acuerdo con Zedillo, “la evidencia histórica muestra que en todos los casos en que una nación pobre ha superado significativamente la pobreza, lo ha logrado incursionando en la producción para los mercados de exportación y abriéndose al flujo de bienes, inversión y tecnología del extranjero. Es decir participando en la globalización”.

Y el hartazgo de la periferia contra la globalización llegó al corazón
mismo del sistema. Mientras la “gran recesión” del 2008 se tradujo en rescates millonarios para las grandes empresas y un descenso dramático en la calidad de vida de miles de ciudadanos, para un sector de la sociedad estadounidense la elección presidencial del 2008 había cruzado un umbral que resultaba intolerable para sus valores: el origen racial de Obama y el peligro que representaba el ascenso de las minorías.

Ocho años después, Donald Trump se convirtió en el outsider del sistema que desafío no solo al establishment del partido republicano, sino al sistema político americano al enarbolar una campaña de miedo y odio contra “los otros”, todos aquellos que no son blancos, protestantes y heterosexuales.

Hillary Clinton no se dio cuenta que su experiencia política de treinta
años, era al mismo tiempo, su peor carta de presentación. Su candidatura representó el establishment político que decidió divorciarse de sus ciudadanos para cohabitar con Wall Street. Mediante la construcción de una nueva alianza conservadora anti Reagan-Tatcher, la derrota de Clinton se transformó en una victoria colectiva que impidió el arribo de los políticos de siempre a la Casa Blanca.

El mensaje fue claro: Donald Trump, un personaje sin experiencia
política pero que “comprende” los daños del neoliberalismo será responsable de rescatar la economía, refundar el sistema y recobrar el orgullo y la gloria de ser estadounidense.

Los puentes que conectan nuestro mundo globalizado se cimbran ante
la incertidumbre. El futuro del Tratado de Libre Comercio de América
del Norte
pende de un hilo y con ello, el futuro de la economía de nuestra entidad y de México. Y los efectos de la des-globalización se comenzaron a sentir en Nuevo León y en México con la devaluación del peso y la caída de la Bolsa Mexicana de Valores.

El mundo que conocemos cambió y seguirá un rumbo desconocido. Las
promesas de levantar muros y devolverle el bienestar a los estadounidenses se traducen en un quiebre del sistema que pone en peligro la globalización.

Cómo en Nuevo León y en México, el problema es que los políticos profesionales estadounidenses no han tenido la capacidad de generar bienestar para la mayoría de sus ciudadanos.

Y si el triunfo de Trump fue posible, ¿qué puede suceder en Nuevo León y en México? Esta es, quizá, la última llamada de atención a las élites políticas y económicas del país para reconfigurar un sistema que brinda grandes beneficios a unos cuantos pero que mantiene al margen a la mayoría de nuestros ciudadanos.

¿Está Nuevo León preparado para responder a la nueva reconfiguración del escenario internacional? Por lo pronto, Rodríguez Calderón nos “infunde confianza” al señalar que para un terco, un bronco. Así “seguro” llegamos a buen puerto.

* El autor es politólogo por el Tecnológico de Monterrey y candidato de la Maestría en Ciencia Política y Política Pública de la Universidad de Guelph.

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.