Monterrey

¡Bienvenida compañera Marichuy!

OPINIÓN. Su candidatura no representa un proyecto caudillista sino la oportunidad de comprender que otro mundo es posible y que los derechos humanos no están sujetos a un referéndum como lo propone López Obrador.
ENTRADA LIBRE
Sergio López Ramos
slramos2020@gmail.com
Twitter: @serlopram
10 octubre 2017 10:22 Última actualización 10 octubre 2017 10:22
Sergio López Ramos, politólogo por el Tecnológico de Monterrey.

Sergio López Ramos, politólogo por el Tecnológico de Monterrey.

El calendario electoral sigue corriendo y en estos días varios ciudadanos han solicitado su registro en el INE como candidatos independientes a la Presidencia de la República. Un primer grupo de aspirantes son ciudadanos de a pie que en su trayectoria han intentado entrar al espacio político dominado por las élites de nuestra partidocracia sin mayores resultados. Entre este primer grupo podemos mencionar a Edgar Portillo, Francisco Becerra Ávalos, Wendolín Gutiérrez, Francisco Flores Carballido y Alfredo Pérez.

Un segundo grupo de suspirantes han trabajado de forma directa con el sistema, conocen las entrañas de nuestro Leviatán. Entre éstos podemos mencionar a Roque López Mendoza, Héctor Luis Javalois, Alfonso Trujano y Carlos Mimenza. Dentro de esta categoría, hay un subgrupo de ciudadanos que se ha beneficiado del sistema político porque fueron en su momento parte del grupo en el poder como Pedro Ferriz, Jaime Rodríguez, Armando Ríos y Margarita Zavala.

Este subgrupo de ciudadanos recibe mayor atención mediática porque algunos de sus integrantes han logrado formar parte del privilegiado grupo de mexicanos de la exclusiva élite política mexicana. Y si bien, Pedro Ferriz no ha tenido cargos de elección popular, el inmenso poder que ha tenido gracias a los medios de comunicación le ha permitido ser un salvaguarda de los intereses del sistema político mexicano.

Este conjunto de ciudadanos, desde Pedro Ferriz, Jaime Rodríguez, Armando Ríos, hasta Margarita Zavala son, quizás, los ciudadanos que irónicamente mejor representan los grandes males del sistema político mexicano. Son producto de una élite intra-partidista convencida de la necesidad de adecuar el Estado para garantizar que la empresa tenga la libertad necesaria de generar riqueza que, en teoría, debería derramarse de forma generosa sobre la base de la gran pirámide que forma el país.

La narrativa del poder en nuestro país nos ha insistido hasta el cansancio que, al aprobarse las reformas estructurales, México alcanzaría mayores tasas de crecimiento económico y con ello, un mayor desarrollo en todos los sentidos. Y quizás este ha sido el gran problema de nuestro país.

El discurso de las élites del poder ha hecho a un lado la seguridad social, la necesidad de incrementar los salarios para detonar el mercado interno, los derechos humanos y la necesidad de brindarle a todos los mexicanos la oportunidad de tener acceso a un sistema de salud, educación y vivienda que nos permita tener las condiciones necesarias para tener un desarrollo humano óptimo.

Ni siquiera Jaime Rodríguez Calderón quien se ha jactado de su cercanía a los ciudadanos ha logrado genera una narrativa diferente que permita introducir en el debate la necesidad de un Estado que resguarde la seguridad humana de los mexicanos.

Por esa razón, la candidatura de María del Jesús “Marichuy” Patricio, del Congreso Nacional Indígena (CNI), es bienvenida porque nos invita a dialogar, debatir y construir una agenda social desde la ciudadana para generar un cambio desde las bases y de forma horizontal. Su candidatura no representa un proyecto caudillista sino la oportunidad de comprender que otro mundo es posible y que los derechos humanos no están sujetos a un referéndum como lo propone López Obrador.

Redimensionemos el poder de la palabra que tenemos en nuestra comunidad. No tengamos miedo a hablar y a expresar nuestras ideas sobre los problemas que afectan a nuestra comunidad. En un país donde la corrupción mata, el silencio ciudadano es su peor cómplice.

El autor es politólogo por el Tecnológico de Monterrey y candidato de la Maestría en Ciencia Política y Política Pública de la Universidad de Guelph.

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.