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Monterrey

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OPINIÓN. En los próximos meses será muy interesante observar el comportamiento del gasto público federal, para ver hasta qué punto se repiten las tendencias observadas en el pasado.

OPINIÓN ACADÉMICA UANLCesáreo Gámez
05/01/2018
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El 2018 será un año de elecciones presidenciales en México, lo cual seguramente tendrá efectos importantes en el comportamiento de la economía. Tradicionalmente se ha observado que la economía mexicana registra crecimientos superiores al promedio en los años electorales, impulsada principalmente por el gasto público y los sectores orientados al mercado interno.

Sin embrago, este crecimiento mucha veces conduce a una desaceleración en el año siguiente, lo que es conocido como la “maldición del primer año”.

El comportamiento de la economía ligado al ciclo político electoral no es exclusivo de México, sino que se manifiesta en muchos otros países, y tiene su explicación teórica en el modelo del ciclo político económico (political business cycle), desarrollado originalmente por el economista norteamericano William Nordhaus.

La lógica de este modelo es muy simple. Parte del hecho de que la situación de la economía influye en el comportamiento de los electores. Si la economía está bien, los ciudadanos tienden a premiar al partido en el poder votando por él, mientras que si la economía se encuentra en mal estado , los ciudadanos tienden a castigarlo, votando por la oposición.
Si esto es así, y los gobernantes lo saben, o lo intuyen, tienden a “mejorar”, aunque sea de manera artificial y transitoria, las condiciones económicas en los años electorales. Muchas veces esta mejoría trae consigo desajustes que tienen que ser corregidos por la administración entrante, lo que da lugar al ciclo político económico.

Este fenómeno ha sido documentado por estudios académicos en numerosos países, como Chile, Colombia, Argentina, Ecuador, Rusia, Turquía, La India, Portugal, entre otros.

Uno de los instrumentos más efectivos para lograr esta mejoría en el corto plazo es el manejo del gasto público y, en general, los instrumentos de política fiscal, lo que ha dado lugar a una variante de la teoría tradicional, el ciclo político presupuestal (political budget cycle).

El ciclo político presupuestal establece que el principal vehículo para estimular la economía e influir en el electorado es el aumento del gasto público, en especial el llamado “gasto visible”, el que es directamente perceptible a los ojos de los ciudadanos

El autor de esta columna ha estudiado extensivamente este fenómeno en México, y sus principales resultados serán publicados en un libro de próxima aparición.

En el periodo 1994- 2013, en el cual han tenido lugar cuatro elecciones presidenciales (1994, 2000. 2006 y 2012) se puede observar que en el último año de cada administración presidencial el gasto público total ha tenido tasas de crecimiento en términos reales de 10 por ciento, muy superiores al promedio general del periodo estudiado (3.2 por ciento).
Este crecimiento ha sido superior en los dos primeros trimestres del año electoral, justamente los anteriores a los comicios, con crecimientos de 15.9 y 11.6 por ciento en promedio, respectivamente.

Este patrón ha sido mucho más pronunciado en el renglón de gasto de capital, que incluye infraestructura y obras públicas, con tasas de 53.1, 39.7 y 30.8 por ciento, respectivamente, en los tres primeros trimestres del año electoral. El gasto de capital es el prototipo del gasto visible, ya que incluye obras directamente perceptibles por el electorado.

En los próximos meses será muy interesante observar el comportamiento del gasto público federal, para ver hasta qué punto se repiten las tendencias observadas en el pasado.

El aumento del gasto se transmite al resto de la economía a través del llamado “efecto multiplicador”. Continuaremos con el análisis del ciclo político en la actividad económica en una próxima entrega.

Y el Bronco se fue
En el plano local, lo más relevante de este año es la licencia concedida al gobernador electo, Jaime Rodríguez Calderón, para ausentarse del cargo y contender por la Presidencia de la República como candidato independiente.

En los primeros meses de su mandato, la actuación del gobernador puede calificarse de decepcionante: errores administrativos, promesas incumplidas, nulos resultados en el combate a la corrupción, incremento galopante en la inseguridad y, muchas veces, el uso de lenguaje soez e inadecuado para un primer mandatario de la entidad.

Esperemos a ver cómo le va en esta aventura presidencialista y cuáles serán las consecuencias para Nuevo León.

El autor es economista de la UANL, con Doctorado en la Escuela de Graduados de Administración y Dirección de Empresas (EGADE) del ITESM. Es profesor de la Facultad de Economía de la UANL y miembro del SNI-Conacyt.

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Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.