Monterrey

A propósito de Ted Cruz y la "Casablanca"

OPINIÓN. Los medios de comunicación cambian, pero los políticos ni de aquí ni de allá cambian en su afán de servir al país.
DESDE
TEXAS...

JAVIER 
AMIEVA
25 julio 2016 10:50 Última actualización 25 julio 2016 11:12
Residencia presidencial de Turquía.

Residencia presidencial de Turquía.

Cuando era estudiante de derecho en la UNAM, antes de mi carrera profesional en el exterior en 1980, el entonces catedrático y ministro de la suprema corte de justicia de México, Fernando Castellanos Tena, nos narró una anécdota que esta semana me vino a la memoria y que le comparto para su solaz inicio de semana.

La anécdota se refería a un político y cliente de un abogado que tenía un litigio por una demanda -un tanto cuanto cuestionable-, sobre unas tierras que él se quería apropiar. El caso es que en su calidad de político - a quien le llamaremos Don Enrique para salvaguardar su identidad y con acceso a información privilegiada en la primera mitad del siglo XX –no existía entonces internet, ni teléfonos celulares, la información fluía lenta y elitistamente y el medio más rápido de comunicación a distancia entre muchas poblaciones de México era el “telegrama”, ni siquiera la telefonía había llegado a muchas poblaciones-; como les decía era el caso que el político se posesionó de tierras que eran de la nación y reclamó ante los tribunales, –mediante un juicio denominado prescripción positiva-, que otorga en México el derecho de volverse propietario legal y reconocido de tierras, aun cuando nos hayamos apropiado de ellas en forma ilícita o de mala fe con el solo transcurso del tiempo. Bastara con mantener la posesión de las tierras o bien raíz por 10 años y demostrar que se poseían en calidad de dueño, en forma pacífica y con algunas otras consideraciones legales.

En fin, el político sabía que las tierras eran de la nación y que mediante un artilugio que el propio político sabía había cometido mediante ilegalidades, echando a funcionar el aparato político para apropiarse al final “legalmente” de esa extensión de tierras. El abogado contratado –al cual llamaremos simplemente González, para cumplir con las nuevas leyes de protección a datos personales e identidad-, era el mejor, a decir del político que fuese electo, no por su prosapia académica, sino por sus artes maquiavélicas.

Estando de viaje en Veracruz, el político en cuestión recibió hasta las puertas mismas de “La Parroquia”, mientras endulzaba su café y discutía acaloradamente y entremezclando asuntos de política y faldas, un “Telegrama Urgente” que uno de sus empleados le trajo en mano el cual provenía de la Capital y había sido enviado por González, el abogado. Con la calma y parsimonia propia de un Político que se dice respetable y acorde con la vida provincial de entonces, se caló las gafas y Don Enrique leyó en voz alta el telegrama, -pues no sabía hacerlo de otra manera: “Don Enrique, al fin después de larga espera y pruebas sustanciadas, Suprema Corte falla otorgando propiedad al usucapio, demostrando en Mexico la Justicia se otorga al de la razón”.
Respetuosamente, González, firmaba al calce el abogado.

Un poco le temblaron las manos a Don Enrique y se puso colorado, dicen los que estaban en la mesa, se volvió a ajustar las gafas – que es el nombre antiguo para designar los lentes y que va acorde con el tono de mi relato-, y le dijo al mensajero: “Por favor corra a la oficina de Telégrafos, la que está en la estación del ferrocarril para que el Telegrama llegue más rápido, y conteste a González solo unas palabras, -ya que entonces los telegramas se cobraban por el número de palabras enviadas-, “APELE INMEDIATAMENTE SENTENCIA”.

Así fue, estimado lector como el político sabedor en su fuero interno del delito que había cometido y que aprovechándose de las leyes y de las circunstancias, no solo se había apropiado de algo ajeno que nos pertenecía a todos, lo había hecho de mala fe, pero además en base a su poco e entendimiento ya no digamos de la filosofía jurídica sino del simple uso del lenguaje, confundido, daba instrucciones equivocas en respuesta a lo que su abogado González elegantemente le comunicaba habían ganado.

Estimado lector, no me mal entienda, el político lo mismo podía llamarse Enrique que Jaime que Carlos solo le traigo el mensaje que nos demuestra que los medios de comunicación cambian, pero los políticos ni de aquí ni de allá cambian en su afán de servir al país. ¿Usted qué piensa?

* El autor es analista político en Texas, y experto en temas de la frontera México-EstadosUnidos.

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.