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Un volcán falso frenaría el cambio climático, pero...

Replicar los efectos de un volcán con gotitas de ácido sulfúrico en la estratosfera podría frenar a muy bajo costo el calentamiento terrestre, señala un académico de Harvard; pero daría un ‘pase libre’ para seguir contaminando, según sus detractores.
Bloomberg
30 noviembre 2015 18:26 Última actualización 30 noviembre 2015 18:28
Volcán Calbuco al sur de Chile se encuentra en etapa de erupción. (Tomada de Twitter)

Volcán Calbuco al sur de Chile se encuentra en etapa de erupción. (Tomada de Twitter)

Hay una manera rápida, barata, sucia y controvertida de combatir el calentamiento global que no figura en la agenda de la Cumbre del Clima de París: replicar el efecto de enfriamiento planetario que causa una erupción volcánica.

Cuando el Monte Pinatubo hizo erupción en Filipinas en 1991, sus emisiones invirtieron brevemente gran parte del calentamiento global que se había producido desde el inicio de la Revolución Industrial. La idea es imitar al Pinatubo empleando una flota de aviones modificados para inyectar gotitas de ácido sulfúrico en la estratosfera, donde se combinarían con vapor de agua para formar finas partículas de sulfato que reflejan la luz del sol lejos de la Tierra.

Los científicos estiman que unos pocos gramos de sulfato bastarían para contrarrestar el efecto de calentamiento de una tonelada de dióxido de carbono. ¿El costo de esta protección planetaria? Tal vez el 0.01 por ciento del PIB mundial anual, prácticamente nada. El costo de impedir el calentamiento en todo el planeta no superaría, por década, los 6 mil millones de dólares que el gobierno italiano está gastando para proteger a Venecia del aumento del nivel del mar. Ese es el cálculo que ofrece David Keith, una figura prominente en el debate sobre la llamada geoingeniería y profesor de física aplicada en la Universidad de Harvard.


Naturalmente, hay varios inconvenientes. El parasol no haría más que encubrir la creciente concentración de gases de efecto invernadero, sería como perfumar a un zorrillo. Añade un contaminante para contrarrestar otro; podría revertir los avances en la recuperación de la capa de ozono desgarrando las moléculas de ozono; las partículas de sulfato al caer del cielo podrían causar muertes por contaminación del aire; los arrecifes de coral quedarían expuestos a la mortal decoloración porque no resolvería la acidificación del océano. Incluso podría llegar a ser motivo de guerra si un país declara haber sido perjudicado por la ingeniería climática de otro. El mismo Keith concede que se trata de una "solución técnica brutalmente fea".

Pero la mayor preocupación de los críticos es que la medida sea percibida como un pase gratuito para seguir contaminando. Si detener el calentamiento global es tan sencillo como enviar una flota de aviones a la estratosfera cargados con ácido sulfúrico, la débil presión para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero podría ser aún más débil. Es por eso que la propuesta no apareció en la agenda de la cumbre de París, donde se han dado cita más de 190 países.

Esto deja a la humanidad en un extraño lugar. Una técnica eficaz pero imperfecta para detener el calentamiento global es relegada mientras los negociadores tratan de solucionar el problema de la manera correcta, a través de la reducción de emisiones. Entre tanto, las temperaturas siguen subiendo. Como el filósofo Voltaire podría haber recordado a la ONU: lo perfecto es enemigo de lo bueno.

Keith sugiere implementar esta opción pronto, como complemento y no sustituto para la reducción de emisiones y otras medidas convencionales. Dice que su plan podría instrumentarse gradualmente, en 2020 si las autoridades aprobaran ya los ensayos (cosa que no harán) y si las pruebas fueran exitosas. Pero tampoco está aferrado al ácido sulfúrico, la liberación de diminutas partículas de diamante o de óxido de aluminio también podría funcionar, sólo que sería un poco más caro y probablemente evitaría los efectos en la salud y el daño a la capa de ozono, según un artículo que él y otros científicos de Harvard publicaron en la revista Atmospheric Chemistry and Physics. La desventaja es que se sabe menos sobre ese enfoque.

La lucha por la geoingeniería es tanto un choque de visiones del mundo como una disputa sobre las complejidades del manejo de la radiación solar. La derecha no considera el calentamiento global como un problema, mientras que la izquierda condena las soluciones rápidas. Keith intenta navegar entre los dos bandos.

Pero Alan Robock, climatólogo de la Universidad de Rutgers, es muy escéptico de lo que considera una manipulación a escala planetaria. Las numerosas desventajas que le ve a la geoingeniería van desde lo vital ("¿qué mano mueve el termostato?") al ojo del espectador ("afecta la observación de estrellas").

Extrañamente, Keith y Robock escribieron un documento juntos el año pasado con otros autores y están de acuerdo en gran parte de la ciencia básica, pero disienten en la forma de sopesar los costos y beneficios.

Sin señalar a Robock, Keith arguye que muchos científicos están exagerando los riesgos porque no confían en los gobiernos del mundo para manejar un instrumento tan poderoso. "Comparto su preocupación, pero creo en la democracia", dice Keith. "No creo que las sociedades científicas secretas deban tomar las decisiones." Con todo, ninguna organización internacional tiene un mandato directo para abordar el espectro entero de las posibles actividades de la geoingeniería, advierte un informe de 2013 del Congressional Research Service estadounidense.

"El mundo no ha hecho nada por el cambio climático, nada. Y no creo que hagan algo en el futuro", apunta Nathan Myhrvold, cofundador y director ejecutivo de Intellectual Ventures, la empresa de investigación tecnológica y de patentes. "Entonces, ¿cuál es el plan B? Tal vez armen un Plan A mañana, pero creemos que debemos pensar en el Plan B."