Enfoques

Un Rothko, un millonario y un 'dealer'

La disputa entre Dmitry Rybolovlev y su ‘dealer’ de arte es uno de los mayores casos de presunto fraude. Actualmente la obra está bajo el resguardo de las autoridades de Singapur.
Bloomberg
05 mayo 2015 0:50 Última actualización 05 mayo 2015 5:0
Rybolovlev acordó pagar 140 millones de euros por “Número 6”, lo que marcaría un récord para un Rothko, mientras que Bouvier lo adquirió por casi 80 millones de euros menos. (Especial)

Rybolovlev acordó pagar 140 millones de euros por “Número 6”, lo que marcaría un récord para un Rothko, mientras que Bouvier lo adquirió por casi 80 millones de euros menos. (Especial)

Una mañana de febrero, Yves Bouvier, un comerciante de arte suizo, voló a Niza y condujo a lo largo de la Costa Azul a Mónaco para reunirse con su principal cliente: el multimillonario ruso Dmitry Rybolovlev. Estaba por cerrar el pago final de “Número 6 (violeta, verde y rojo)”, de Mark Rothko, que Rybolovlev había acordado comprar por 140 millones de euros en agosto.

Bouvier, de 51 años, entró al vestíbulo de la mansión y, asumiendo que el negocio iba como siempre, se acercó un hombre que creía que era uno de los guardaespaldas. Estaba equivocado, publicará Bloomberg Markets en su edición de junio. El hombre resultó ser uno de los ocho policías de Mónaco que estaban allí para arrestarlo. Seis semanas antes, su cliente había presentado una denuncia por fraude, alegando un engaño sobre los precios de las obras.

La disputa se ha convertido en uno de los mayores casos de presunto fraude en el mercado del arte, enfrentando a uno de los hombres más ricos de Rusia contra un poco conocido ‘dealer’ de arte suizo. Rybolovlev, de 48 años, invirtió más de dos mil millones de dólares en la compra de casi 40 obras de arte a través de Bouvier, con lo que amasó una colección de ensueño que incluye piezas de Picasso, Da Vinci, Rothko, Gauguin, Matisse y Rodin.

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Dmitry Rybolovlev (Bloomberg)


Bouvier es propietario de una empresa de transporte de arte y una red de puertos francos, almacenes donde los megaricos pueden guardar pinturas, vino y antigüedades sin pagar impuestos. En los últimos cinco años, ha exportado el concepto de puerto franco de Ginebra a Singapur y Luxemburgo. Todo el tiempo, operando por debajo del radar, se ha convertido silenciosamente en uno de los mayores comerciantes de arte en el negocio.

Después de tres días de interrogatorio, las autoridades de Mónaco acusaron a Bouvier de fraude y complicidad en el lavado de dinero, y lo dejaron en libertad tras fijar una fianza de 10 millones de euros. Si es declarado culpable, podría enfrentar hasta cinco años de prisión por fraude y 10 años por complicidad en el lavado de dinero. Él niega los cargos.

El caso ha destapado un área opaca del mercado del arte: las ventas privadas, en las que las obras más deseadas cambian de manos a través de distribuidores bien conectados, evitando una guerra pública de ofertas. Del récord de ventas de arte del año pasado (51 mil millones de euros), 52 por ciento de las transacciones fueron ofertas privadas, señala Clare McAndrew, fundadora de la firma de análisis y consultora Art Economics.

En esta arena, los multimillonarios a menudo hacen sus ofertas unos contra otros sin ni siquiera saberlo, con frecuencia a través de compañías ubicadas en paraísos fiscales. En lugar de presumir sus obras en las paredes de sus villas, los inversores las guardan cada vez más en puertos francos, donde se mantienen libres de impuestos antes de ser vendidas… nuevamente.

El valor de una obra es a menudo difícil de evaluar, determinado sobre todo por lo que un comprador está dispuesto a pagar. Los 140 millones de euros por “Número 6” fue un récord para Rothko, cuyos grandes lienzos se han disparado en valor. En febrero, Museos de Qatar, según numerosos informes, compraron “¿Cuándo te casarás?”, de Paul Gauguin, por 300 millones de dólares, el precio más alto jamás pagado por una obra de arte. Museos de Qatar no respondió a las llamadas en busca de comentarios para este reportaje.

Rybolovlev consideraba a Bouvier su bróker, señaló Tetiana Bersheda, abogada del magnate. “Él nos hizo creer que estábamos adquiriendo las pinturas directamente de los propietarios y que le estábamos pagando una comisión”, explicó. “En realidad, cobraba el precio más alto a mi cliente mientras nos hacía creer que era el precio más bajo que podía obtener de parte del vendedor”.

Bouvier alega que nunca tuvo ningún contrato formal con Rybolovlev y que era un vendedor, no un bróker. “Eligió pagar esos precios”, dijo durante una entrevista de dos horas en la oficina de su abogado en Ginebra en marzo. “Él no es un hombre ingenuo; sabe muy bien cómo funciona el mercado con ese tipo de obras maestras”.

La relación podría haber continuado, pero un encuentro casual en la isla caribeña de St. Barts en la víspera de Año Nuevo fue el inicio del fin. Rybolovlev almorzaba en un restaurante con vista a las aguas turquesas de la bahía de San Juan, cuando un amigo le presentó a Sandy Heller, asesor de arte del administrador de fondos y destacado coleccionista Steven A. Cohen.

ventas globales de arte en 2014

Comenzaron a hablar sobre el mercado del arte, según personas familiarizadas con la conversación, cuando la charla se centró en “Desnudo echado sobre un cojín azul”, de Amedeo Modigliani, que Cohen había vendido en 2012 a un comprador misterioso. Con el permiso de Cohen, Heller reveló que había vendido la pieza en 93.5 millones de dólares.

Rybolovlev estaba en shock, según testimonios. Él había pagado 118 millones de dólares por la pintura en un acuerdo arreglado por Bouvier, a quien consideraba un asesor de confianza. Después, Heller revisó la colección de Rybolovlev y determinó que con diversas piezas se pagaron precios por encima del mercado.

Menos de dos semanas después de reunirse Heller, Rybolovlev presentó la denuncia por fraude en Mónaco, donde se había reunido con el comerciante suizo al menos cinco veces para negociar precios.

En marzo, a instancias del multimillonario ruso, el Tribunal Superior de Singapur, donde Bouvier reside, congeló 500 millones de dólares en activos a la espera del resultado de la investigación en Mónaco. Tres semanas más tarde, el tribunal ordenó a Rybolovlev depositar 20 millones de dólares por daños en caso de que Bouvier triunfe en el caso.

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Dmitry (Bloomberg)


La relación con Rybolovlev comenzó a finales de 2011, cuando comenzó la negociación por la compra de “Desnudo echado sobre un cojín azul”, de Modigliani. El 23 de diciembre, Bouvier envió un correo electrónico a Mikhail Sazonov, un asesor financiero del ruso, según la denuncia en Mónaco. El propietario de una "pintura muy importante" podría ponerla en el mercado, escribió. "Por razones financieras y fiscales, creo que va a vender”.

El propietario era Cohen, que había consignado la venta de la pintura al ahora difunto comerciante de arte de Nueva York Giraud Pissarro Segalot, quien la vendió a Bouvier por 93.5 millones de dólares, más una comisión de alrededor de 2.5 millones, según una declaración jurada presentada por Sazonov en Singapur. En enero de 2012, MEI Invest, empresa de Bouvier con sede en Hong Kong, presentó una factura por 118 millones de dólares por el acuerdo con Rybolovlev.

A principios de 2013, Bouvier dijo a Sazonov que “Salvator Mundi”, un magistral óleo sobre madera de Leonardo da Vinci recientemente descubierto, estaba en venta. En mayo de ese año, un fideicomiso de Rybolovlev acordó pagar 127.5 millones por la obra. Rybolovlev luego cuestionó el precio después de leer un artículo del New York Times, que citaba de forma anónima a otros ‘dealers’, que señalaban que la pieza había sido vendida por un consorcio en entre 75 y 80 millones de dólares, según la denuncia en Mónaco.

En el verano de 2014, Bouvier presentó a Rybolovlev la oportunidad de comprar una obra de uno de los más importantes artistas de la posguerra de Estados Unidos: Mark Rothko. Christie había subastado su “Naranja, rojo, amarillo” por un récord de 87 millones de dólares en 2012. Bouvier había encontrado un coleccionista privado que quería vender “Número 6”, una de las obras más famosas del impresionista abstracto.

Después de un estira y afloja, los dos hombres acordaron el precio en 140 millones de euros, lo que la convierte en una de las obras más caras jamás vendidas. Rybolovlev acordó vender una escultura Tête de Modigliani, que había comprado a través de Bouvier en 2012, por 60 millones de euros como pago parcial por el Rothko. "Convencí al vendedor de la importancia de Tête de Modigliani, y está de acuerdo en tomarla por 60 millones de euros", escribió Bouvier a Sazonov el 4 de agosto de 2014, según la denuncia.

La propietaria del Rothko era Cherise Moueix, la esposa de Cristiano Moueix, un enólogo francés que supervisa Château Pétrus. Bouvier dijo al fiscal de Mónaco que compró el Rothko de Moueix través de un intermediario por 80 millones de dólares, más una comisión no especificada, alrededor de 80 millones de euros menos de lo que el ruso se comprometió a pagar en aquel momento.

Mientras tanto, el tribunal de Singapur ha puesto “Número 6” bajo resguardo judicial; su localización exacta no ha sido revelada. Bouvier dice que Rybolovlev todavía le debe cerca de 40 millones de dólares por la pintura, según el precio acordado inicialmente y los pagos hechos hasta el momento. Rybolovlev se niega a pagarlos, argumentando que ya ha desembolsado más de los 80 millones de dólares que Bouvier pagó.

El ‘dealer’ responde que nadie obligó a Rybolovlev a pagar esos precios. "No importa el precio, lo quería y estaba dispuesto a pagar el precio acordado", dice. 

Ese Rothko es la pintura más bella del mundo. Todo el mundo quería comprar esa pieza