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Sobrevivientes del tsunami: la vida 10 años después

A diez años del tsunami en Sumatra, dejó a familias que nunca podrán reconstruirse ni olvidarán el trauma que vivieron, pero los sobrevivientes en las costas devastadas de Tailandia, India, Sri Lanka e Indonesia muestran cómo se han transformado sus vidas.
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22 diciembre 2014 15:21 Última actualización 24 diciembre 2014 8:23
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Tsunami Asia

Tsunami (Bloomberg)

A diez años de que su mundo quedara destruido por el tsunami del Océano Índico, un indonesio que solía vender pescado a los turistas ahora dirige, junto con su hermano menor, un próspero negocio en las playas de Aceh.

Erwan y Ichsan Jamaluddin invirtieron la ayuda monetaria y los ingresos de trabajos eventuales para reconstruir sus vidas después de perder a sus padres y dos hermanas en el devastador maremoto del 26 de diciembre de 2004. Ahora reparan y alquilan tablas de surf en la playa Lampuuk, y ganan entre 250 y 300 dólares al mes durante la temporada alta, mucho más de lo que jamás habían ganado.

“La vida es mucho más fácil ahora”, dice Erwan Jamaluddin, de 34 años, al interior de su negocio en un local de madera. “He recuperado la alegría de vivir”.

El tsunami desencadenado hace una década por un terremoto submarino de magnitud 9.1 frente a la costa de Sumatra fue el desastre natural más mortífero del siglo, cobrándose más de 220 mil vidas y dejando a más de 1.5 millones de personas sin hogar. Olas de hasta 15 metros arrasaron con poblados a lo largo de más de una docena de países, destruyendo los bienes y los medios de subsistencia de la gente.

Aun cuando las familias nunca podrán reconstruirse ni el trauma podrá olvidarse, las entrevistas con los sobrevivientes en las costas devastadas de Tailandia, India, Sri Lanka e Indonesia muestran cómo se han transformado sus vidas.

Las personas desplazadas que por meses sufrieron la falta de trabajo y habitaban tiendas de campaña o chozuelas vieron una mejora en su nivel de vida en los años siguientes.

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LUTO MUNDIAL

Las imágenes de la brutal devastación atizaron las donaciones de personas de todas partes del mundo. El dolor era compartido desde Suecia a Australia, entre decenas de países que perdieron ciudadanos en las turísticas playas de Tailandia, Maldivas y Sri Lanka. Las zonas afectadas recibieron cerca de 14 mil millones de dólares de gobiernos, organismos y donantes individuales, dinero que permitió construir decenas de miles de viviendas, a menudo mejor construidas que antes, en los pueblos y ciudades que habían sido arrasados.

La mitad de la ayuda se destinó a Aceh, el primer sitio que sufrió el embiste del sismo más potente en 40 años. La fuerza del movimiento telúrico en el fondo oceánico desplazó una gigantesca masa de agua, desatando olas que se extendían a través del mar a la velocidad de un avión antes de estrellarse en la orilla. Más de 600 mil casas quedaron destruidas y tres mil 400 escuelas dañadas, junto con docenas de puentes y 22 puertos en la región de Aceh y la vecina isla de Nias.

La economía de Aceh, que hasta entonces había crecido más rápido que el resto de la nación indonesia, se contrajo durante cuatro de los siguientes cinco años. Pero desde 2010 ha crecido por encima del 2.7 por ciento anual, cosechando los beneficios de un acuerdo de paz suscrito en 2005 entre los separatistas y el gobierno a raíz de la tragedia.

Tsnami

FUERTE ZUMBIDO

Gran parte de la infraestructura fue restaurada en un lapso de cuatro años, de acuerdo con Kuntoro Mangkusubroto, titular de la agencia de reconstrucción y rehabilitación de Aceh y Nias tras el tsunami.

“Todo lo que estaba previsto edificar ya se ha construido: casas, carreteras, puentes, aeropuertos, puertos, escuelas, centros médicos comunitarios. Muchos indicadores de bienestar están mejorando”.
Sólo los recuerdos no mejoran. Treinta minutos después de que lo despertara la sacudida de su casa aquel aciago día hace una década, Erwan, entonces de 24 años, escuchó un fuerte zumbido.

“El agua está subiendo”, alertó su tío. El mar estaba a un kilómetro de la casa de Erwan en Lampuuk, en la isla de Sumatra, pero aun así el joven corrió hacia el pueblo de al lado, junto a su madre y dos hermanas. No fue lo bastante rápido, un muro de agua negra como el asfalto se lo tragó. Erwan pensó que iba a morir. Nadó furiosamente para alcanzar la superficie, donde flotaba una cama, se aferró a ella y flotó dos kilómetros hasta el pueblo de Lhamlom. Sus padres y hermanas no tuvieron tanta suerte.

AISLADOS

Un día después, mientras Erwan caminaba sobre un sinfín de cadáveres, montones de escombros que alguna vez fueron casas y botes arrojados a la tierra, encontró a su hermano, Ichsan, que iba rumbo a casa tras huir a las montañas. Los hermanos, llorando, se abrazaron.

“Nos preguntamos uno a otro sobre nuestros padres, pero ninguno sabía nada”, relata Ichsan.

Durante días, dependieron de la bondad de la gente de los pueblos del interior para conseguir alimentos y agua. No había electricidad, estaban aislados, proliferaban las enfermedades.

“Tenía mi cartera, pero sin dinero”, rememora Erwan, quien dormía en una tienda de campaña a las afueras de la mezquita mientras que Ichsan se quedó en Lhamlom. “No tenía empleo”.

“Sólo pensábamos cómo seguir adelante”, recuerda Ichsan, ahora de 28 años, sentado en un banco junto a su hermano. “Nos quedamos sin padres, sin familia. ¿Cómo será nuestro futuro? La casa ya no existía”.