Enfoques

Sí se puede vivir y bien
más allá de los cien años

Nacieron en los años de la Revolución y tienen lucidez para contar su historia.Juntos suman 306 años y tienen más ánimos que muchos jóvenes de apenas 30
Rafael Montes
28 marzo 2014 0:43 Última actualización 28 marzo 2014 5:0
Francisco Hernández Miranda cuenta con 103 años.

Francisco Hernández Miranda cuenta con 103 años. (Eladio Ortiz)

DON FRANCISCO

Si hay un tema que le apasiona a don Francisco Hernández Miranda es la Guerra de los Cristeros. Puede hablar durante horas de ella. Porque a sus 103 años recuerda perfectamente que cuando tenía 16, sus primos y los conocidos de su pueblo se alistaron para combatir al ejército de Plutarco Elías Calles. “Mi papá cooperó con cien cartuchos”, asegura. La memoria no le falla, ni la vista. Sólo no escucha bien. El pasado 9 de marzo cumplió un año más de vida.

“Lo que acaba mucho es la tomadera; pero a mí, gracias a Dios, no me gustó esa cosa”, dice en su casa de Azcapotzalco, donde vive con su hija de 71 años. Ninguno aparenta su edad real. Se ven menores.

“Yo no quisiera vivir tantos años como él”, afirma Margarita. “Con que Dios me dé licencia para vivir hasta que él muera, con eso me conformo”, dice la mujer que se dedica al cuidado de su padre. Ella sabe que la hora de comida de don Francisco es tan precisa que para eso tiene un relojito junto a la tele, para que él vea qué hora es y coma. “Le encanta la leche” dice la señora.

Don Francisco Hernández nació en Villa de Colón, Querétaro, y la primera mitad de su vida la dedicó al campo. A sembrar alfalfa y ordeñar vacas. Pero los movimientos familiares lo trajeron a la ciudad en el año de 1951 y aquí se dedicó a ser cobrador de una mueblería.

A sus 50 años, don Panchito se subió a una bicicleta para recorrer la ciudad de entonces e ir a cobrar las deudas de los clientes. “No había tanto movimiento de carros, por eso andaba en bicicleta”.

Luego fue velador, chofer y responsable de un estacionamiento. Su vida parece interminable. Su historia lo es. Porque no sólo cuenta lo que él ha vivido, sino que además tiene la memoria intacta para narrar con detalle muchas anécdotas de cuando él era adolescente y veía a sus primos lanzarse a la Cristiada. También relata la historia que le contó su padre de cómo escapó de las filas de Victoriano Huerta o de cuando su abuelo se sumó al ejército del conservador Tomás Mejía, uno de los hombres que trajo a Maximiliano a México.

“Es un don natural que Dios me ha concedido”, dice el hombre, de boina y bufanda, que a pesar de su edad, sigue leyendo. Lee textos católicos e historia de México.

Don Francisco tuvo ocho hijos, 43 nietos, 59 bisnietos y ocho tataranietos. “Les hemos enseñado mucho el camino de la fe. Cuando son hijos de familia, inculcarles mucho eso”, asegura.

Don Panchito sabe que todo tiene un fin, que nada le falta hacer en su vida y él, fiel católico, no le teme al día en que todo acabe.

DOÑA ROSA

A sus 26 años de edad, Rosa Legorreta estuvo a punto de casarse, pero su padre no la dejó. Cuando Eulogio, uno de los varios novios que tuvo en su vida, le propuso matrimonio, su papá se la llevó de la ciudad de México a Tancítaro, Michoacán. “Me llevaron en la madrugada. Nunca más lo volví a ver, no sabía a dónde me llevaron ni yo sabía en dónde vivía”, dice la mujer que hoy tiene 101 años de edad.

Su voz casi se apaga, pero no su vida. A diferencia de los hombres, las mujeres presentan una ligera disminución de la funcionalidad de su organismo cuando ya rebasan los cien años, sin que sean enfermedades crónicas, dicen los expertos.

Aunque no tiene enfermedades, a doña Rosa, le duele la pierna izquierda. Ya casi no puede caminar. Los años se le acumularon en la espalda y luce encorvada. “Tengo un dolor que me baja hasta la rodilla y la pantorrilla y luego me duele la cabeza, como migraña”, dice sentada en su sillón en el que pasa gran parte del tiempo, con una almohada debajo de su brazo derecho para apoyarlo.

Sus sobrinos la asisten amorosamente desde hace seis años que llegó a la ciudad para atenderse. “Es que durante muchos años subió y bajó la cortina de su negocio ella sola”, explica uno de ellos con respecto a su brazo.

Rosa Legorreta, que en su piel blanca casi no hay arrugas, dedicó la mayor parte de su vida, hasta los 90 años, a una perfumería de su propiedad en Apatzingán, Michoacán. “Los agentes de tránsito iban a que les vendiera talco para sus pies”, recuerda. Ella aprendió a elaborar brillantinas, cremas, talcos y algunas medicinas. Y a eso se dedicó en su negocio propio, al que llamó “Rolema”, por Rosa Legorreta Magaña.

De ese negocio, la mujer eternamente soltera, que en las fotografías que guarda su familia se ve como una persona fuerte y decidida, pudo obtener los recursos necesarios para viajar a Europa, a sus 65 años, invitada por dos sacerdotes de la iglesia de su pueblo. Si pudiera caminar, no duda en que le gustaría regresar.

“Llegaba a la iglesia, a persignarme y pedir que me diera licencia de un día ir a Tierra Santa y así pasó que un día, cuando menos pensé, vi un letrero que decía ‘Viaje a Tierra Santa’. Dije ‘cuando cierre mi negocio, vengo a pedir informes’. Ya en la tarde fui a la oficina donde estaban dando el informe y me dijeron lo que costaba y decía ‘Viaje primero y pague después’”, platica ante la risa de sus sobrinos que la acompañan y la escuchan narrar su vida.

Y así se fue de viaje un mes. Primero llegó a París, a visitar los puntos más importantes, dice. Luego en Italia, pasó a El Vaticano a conocer al Papa Juan XXIII, y después llegó a Egipto, ella sola, en un grupo de turistas organizado desde la catedral de Apatzingán.

Como un chispazo de memoria en su mente, doña Rosa recuerda con una ligera sonrisa, que “íbamos dos personas en cada camello que doblaba las rodillas para que se subiera uno y luego, nos dejaban entrar a las pirámides”.

“Me cobraron 25 mil pesos. Cuando llegué, mi hermana me tenía guardados 30 mil pesos de las ventas de mi perfumería”, explica.
Doña Rosa es fan de la Pepsi. Para refrescar su garganta, su sobrina nieta le trae un vaso con refresco y ella, sorbe con el popote. Es su bebida favorita. “Se acostumbra uno, pero no siempre tomo, a la hora de la comida pido Pepsi o aguas de sabores”, confiesa.

Dice que en sus tiempos, la gente se alimentaba diferente. “Comíamos puras cosas naturales, verduras, frutas, carnes, leche recién ordeñada”, recuerda doña Rosa, a sus 101 años, quien caminaba todos los días en su juventud y adultez más de tres kilómetros para ir de su casa a su perfumería y viceversa.

Sin que la edad sea un impedimento para hacer bromas y regalar sonrisas, la señora Rosa, se despide jocosamente al final de esta entrevista. “¡Que les vaya bien, que lleguen a mi edad!”.

DON GUSTAVO

En su casa de la colonia San Jerónimo Lídice, se escucha el zapateo que viene de arriba. Tac…tac…tac. Son los pasos, lentos y pesados por los 101 años de edad, de Gustavo Mondragón. Viene solo, con el rostro lleno de épocas pasadas, materializadas en arrugas. Baja las escaleras agarrado del barandal.

Don Gustavo aún se viste solo y no necesita ayuda para caminar. Viste pulcramente un suéter azul a cuadros, un pantalón gris y zapatos negros bien boleados. Sólo cuando camina mucho, usa un bastón, porque el sentido que tiene más dañado es el oído. “A veces, pierdo el equilibrio”, confiesa.

Por lo demás, su salud es inmejorable. No padece ninguna enfermedad, ni ha ido a dar al hospital en muchos años. “Sólo he ido al hospital cuatro veces en mi vida: de pequeño, me operaron de apéndice; de joven, me arreglaron el tabique de la nariz y me sacaron una piedra del riñón, y de grande, me operaron de la próstata. Y ya”, dice el hombre que dedicó 25 años de su vida al gobierno y 45 años a la academia.

Si acaso, su vista ya no es igual. Lo que más extraña es leer. Pero nada más. Ni diabetes, ni cáncer, ni hipertensión.

Mondragón tampoco padece amnesia. Su memoria es infinita. Don Gustavo, Contador Público de profesión, recuerda claramente la fecha de su nacimiento, el 31 de agosto de 1912, y esa tarde del año de 1929 en que pidió, temeroso, a la que era su mejor amiga, en un café del Centro Histórico, que fuera su esposa.

“Éramos muy amigos. Yo era tremendamente pobre y nunca le decía nada, pero en la Escuela Bancaria me invitaron a dar clases y empecé a ganar dinero. Entonces la invité. Había un cafecito en las calles de Brasil y Santo Domingo, donde le hablé una tarde y le dije que me habían contratado. ‘Te invito a merendar, tengo que darte una noticia y quiero que me des tu opinión”.

Los jóvenes caminaron hasta que Gustavo se animó a hablar: “me ha pasado esto, creo que esto va a cambiar el curso de mi vida. Ya me siento con la capacidad de mantener una familia. Te pido humildemente que seas mi esposa. Y le dije: de todas maneras, si no soy el hombre de tu vida, yo estaré cerca de ti para ver que no vayas a caer en manos que no te merecen”.

Ella le contestó: “Pues eres un tonto Gustavo, porque yo también estoy enamorada”. Entonces, Gustavo Mondragón sonríe y deja ver que su dentadura sigue estando intacta y que Rosa María Oviedo y Oviedo le cambió la vida.

Duraron casados 60 años hasta que Mondragón la vio morir hace 17, cuando ella tenía 85 años. “Durante los últimos años de su vida le tuvimos que hacer nueve operaciones”. Asegura que fue feliz a su lado. Tuvieron 10 hijos y ahora tiene 29 nietos y 42 bisnietos.

El hombre de casi 102 años define la felicidad. “Es para mí ya tan relativa la felicidad… La felicidad se fundamenta en algo: comer bien, divertirse, enamorarse, pero a mi edad, eso ya no cuenta, me da lo mismo quedarme encerrado en mi casa que salir”.

Un sobrino suyo, que es médico, le ha dicho que como su cuerpo es tan sano, sólo morirá de cansancio. “Yo le dije un día ‘oye Manuel, ¿de qué iré a morir? Me dijo ‘tío, te vas a morir dormido’. Entonces cada vez que me acuesto, pienso ‘¿será ésta la última vez…?’ Como se supone que me voy a morir dormido… así que piense que tengo miedo, no”.

—¿Y qué piensa cuando despierta?
—En desayunar. Jajajaja.