Enfoques

Se buscan vaqueros de búfalos

El rodeo anual en Antelope Island, es una tradición en Utah que reúne a vaqueros experimentados y otros no tanto para perseguir a cientos de búfalos y llevarlos a los corrales, donde vacunan y alistan a unos 200 para venderlos.
Julie Turkewitz
06 noviembre 2015 15:52 Última actualización 07 noviembre 2015 5:0
Búfalos

Hay alrededor de 775 búfalos, lo que hace que sean una de las manadas, de propiedad pública, más antiguas y más grandes de Estados Unidos. (NYT)

ANTELOPE ISLAND, Utah  El cielo matutino se había puesto color de rosa y era el momento de ensillar, así es que Benedikt Preisler, de 59 años, caminó a zancadas por esta isla cubierta de hierba para usar las botas y el sombrero vaquero que había comprado el día anterior. “El atuendo”, dijo Preisler, un turista alemán parado en un mar de sombreros de 10 galones, “es necesario”.

Se trataba del rodeo anual en Antelope Island, una tradición en Utah que reúne a vaqueros experimentados y a neófitos ingenuos durante un fin de semana de romance del oeste. Los participantes acampan en esta isla, en el lago Great Salt y pasan un día a caballo persiguiendo a cientos de búfalos para llevarlos a los corrales, donde vacunan y alistan a unos 200 para venderlos. (Después, los animales que se subastan se convierten en hamburguesas, filetes y tasajo.)

La actividad atrae a rancheros locales que cargan arreadores bien usados, así como a empleados urbanos que trabajan en escritorios y ansían un respiro de la tiranía de la computadora. Para algunos, es la única oportunidad de interactuar con los búfalos, esos ungulados icónicos, peludos, que se mueven con rapidez, a los que es frecuente que se les llame búfalo americano y que otrora sumaban decenas de millones antes de que los diezmaran los primeros colonos.

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Búfalos

“Soy cirujano; es muy aburrido comparado con esto”, dijo Paul Olive, de 57 años, quien manejó más de 2 mil kilómetros desde Springfield, Misuri, para el acontecimiento. “Es una ráfaga de adrenalina estar sobre un caballo persiguiendo búfales silvestres. Porque puede ser muy peligroso”.

Antelope Island es una extensión accidentada, rodeada de sal, a justo una hora en coche de Salt Lake City, y la orilla oriental da al horizonte urbano titilante. Los bisontes de la isla son descendientes de 12 ejemplares, a los que pioneros transportaron en barco a la isla en 1893 porque buscaban proteger a unos cuantos animales amenazados _ y obtener una ganancia _ creando una reserva de caza para los acaudalados. Para 1926, costaba 300 dólares dispararle a uno de los animales; el equivalente a unos 4 mil dólares de hoy.

En la actualidad, son alrededor de 775 búfalos los que están en la isla, lo que hace que sean una de las manadas, de propiedad pública, más antiguas y más grandes de Estados Unidos. Y la isla es ahora un parque estatal lleno de criaturas nativas, incluido el berrendo.

Los guardabosques del parque empezaron con el rodeo y las subastas en 1986 para asegurarse de que los animales no infestaran a la isla. En una acción al estilo Tom Sawyer, los funcionarios publicitaron la tarea como un entretenimiento y empezaron a invitar al público para que ayudara.

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Búfalos

El rodeo se agregó a los folletos turísticos y la película de 1991, “City Slickers” _ estelarizada por Billy Crystal, como un neoyorquino que va al oeste _ ayudó a popularizar la idea de una vacación vaquera.

El rodeo de este año se llevó a cabo a finales de octubre. Parado en el campo bañado por el rocío, Preisler explicó que había llegado de Alemania en avión solo para el rodeo porque se enteró que se hacía durante un viaje de negocios a Utah el año pasado. Había rentado a su caballo, Joe.

Cerca, un jinete experimentado, de nombre Dean Holliday, de 83 años, dijo que había trabajado en esta actividad desde el principio y no vivía lejos de ahí.

“Un toque del viejo oeste”, dijo Holliday, quien llevaba a dos nietos con él. Uno, un fotógrafo profesional, rodeó la escena con un complicado equipo fotográfico, tratando a su abuelo _ con pañuelo y sombrero vaquero _ como si fuera la estrella de una épica del oeste.

“Uno de estos días, voy a colgar mis espuela”, añadió Holliday. “Y estos tipos van a seguir adelante”.

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Búfalos

Durante una breve orientación, los líderes del rodeo explicaron que el grupo flanquearía al conjunto cercano de bisontes y los perseguirían hacia el norte durante varios kilómetros. Los gritos y los chasquidos de los látigos eran medios de coerción apropiados. No se permitían armas de fuego, iPods, ni intentos de tocar a los animales.

Con un peso de hasta 900 kilogramos, los búfalos parecen osos, pero corren más como gacelas, alcanzando velocidades de casi 50 o hasta 65 kilómetros por hora y, en ocasiones, embisten contra los agitadores. A veces, acornean a los caballos.

“Estos animales son silvestres y no hacen exactamente lo que quieres que hagan”, comentó Chad Bywater, de 40 años, un participantes desde hace mucho, y luego explicó que los rodeos de ganado tienden a ser muchísimo más amansados.

Un equipo local de noticias alistó un dron para tomar un video y los aproximadamente 250 jinetes emprendieron la marcha por colinas empinadas y planicies de pasto amarillo, galopando detrás de los bisontes.

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En un momento, los búfalos se voltearon hacia los jinetes, obligándolos a retroceder. En otro, un búfalo se separó de la manada y se precipitó contra los turistas que veían a la orilla del camino. Los espectadores corrieron hacia sus camionetas, con los binoculares colgando detrás.

Para la una de la tarde, los jinetes ya tenían a los búfalos en los corrales y ponían los cerrojos en las puertas. Fue el rodeo más rápido que nadie pudiera recordar.

Tyra Canary, de 46 años, una analista de detección de fraudes en un suburbio cercano, calificó a la atracción como “terapia”. “Veo tu tarjeta de crédito durante ocho horas al día en busca de fraudes, cinco días a la semana”, dijo. “Es realmente bueno solo salir al sol”.

Los caballos bebían de un abrevadero. Hombres con chaparreras y bigotes retorcidos contaban las hazañas de la mañana y planeaban cómo pasar la noche al aire libre.

Preisler, el visitante alemán, desmontó y dijo que había sido un éxito. “Se debería hacer una vez en la vida”, dijo.

Una noche en una tienda de campaña, no obstante, no estaba en su itinerario. “No; Dios mío, no”, dijo y explicó que había optado por la comodidad de un hotel cercano.