Enfoques

“No tememos a la muerte, estamos habituados”

El tsunami arrebató la vida de huéspedes y empleados y redujo a escombros los complejos vacaciones de la zona; ahora y gracias a la ayuda, se duplicó la oferta de habitaciones. El turismo quedó devastado en Tailandia, donde más de ocho mil personas fueron reportadas como muertas o desaparecidas.
22 diciembre 2014 15:27 Última actualización 26 diciembre 2014 7:57
Tsunami

El tsunami arrebató la vida de huespédes y empleados que se encontraban en hoteles de la zona. (Reuters)

En diciembre de 2004, las 79 habitaciones del hotel Palm Andaman Beach Resort estaban llenas.

El tsunami arrebató la vida de huéspedes y empleados y redujo a escombros este complejo vacacional al sur del poblado de Ban Nam Khem, en Tailandia.

Su dueño, Yutthana Sanguannam, no sabe cuántas personas murieron porque se perdieron los registros.

Había dejado el hotel la noche de Navidad, aquel 25 de diciembre de 2004, para dirigirse a su casa en la provincia de Phuket, a unos 90 minutos en coche. Al día siguiente, cuando escuchó las noticias de las inundaciones en la costa, volvió enseguida. Al llegar a la cima de una colina y ver los hoteles cubiertos por las olas, tuvo un único pensamiento: “Desastre.”

El turismo quedó devastado en Tailandia, donde más de ocho mil personas fueron reportadas como muertas o desaparecidas.

En los siete meses posteriores a la tragedia el ejército edificó casas de cemento en Ban Nam Khem, en la severamente afectada provincia de Phang Nga. Los hoteles y la confianza de los turistas tardaron más tiempo en reconstruirse. La llegada de turistas cayó 72 por ciento en 2005, a 831 mil visitantes, de casi 3 millones el año anterior. Desde entonces ha aumentado progresivamente y tan sólo el turismo extranjero subió 60 por ciento el año pasado a 1.3 millones.

Prayoon Rattanasenee, gobernador de Phang Nga, dice que la economía de la región (dependiente del caucho, el aceite de palma y el turismo) tardó entre tres y cuatro años en recuperarse, a las personas les tomó algo más de tiempo superar el trauma.

El mandatario, confiado en el incremento del turismo, asegura que está buscando inversionistas para construir más hoteles en el tramo de 50 kilómetros de arena blanca. Uno de los que ya tiene es Yutthana.

SALDAR LA DEUDA

Luego de los primeros días dedicados a la búsqueda de sus seres queridos, empleados y clientes, los pensamientos de Yutthana se reenfocaron en la reconstrucción.

“En ese momento tenía un préstamo pendiente”, recordó. “Tenía una deuda que pagar”.

Recibió algo de dinero del fondo gubernamental para la recuperación del tsunami y contrató a un constructor para empezar a trabajar en las primeras 79 habitaciones del nuevo Ramada Khao Lak Resort. Inauguró el hotel en el mismo lugar en enero de 2007. Para 2011, la segunda fase estaba concluida con otras 37 habitaciones.

“Creo que este tipo de situación ocurrirá sólo una vez en tu vida, así que lo reconstruí. Lo hice más grande, con más calidad y mejor servicio”, dijo Yutthana, quien además tomó algunas medidas de seguridad: su nuevo complejo está construido en un estilo moderno con techos planos de manera que los huéspedes puedan usar para evacuar la zona en caso de que otra ola arremeta. También tiene su propio sistema de alarma de tsunami y rutas de evacuación claramente marcadas.

La playa de Khao Lak ahora tiene entre seis mil y seis mil 500 habitaciones, frente a las cuatro mil que ofrecía antes del tsunami. Los pobladores locales también se han recuperado. En Ban Nam Khem, Wanchai Chitcharoen, de 57 años, invirtió para renovar el nuevo hogar que le construyó el ejército, de manera que el salón de belleza de su mujer está al frente y su residencia en la parte posterior.

“Estoy muy orgulloso, en 10 años hemos logrado tanto”, cuenta sentado frente al inmueble color verde lima. “El tsunami fue una catástrofe. Ser testigo de ese horror y que tu comunidad se haya quedado sin nada, te enseña que nadie puede vivir solo. En cierto modo el tsunami nos convirtió en una comunidad más fuerte”.

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LA ESPERANZA DE UNA FAMILIA

Para muchos en todo el Océano Índico, reconstruir sus hogares fue más fácil que reparar las secuelas psicológicas de la pérdida de seres queridos. Thangamma Anbuselvam, de 37 años, perdió a su hija de 10 años y a su suegra cuando las aguas llegaron a Vailankanni, en el distrito de Nagapattinam, al sur de la India. La casa familiar desapareció.

Su marido se entregó al alcohol para lidiar con el dolor, malgastando el dinero de la ayuda mientras vivían en una tienda de campaña por tres años. Ya tienen una nueva morada a 800 metros del mar, pero el agua potable aún proviene de un grifo público que a veces se seca.

Sus esperanzas están depositadas en su hijo, Shiva, a quien encontró con rasguños y contusiones varias horas después del tsunami. Ella insistió en que fuera a la escuela y el niño ha convencido a su padre para que deje de beber y retome la pesca.

“Yo no quiero que mi hijo se dedique a nada relacionado con el mar, pero él sólo quiere trabajar en un barco”, dice Thangamma. “Dejaré que él decida lo que quiere hacer. De cierta forma no le tememos a la muerte. Estamos habituados a ella tras ver cadáveres por todas partes”.

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