Enfoques

Los humanos somos polvo de estrellas (literalmente)

La ciencia sigue mostrando cuán íntimamente está conectada la vida en la Tierra con los procesos extraterrestres. En particular, varios hallazgos recientes han arrojado mayor luz sobre los orígenes cósmicos de los ingredientes cardinales para la vida.
Ray Jayawardhana/ NYT
08 abril 2015 19:53 Última actualización 09 abril 2015 5:0
Enfoques. Los humanos somos polvo de estrellas (literalmente)

Casi todos los elementos de la tabla periódica se formaron de reacciones nucleares dentro de las estrellas. En la imagen, gases brillantes de una nebulosa tras la extinción de una estrella. (New York Times)

Joni Mitchell se anticipó a Carl Sagan. Su canción Woodstock de 1970 decía “we are stardust, billion-year-old carbon” (somos polvo de estrellas, carbono de mil millones de años). Tres años después Sagan escribiría que los seres humanos estaban hechos de “materia estelar” en su libro “La conexión cósmica”, un tema que más tarde transmitiría a un público mucho más amplio en su serie de televisión “Cosmos”.

Hoy, “polvo de estrellas” y “materia estelar” se han vuelto casi un cliché. Pero eso no hace que la realidad detrás de esas palabras sea menos profunda o mágica: El hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros huesos y el oxígeno que respiramos son los restos físicos -cenizas, si se quiere- de estrellas que murieron hace mucho tiempo.

Ese descubrimiento es relativamente reciente. Cuatro astrofísicos desarrollaron la idea en un histórico artículo publicado en 1957. Argumentaron que casi todos los elementos de la tabla periódica se formaron a lo largo del tiempo a través de reacciones nucleares dentro de las estrellas, y no en los primeros instantes del Big Bang, como se pensaba anteriormente. Los elementos de la vida, en otras palabras, aparecieron en lugares y tiempos un tanto más accesibles a las investigaciones telescópicas.

Dado que la mayoría de nosotros pasamos nuestras vidas confinados en una estrecha franja de la superficie de la Tierra, solemos pensar en el cosmos como un elevado reino empíreo muy lejos de nuestro alcance. Olvidamos que sólo una delgada capa de atmósfera nos separa del resto del universo.

Pero la ciencia sigue mostrando cuán íntimamente está conectada la vida en la Tierra con los procesos extraterrestres. En particular, varios hallazgos recientes han arrojado mayor luz sobre los orígenes cósmicos de los ingredientes cardinales para la vida.

Pensemos, por ejemplo, en el elemento fósforo. Es un componente crítico del ADN, así como de nuestras células, dientes y huesos. Los astrónomos siempre han batallado para rastrear su entrada en la historia cósmica, porque su huella del fósforo es difícil de discernir en las viejas estrellas frías en la periferia de nuestra galaxia. (Algunas de estas “cápsulas del tiempo” estelares contienen las cenizas de sus antepasados, la primera generación de estrellas que se formaron cerca del principio de los tiempos.)

Pero en un artículo publicado en diciembre en The Astrophysical Journal Letters, un equipo de investigadores reportó que había medido la abundancia de fósforo en 13 de estas estrellas, usando datos recogidos con el telescopio Hubble. Sus hallazgos subrayan el rol preponderante de las llamadas hipernovas (explosiones más potentes que las supernovas que explican la desaparición de las estrellas masivas) en la creación de los elementos esenciales para la vida.

En el reino celestial se produjeron más que simples átomos. La creciente evidencia sugiere que el espacio interestelar también fue donde los átomos se unieron para formar algunas moléculas relevantes para la vida. Un estudio publicado el pasado otoño en Science, por ejemplo, utilizó simulaciones por computadora para establecer la procedencia del agua terrestre. Su sorprendente veredicto: Hasta la mitad del agua de nuestro planeta es más antigua que el propio sistema solar. Las ancestrales moléculas de agua se agruparon en los fríos confines de una gigantesca nube de gas. Esa nube produjo nuestro sol y los planetas que orbitan a su alrededor, y de algún modo esas antiguas moléculas de agua sobrevivieron a los peligros del proceso de nacimiento planetario para terminar en nuestros océanos y, presumiblemente, en nuestros cuerpos.

Estas nubes interestelares pueden haber sido muy apropiadas para ‘cocinar’ una multitud de moléculas. En otoño, en otro estudio en Science, un grupo de astrónomos informó haber descubierto, en una región de formación estelar, una molécula basada en carbono con una estructura “ramificada”. La detección, escribieron, “es una buena señal” de la presencia en el espacio interestelar de aminoácidos, que tienen como característica una estructura ramificada.

Los astroquímicos están entusiasmados con este descubrimiento porque los aminoácidos, que ya se han encontrado en algunos meteoritos, forman la base de las proteínas. Mientras tanto, el mes pasado, científicos de la NASA lograron reproducir componentes clave del ADN en un experimento de laboratorio que simulaba el entorno espacial. Estos hallazgos plantean la posibilidad de que los bloques constitutivos de la vida se formaran en el espacio y se mezclaran en el material que formó la Tierra.

En medio de comodidades materiales e inclementes distracciones de la vida moderna, el universo puede parecer remoto, intangible e irrelevante, especialmente para quienes vivimos en una ciudad. Pero la próxima vez que mires la Vía Láctea en su verdadera gloria, desde un sitio lejos de las luces urbanas, piensa en las estrellas como fábricas nucleares y los nebulosos espacios sin estrellas como fábricas moleculares. No es difícil imaginar las incipientes semillas de la vida emergiendo en la distancia.