Enfoques

Diario de un médico: el ébola en primera persona

Douglas Lyon ha perdido el goce del contacto humano, salvo cuando se enfunda en su traje contra el ébola y cruza el umbral hacia un mundo de sufrimiento inimaginable, en el cual cuida baña y da esperanza a los enfermos. 
Bloomberg
09 octubre 2014 19:21 Última actualización 10 octubre 2014 5:0
En África Occidental se encuentra la primera línea de lucha contra el ébola; uno de los miembros de Médicos Sin Fronteras narra lo que ahí, viven día a día. (AP)

En África Occidental se encuentra la primera línea de lucha contra el ébola; uno de los miembros de Médicos Sin Fronteras narra lo que ahí, viven día a día. (AP)

Douglas Lyon cuenta con décadas de experiencia luchando contra la enfermedad y la desesperación en África, Asia y América Latina. El epidemiólogo de Oregon ha trabajado con Médicos Sin Fronteras, Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud y los Centros para el Control de Enfermedades de Estados Unidos.

Ahora, está en la primera línea de lucha contra el ébola en una clínica de Kailahun, Sierra Leona, una ciudad de unos 30 mil habitantes a unos 40 kilómetros de la frontera con Liberia y Guinea. En este extracto de su diario, Lyon habla de la delgada línea entre la vida y la muerte, las dificultades de atender a los pacientes cuando se está vestido como un “extraterrestre”, y cómo cambiar un pañal puede romper tu corazón.

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En el centro de tratamiento del ébola, las reglas para evitar el contacto no son negociables. Las misiones de Médicos Sin Fronteras normalmente son muy íntimas, los saludos son un apretón de manos, un abrazo o un beso en la mejilla, y siempre hay alguien que pasa su brazo por encima de alguien más o que ofrece su hombro para llorar. En MSF pasamos por muchas experiencias que son dignas de lágrimas.

Con el ébola, no hay contacto. Si alguien en el equipo se infecta, el resto de nosotros necesitamos sentir que estaremos bien bajo el razonamiento de "no lo he tocado; voy a estar a salvo".

También nos comprometimos a informar el más mínimo problema de salud. Un pequeño dolor de cabeza, molestias en el estómago, diarrea o una ligera fiebre pueden señalar el comienzo del periodo en el que una persona es capaz de transmitir la enfermedad. La regla de "no tocar" y el compromiso de compartir cualquier síntoma nos ayudan a mantenernos a salvo unos a otros.


LA EXCEPCIÓN…

Hay, sin embargo, un momento en que se puede tocar: justo antes de entrar en la zona de alto riesgo. En trajes de aislamiento con capuchas, máscaras, gafas, botas de goma y dos pares de guantes... podemos tocar. Se ve bastante extraño. Rígidamente nos damos nuestro abrazo para luego cruzar el umbral hacia un mundo de sufrimiento inimaginable, injusto e impredecible.

Allí, con nuestros trajes puestos, podemos tocar a los pacientes. A pesar de que es a través de varias capas de ropa, podemos sostenerlos, bañarlos y darles esperanza a través de nuestro toque humano.

La primera vez que entré en la zona de alto riesgo la temperatura se ubicaba entre los 27 y 32 grados Celsius con cerca de 100 por ciento de humedad. Entré con Jane, una enfermera estadounidense de más de 60 años quien fue voluntaria de los Cuerpos de Paz en Sierra Leona en los años 90; ella coordina las labores en el centro, lo que implica que asume roles como el de oficial de seguridad, director de orquesta, matrona de hospital y mamá.

Mientras me ponía mi traje, Jane inspeccionaba cada detalle con el rigor de un sargento. Sospecho que se preocupaba, al igual que una madre, por mi seguridad tanto por ese momento como por las cientos de veces que tendría que ponérmelo en el futuro.

COMO CUALQUIER OTRO LUGAR

Ese primer viaje se suponía que duraría 15 minutos para revisar los procedimientos y el diseño del campamento: desde las tiendas con los casos sospechosos hasta las que tienen a los pacientes más enfermos y altamente infecciosos, para luego pasar a la zona de convalecencia, donde los sobrevivientes se recuperan.

El área de sospechosos es para pacientes con síntomas leves y una historia de exposición a alguien diagnosticado con ébola. A excepción de las medidas sanitarias, se parece a cualquier otro lugar de África. Había algunas personas bastante alegres sentadas en sillas, como un empleado de un hospital local que escuchaba la radio y había presentado fiebre después del contacto con un enfermo.

Los niños más pequeños eran cuidados por los más grandes; sus bocas estaban llenas de galletas y tenían botellas de agua. Jugaban con una muñeca a la que le faltaba la cabeza.

Tres niños estaban sentados en pequeñas sillas. Dos parecía ser de unos cinco años de edad, el otro era un par de años más pequeño, todavía en pañales. Se suponía que iban a ser separados en sospechosos y probables, pero cuando un niño más grande de la carpa probable oyó al sospechoso llorando en su cuna, cruzó a buscarlo y lo trajo de vuelta a jugar.

Parecían niños de cualquier lugar, sólo querían divertirse. Así es como se empieza, primero están saludables y vibrantes. Luego viene una leve fiebre, como un resfriado o una gripe. Un par de días después están gravemente enfermos con fiebre, dolor y debilidad. Los más pequeños raramente sobreviven. Al verlos jugar, esperaba que fueran todos negativos o que al menos pudieran encontrar un amigo que cuidara de ellos.

Mientras caminábamos con nuestros enormes trajes de aislamiento, con botas y gafas protectoras, Jane, de la manera más natural como lo haría cualquier padre, se agachó para revisar el pañal del niño. Por supuesto, tenía que ser cambiado. Aunque todavía se trataba de sólo un caso sospechoso teníamos que llevar a cabo el mismo control que con la diarrea o vómito de un adulto altamente infectado.
Limpiarlo y cambiarlo fueron 15 minutos de cloro en aerosol, llanto, vueltas y llanto, y luego un pañal limpio; sólo dejó de llorar cuando se reunió de nuevo con sus amigos.

MIRADAS VACÍAS

Mientras pasábamos de las zonas de sospechosos y probables a la de los casos confirmados, las personas se tornaban más débiles e infecciosas. Muchos tenían la mirada vacía a causa de la desnutrición severa, algunos ya no podían sentarse y eran incapaces de alimentarse o beber por sí mismos. Revisamos a pocos pacientes que Jane tenía en su lista, luego nos trasladamos a la siguiente sala.

Allí, nos encontramos a Paulo. El brasileño es el médico con más experiencia sobre ébola en el centro. Estaba administrando diazepam por vía rectal a través de una jeringa a una niña de tres años de edad, después de varios minutos se produjo una menor rigidez en sus músculos y su respiración parecía más fluida. No tenía muchas oportunidades.

Jane indicó que habíamos estado demasiado tiempo para lo que iba a ser una orientación rápida. Yo estaba tan acalorado y cansado que tenía que concentrarme a cada paso. En la zona de descontaminación, nos cubrieron con una solución de cloro. Fue un gran alivio el sentir cómo se enfriaba un poco el traje.

Durante 10 minutos me quité pieza tras pieza del equipo de protección mientras me lavaba las manos con cloro entre cada paso. La última fase es retirarse las botas.

Yo había estado en mi traje por menos de una hora. Mis gafas se habían empañado y sentía el sudor que goteaba por mis brazos. Pensé en el día en que tal vez no tenga que ver esto, cuando haya una vacuna o un tratamiento, un día en que no tendremos que entrar y tratar de cuidar a la gente vestidos como extraterrestres en trajes espaciales.