Financial Times

Venezuela es el 'junior'
de América Latina

Otro punto de vista sobre Venezuela, dejando de lado las posturas ideológicas: el país sufre de una adicción al dinero proveniente del petróleo.
John Paul Rathbone
16 mayo 2014 23:7 Última actualización 18 mayo 2014 5:0
Aquí otro mural que ha sido pintado para recordar a Chávez que murió a los 58 aos el 5 de marzo de 2013. (AP)

Aquí otro mural que ha sido pintado para recordar a Chávez que murió a los 58 aos el 5 de marzo de 2013. (AP)

Caracas, adicta al dinero proveniente del petróleo, está gastando más de lo que tiene. 

Para muchos en el extranjero, y también para muchos dentro del país, Venezuela es exasperantemente difícil de entender. Para algunos, ha sido una utopía socialista; para otros, una dictadura. Pero ninguna de estas descripciones explica total o útilmente cómo un país con las mayores reservas de petróleo del mundo también sufre escasez de papel higiénico. He aquí otro punto de vista.

Dejando la ideología de lado, Venezuela es un “niño rico” desbocado: torpe, confundido, gastando más dinero del que tiene, adicto a los ingresos del petróleo pero que, a la vez, se niega a aceptar su adicción. ¿Absurdo? Si usted tuviera 3 mil millones de dólares en reservas petroleras en su cuenta bancaria personal, es posible que pudiera actuar de la misma manera.

Venezuela, al igual que muchos "Trustafarians" ("niños ricos" que viven un estilo de vida bohemio) disfuncionales, adolece de irrealidad. Siempre lo ha hecho. Durante la crisis del petróleo de la década de 1970, durante la cual los ingresos petroleros aumentaron milagrosamente, por un corto tiempo surgió el consumismo extremo y el sueño faraónico de una "Gran Venezuela".

La visión del fallecido Hugo Chávez de una "revolución bolivariana" panamericana representa tan sólo el delirio embriagador más reciente. (Según informes, Chávez dejaba una silla vacía en las reuniones del gabinete para que el fantasma de Simón Bolívar pudiera asistir a tales reuniones).

Sin embargo, Venezuela, al igual que todos los “niños ricos” mariguaneros, también tiene despertares sobrios periódicamente, sobre todo cuando sus fideicomisarios –el Fondo Monetario Internacional, por ejemplo– insisten en que es el momento de arreglar las cuentas, vender el auto deportivo y ser realista.

Éstos son momentos dolorosos para los adictos de todas partes que, si van a deshacerse de su adicción, requieren de una participación determinada en agotadoras sesiones de autorreflexión de 12 pasos (en la jerga, "planes de ajuste estructural"). Venezuela ha tenido dos de estos episodios: uno en 1989 y otro en 1996.

Pero sus duras realidades pueden empujar al adicto a dejar la sobriedad de lado y embarcarse en otro atracón. El día siguiente, por lo general, trae consigo aflicción, una sensación de desesperanza y pérdida de estatus, condiciones ideales para la trascendencia religiosa.

Para Venezuela ese momento del nuevo nacimiento se produjo después de la elección de Chávez en 1998, cuando formuló su credo de "socialismo del siglo XXI", una mezcla idiosincrática de ideología anacrónica, solidaridad regional y programas sociales. Esto también le permitió a Venezuela continuar con sus hábitos derrochadores, pero ahora con una renovada autojustificación. El aumento de los precios del petróleo sólo significó el aumento en valor del fondo fiduciario.

Chávez gastó a manos llenas. Dentro del país, redirigió los ingresos petroleros para beneficiar a los pobres –no por primera vez en la historia mayormente social demócrata de Venezuela, pero sí en una escala mucho más grande que en el pasado. Además, Chávez también compró amigos en el extranjero .

Hubieron cubanos oportunistas, que recibieron petróleo subsidiado a cambio de servicios médicos y de inteligencia que Venezuela no podía proporcionar (en La Habana, llama la atención el desprecio que muchos cubanos tienen por sus contrapartes venezolanos –por su incompetencia, su ineficacia, o por el simple hecho de ser gordos).

Hubieron también traficantes de armas rusas; chinos necesitados de energía, felices de prestar contra futuras entregas de petróleo (50 mil millones de dólares hasta la fecha); y algunos verdaderamente necesitados, tales como las naciones más pobres de la región.

Este patrocinio reconstruyó la autoestima venezolana y, sobre todo, el bienestar de sus pobres (además de servir como una valiosa herramienta de propaganda). También fue un retorno a los procedimientos del pasado –sólo que aún peor administrados, más derrochadores y corruptos que antes. Las instituciones debilitadas pueden resultar ser el más desafortunado legado de Chávez.

Pero la sensación de éxtasis se está desvaneciendo. La economía está contra las cuerdas. La inflación, en más del 57 por ciento, está erosionando las ganancias sociales. Minada por la falta de inversión, la industria petrolera ya no genera los ingresos que Venezuela necesita.

La vida política está violentamente polarizada, como lo demuestran los disturbios callejeros que han dejado más de 40 muertos y cientos de heridos. Es hora de dejar la adicción. Sin embargo, al igual que muchos adictos, Venezuela parece estar en negación. Incluso los críticos moderados, como el cantante de salsa Rubén Blades, son descartados como lacayos imperialistas.

Cuando ésta es la situación, es el momento para una "intervención familiar " –un momento de tensión cuando los familiares en cuestión de mala gana se enfrentan al adicto para mostrarle sus errores. De ahí el surgimiento de las conversaciones de paz mediadas por el Vaticano y América Latina que han tenido lugar entre el gobierno y la oposición.

Algunos temen que el gobierno esté simplemente usándolas para ganar tiempo y, al final, terminará atrincherado y represivo. Ciertamente, hay sospechas y sentimientos heridos de ambos lados. Políticamente, la pregunta más importante es: ¿se mantendrán las tradiciones democráticas de Venezuela?

Económicamente, sin embargo, la sobriedad es la única opción. La situación parece insostenible. Los corruptos internos no rendirán fácilmente sus privilegios, tales como el acceso subsidiado a divisas fuertes. Pero, en algún momento, el costo político de la inacción se debe elevar por encima del costo de la reforma. Entonces puede ser que veamos a un gobierno cuasi-socialista ejecutar un severo plan de ajuste. Tal vez ya haya comenzado.

Si Venezuela puede tener éxito es otra cuestión ya que, después de 15 años de chavismo y gastos suntuarios, Venezuela –el “niño rico” caprichoso– sólo se ha vuelto más venezolano. El ajuste será, de hecho, difícil.