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FINANCIAL TIMES: Trabajar todo el día, ¡no es bueno!

10 febrero 2014 5:12 Última actualización 26 agosto 2013 5:10

[Laborar 14 horas diarias, afecta la salud, humor y relaciones / Bloomberg / Archivo] 


 

 
Por Lucy Kellaway
 
Trabajar 14 horas al día es ruinoso para la salud, la familia, las relaciones, la personalidad y el humor. También es completamente ineficiente. Todo esto lo sabemos bien, pero el triste caso de Moritz Erhardt nos lo ha recordado de nuevo.
 
 
Aún si resultara que la muerte del pasante de Bank of America no tenía nada que ver con las largas horas que trabajaba, la historia me seguiría dejando maravillada ante uno de los grandes misterios de la vida de oficina. ¿Por qué es práctica común una forma de trabajar que es a la vez desagradable e improductiva en este tan deseado y exitoso rincón de la economía?
 
 
¿Por qué lo soportan los jóvenes banqueros de inversión? Ellos saben que van a estar trabajando todo el día, pero parece no importarles. Este año, Goldman Sachs recibió 17,000 solicitudes para 350 oportunidades de pasar el verano trabajando mucho más de lo que dicta la salud y la razón.
 
 
He estado jugando a algo que me gustaba mucho de niña, cuando consideraba alternativas horripilantes como: ¿bajo qué condiciones me comería un plato de vómito?
 
 
Esta vez he estado considerando algo mucho menos atractivo: ¿Qué me haría trabajar 14 horas al día con regularidad? Se me ocurrieron tres posibilidades. Primero, si me pagaran por hora y mi familia se viera descalza y con hambre. Segundo, si fuera mi propio negocio y yo me hubiera obsesionado de una manera enfermiza. Y tercero, si el trabajo fuera una cuestión de vida o muerte. Si yo hubiera sido una enfermera detrás de las líneas enemigas en la primera guerra mundial, no estaría marcando mi salida en el reloj a las 5:30pm.
 
 
Ninguna de estas situaciones se aplica a los jóvenes banqueros de inversión. No están bajo ninguna presión financiera. Cualquiera que haya sido contratado por Bank of America seguramente pudiera haber conseguido un empleo más civilizado en otra parte. La labor de un banquero en fusiones y adquisiciones (donde trabajaba Erhardt) no es exactamente el tipo de actividad que propaga la felicidad humana: todos los estudios muestran que más de la mitad de los acuerdos impulsados por los banqueros –y en los que invierten sus clientes, convencidos por ellos–, destruyen valor en vez de crearlo.
 
 
¿Entonces por qué toleran las horas? Acabo de interrogar a dos banqueros de inversión novatos, uno de los cuales estaba tan henchido de su triunfo en haber logrado el empleo al cual todos sus amigos aspiraban que parecía aceptar la cantidad de trabajo como una confirmación más de su valor para la organización –y para el mundo en general.
 
 
El otro banquero se encogió de hombros: todo el mundo trabaja tarde. Esto nos lleva al corazón del misterio. Los banqueros de inversión se rodean de otros banqueros de inversión y por ende su noción de lo que es normal está grotescamente distorsionada. Al igual que los anoréxicos pueden creer que es normal almorzar una hoja de lechuga, los jóvenes banqueros creen que es normal pasar 14 horas en el escritorio. Este muchacho ni siquiera pensó que era extraño que un colega restringiera cuánto bebe durante el día para no tener que ir al baño y así poder reducir el tiempo que pasa fuera de su escritorio. El novato estaba pensando en imitarlo.
 
 
El segundo misterio es por qué los bancos les imponen a sus empleados un día laboral que los agota y los deja sin servir para nada. Sospecho que es la misma razón por la cual el viejo sistema de “novatadas” se soportó en las escuelas de élites británicas por tanto tiempo. Cuando uno ha sido un novato no puede esperar a llegar a ser amo de novato y hacerle lo mismo a otro.
 
 
Los banqueros senior reclaman que las largas horas son el resultado de las interminables demandas de sus clientes. Un socio se siente obligado a prometerle a un cliente que puede producir un informe en un abrir y cerrar de ojos, lo cual significa  que un subordinado pasará toda la noche en vela redactándolo. Cuando el empleado se lo pasa a su jefe, invariablemente éste se lo devuelve con mil correcciones mezquinas –lo cual implica otra noche en vela.
 
 
La mayor estupidez de este sistema totalmente chiflado es lo mal que sirve los intereses del cliente. Cuando he escuchado las presentaciones de banqueros de inversión, lo que más me ha impresionado ha sido la escala de desperdicio. Copias encuadernadas de diapositivas son distribuidas en papel tan grueso que servirían para invitaciones de boda. Hay demasiados datos y diagramas alardosos y la presentación es demasiado larga y la hacen demasiadas personas. El mensaje principal es: nos estamos reventando una tripa para justificar la fortuna que le estamos cobrando.
 
 
Sea cual sea el veredicto oficial sobre la muerte de Erhardt, probablemente no cambiará las horas de trabajo de los jóvenes banqueros de inversión. Los pasantes no se van a ir a la huelga. Y los banqueros mayores no van a querer dejar de abusar de los jóvenes.
 
 
La mayor esperanza de cambio sería si los clientes echaran al cesto de la basura estos excesivamente lustrosos y sobre investigados informes que fueron redactados por escribanos adolescentes y faltos de sueño, y dijeran –igual que la cantante Shania Twain– “Eso no me impresiona mucho”.
 
 
 
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