Financial Times

¿Qué lecciones puede dar EPN a Narendra Modi?

El gobierno de Enrique Peña Nieto está consciente de los deficientes resultados económicos de México. El mandatario realiza diversas reformas constitucionales, como la energética, la cual pondría fin al monopolio de Pemex.
Martin Wolf
03 junio 2014 22:55 Última actualización 04 junio 2014 10:20
EPN y Narendra Modi

El gobierno de Peña Nieto ha emprendido reformas audaces. (Archivo)

Si Narendra Modi, el primer ministro de India, busca el ejemplo de un líder elegido democráticamente que se haya embarcado en reformas drásticas, Enrique Peña Nieto es el ejemplo perfecto.

Es cierto que este último es el presidente de un país mucho más pequeño y más rico – el promedio de nivel de vida de México es el doble de India, a pesar de que los malos resultados económicos de las últimas décadas han reducido sustancialmente la brecha.

Los líderes de los dos países se enfrentan a retos similares. Ambos necesitan generar un crecimiento de mercado en economías que muestran un abismo entre un sector formal de alta productividad y uno informal de baja productividad. Peña Nieto ha emprendido reformas audaces. ¿Debería ser éste el modelo a seguir?

En un estudio reciente, el Instituto Global McKinsey refleja la dicotomía mexicana de manera muy veraz. "Hay un México moderno, con una economía de alta velocidad, y sofisticada", reconoce. Pero también hay un "México tradicional, una tierra de empresas de subescala, de baja velocidad, tecnológicamente atrasadas e improductivas, muchas de las cuales operan fuera de la economía formal". El desarrollo significa la integración de ambos.

A menudo nos olvidamos que en los años 1950, 1960 y 1970, la economía de México fue muy exitosa: el producto interno bruto per cápita aumentó a una tasa promedio anual de 3.3 por ciento. Luego vino la crisis de la deuda de 1982 y una década perdida, un programa fallido de privatización, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) de 1994, la crisis financiera poco después, la estabilización macroeconómica, un cambio hacia la democracia multipartidista y el aumento de la competencia china.

A lo largo de este periodo, el crecimiento fue abismal: la producción por trabajador creció a menos del 1 por ciento anual desde 1980. El PIB per cápita de México (medido en paridad de poder adquisitivo) era 30 por ciento de los niveles de Estados Unidos en 2012, exactamente el mismo que en 1990.

Para quienes creen que la apertura comercial es la garantía de un crecimiento rápido, consideren esto: la relación entre el comercio y el PIB pasó del 39 por ciento en 1990 al 65 por ciento en 2011. Las exportaciones a Estados Unidos aumentaron seis veces bajo el TLCAN, y sin embargo, la economía obtuvo un rendimiento inferior.

México sufre de un "rompecabezas de la productividad". El contraste con otras economías emergentes es notable. La explicación de McKinsey es que, a pesar de que la productividad aumentó a una tasa compuesta del 5.8 por ciento anual entre 1999 y 2009 en las empresas que emplean a más de 500 personas, se elevó en apenas 1 por ciento al año en las empresas que emplean entre 10 y 500 personas, y cayó en 6.5 por ciento en las empresas que emplean a menos de 10.

La participación de estas últimas en el empleo también aumentó en el mismo período de 39 por ciento al 42 por ciento, mientras que la participación de las grandes empresas se mantuvo en 20 por ciento y la participación de aquellas en la mitad cayó del 41 por ciento al 38 por ciento.

¿Qué se esconde detrás de la caída de la productividad y el aumento de participación en el empleo de las pequeñas empresas? ¿Por qué las medianas empresas han hecho gala de tan poco dinamismo? McKinsey presenta tres hipótesis.

En primer lugar, las empresas se mantienen pequeñas e informales porque las cargas regulatorias y fiscales al crecer y formalizarse son altas. La solución es reducir la carga que pesa sobre las empresas formales y aumentarla en las informales.

En segundo lugar, las pequeñas empresas no tienen acceso a crédito. Al representar el 33 por ciento del PIB, los préstamos en curso son extraordinariamente pequeños, y también son costosos. McKinsey sostiene que "las necesidades de capital no satisfechas de las empresas con 10 a 250 empleados representan el 75 por ciento de lo que estimamos es una brecha de crédito de 60 mil millones de dólares en México". La solución debe incluir mejoras en los derechos de propiedad, procesos legales y, tal vez, garantías específicas.

En tercer lugar la infraestructura, los costos de energía, el suministro de destrezas y la calidad de las actividades gubernamentales dejan mucho que desear. Esto afecta a empresas grandes y pequeñas, pero hace que sea especialmente difícil que prosperen las pequeñas y medianas empresas. Las soluciones son el mejoramiento de la gobernación a todos los niveles, y desregular y mejorar el ambiente competitivo. Las asociaciones público-privadas, incluyendo el capital extranjero, deben desempeñar un papel en la provisión de infraestructura.

El análisis de McKinsey es correcto dentro de su contexto, pero es limitado. El sector informal funciona como un sumidero para el exceso de mano de obra de México (como ocurre en India). La disminución de la productividad en el sector informal no es sólo un producto de lo que está sucediendo en ese sector. Es el resultado de un lento crecimiento del empleo en otros lugares. El sector informal se adapta al exceso de oferta de trabajadores relativamente poco cualificados que no pueden encontrar trabajo en empresas formales. Como el crédito a las pequeñas empresas es tan limitado, el resultado es la caída de la productividad y de los salarios reales.

El gobierno de Peña Nieto está consciente de los deficientes resultados económicos del país. Está transformando el sector energético – entre otras cosas, poniendo fin al monopolio de Pemex, la compañía petrolera estatal. En las telecomunicaciones, está reduciendo la "posición dominante" de América Móvil de Carlos Slim. También está reformando los mercados laborales, el sistema fiscal (impopular entre los contribuyentes), la educación (impopular con los maestros) y la política de la competencia.

Es un programa audaz.
Pero, ¿será suficiente? Después de todo, la tasa de crecimiento de la productividad necesita al menos triplicar. Dado que México ya es un país de ingresos medios, eso requerirá no sólo reformas orientadas al mercado, sino también una mejora radical en la calidad de las instituciones del Estado. El sector informal tendrá que emigrar dentro del ámbito de un marco normativo y jurídico que brinde apoyo y soporte. Estas empresas necesitan formalizarse para poder obtener crédito y otros servicios cruciales. Los altos salarios de China ofrecen una nueva oportunidad para las empresas mexicanas orientadas a la exportación. Pero las exportaciones por sí solas no lograrán transformar los resultados económicos. Las empresas dinámicas e innovadoras deben surgir en todos los sectores de la economía.

El pasado de México ofrece una advertencia; su presente ofrece esperanza. Pero está lejos de ser seguro que el programa de reformas, si bien es necesario, será suficiente para generar el mucho mejor rendimiento que necesita el país. Mientras más haya progresado una economía, más difícil tiende a ser su rápido crecimiento. Eso ha sido el caso de México desde algún tiempo. Una gran parte de la solución tiene que ser la mejora y menor regulación del sector formal, así como la mejora y la mayor regulación de su sector informal.

Lo que se necesita no es sólo una gran mejora de las políticas, sino también en la manera en la que el país se gobierna a sí mismo. Esto es cierto tanto en México como en India. Es lo que prometen tanto Peña Nieto como Modi. El tiempo dirá si estos gobiernos serán capaces de ofrecer resultados contundentes.