¿Por qué San Francisco ‘odia’ a los robots?
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¿Por qué San Francisco ‘odia’ a los robots?

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Financial Times

¿Por qué San Francisco ‘odia’ a los robots?

Esta ciudad debería amar la inteligencia artificial con la presencia de Silicon Valley... Sin embargo, los robots han encontrado su audiencia menos acogedora en casa: San Francisco ha tomado medidas severas contra estos últimos como una reacción de antipatía hacia la tecnología.

Leslie Hook
04/01/2018
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La reacción contra la tecnología en San Francisco tiene un nuevo objetivo: los robots. Éste es un lugar que debería amar la inteligencia artificial. Después de todo, Silicon Valley es el hogar de algunos de los laboratorios de robótica más avanzados del mundo.

Pero cuando se trata de compartir sus aceras con estas maravillas tecnológicas, San Francisco dice “Aquí no”.

Recientemente, la ciudad tomó medidas severas contra los robots de entrega -dispositivos autónomos como los que probó el servicio Eat24 de Yelp el año pasado- que viajan por la acera para distribuir comida y otros artículos esenciales a los clientes. Las nuevas reglas los limitan a una velocidad de 3 mph (4.8 kph), limitan sus números y exigen un operador humano cercano. Las restricciones han frustrado las esperanzas de nuevas empresas que habían imaginado flotillas de robots autónomos que les entregaran pizzas calientes a los hambrientos millennials.

Al igual que muchas innovaciones de Silicon Valley, los robots han encontrado su audiencia menos acogedora en casa. De hecho, varias de las empresas “startup” más prominentes de la ciudad han enfrentado buena parte de su más dura oposición aquí.

Por ejemplo, Airbnb, la compañía de alojamiento. En 2016, San Francisco aprobó una ley sobre el reparto de viviendas que era tan restrictiva, que Airbnb demandó a la ciudad por ella. (Esa demanda ha sido resuelta, pero todos los anfitriones de Airbnb en San Francisco deben obtener una licencia comercial y registro antes de poder rentar sus hogares).

Lo mismo ocurre con Uber y Lyft: las autoridades de la ciudad rutinariamente los critican por provocar congestionamiento vial y estacionamiento en doble fila. Según un estudio de la policía, más de la mitad de las infracciones de tránsito en el área del centro de la ciudad son atribuibles a los conductores de Uber y Lyft.

En medio de esta amplia antipatía hacia la tecnología, los robots han llegado a ocupar un lugar especial en el odio de San Francisco. Un incidente en diciembre resaltó la profundidad de la antipatía de la ciudad.

Todo comenzó de forma inocua, cuando un refugio para animales en una zona de alta criminalidad cerca de un campamento de personas sin hogar compró un robot “guardia de seguridad” para ayudar a controlar su propiedad y las calles circundantes. El robot de 5 pies de altura y 400 libras de peso toma fotografías y graba secuencias de vídeo, y tiene la capacidad de pedir ayuda humana cuando detecta actividad inusual.

Fabricado por Knightscope, una empresa “startup” radicada en Silicon Valley, este dispositivo autónomo se usa comúnmente para patrullar estacionamientos y centros comerciales.

Inicialmente, el refugio para mascotas reportó buenos resultados del robot de seguridad, pues hubo menos robos de automóviles. Sin embargo, surgió una controversia sobre sus poderes de vigilancia, y en un momento dado fue secuestrado. Asaltantes desconocidos cubrieron el robot con una lona y untaron salsa de barbacoa en sus sensores para bloquearlos.

Las noticias del robot secuestrado se extendieron, y la ciudad se enfocó en el refugio para mascotas, acusándolo de utilizar el robot para mantener alejados a sus vecinos desamparados. El refugio recibió “cientos de mensajes que incitaban a la violencia y el vandalismo contra nuestras instalaciones”. La ciudad amenazó con multar el refugio por operar el robot en las aceras públicas sin una licencia. Para sofocar la indignación, el refugio devolvió la máquina a su fabricante.

Se pueden aprender varias lecciones de esta historia. En primer lugar, el tema de la falta de vivienda nunca deja de generar controversia en San Francisco, donde la miseria de las calles públicas contrasta con la riqueza que existe a puertas cerradas.

El segundo es que es más fácil culpar al robot que preguntarse por qué el vecindario se ha vuelto tan peligroso que un refugio para mascotas necesita protección.

La tercera lección es que los robots no tienen ‘ventaja de ser local’ en San Francisco. Sucede lo opuesto. Después de las medidas, los robots no entregarán pizza, y los robots de seguridad se volverán más escasos. Pero los robots seguirán sirviendo un propósito: serán chivos expiatorios de problemas cuyas raíces son totalmente humanas.

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