Financial Times

¿Por qué me gusta el edificio de mi oficina a pesar de todo?

El Financial Times ocupa un edificio audazmente mediocre en la periferia de la City de Londres, en el cual las alfombras están manchadas de café, los escritorios funcionales están alineados y los ratones merodean libremente.
Lucy Kellaway
29 noviembre 2015 20:46 Última actualización 30 noviembre 2015 5:0
Oficina de Scotiabank Banco, que lideró el ranking 2015 de equidad de género. (Braulio Tenorio)

La gente está perdiendo el hábito de trabajar en mejores espacios de trabajo. (Braulio Tenorio)

El Financial Times ocupa un edificio audazmente mediocre en la periferia de la City de Londres, en el cual las alfombras están manchadas de café, los escritorios funcionales están alineados y los ratones merodean libremente.

Sin embargo, para mí la oficina es totalmente satisfactoria ya que tiene cada una de las cuatro cosas que más me importan. Hay gente interesante con quien hablar; mi propio escritorio que puedo dejar tan ordenado o desordenado como yo quiera; una ubicación donde es fácil llegar en bicicleta y un portero que dice, “hola Lucy” cada vez que entro.

En un mundo ideal dos cosas más serían agradables: un poco más de luz natural y la vista de otra cosa que no fuera un espantoso edificio de ladrillos rojos. Pero supongo que no se puede tener todo lo que uno quiere.

¿O sí se puede? Durante los últimos meses he estado visitando una serie de nuevas oficinas cuyos dueños se sienten tan orgullosas de ellas que me han invitado (acompañada de un equipo de cámara del FT) a entrar en ellas a fisgonear.

Lo primero que noté fue que han mejorado los edificios de oficinas. Ya no se diseñan fábricas para oficinistas que andan cabizbajos. Ni se construyen sitios con la intención de inspirar miedo y envidia por la extensión de la sala de recepción de mármol o el tamaño de la cascada en el interior. En vez, el edificio de oficinas moderno es un espacio luminoso e igualitario y un templo a la diversión y la creatividad.

No importa lo poco creativa que sea la empresa; podría ser una firma de contadores, una multinacional que vende jabón detergente. El énfasis está en lo juguetón, con un aspecto entre jardín de infancia y sala de muestras de muebles modernos.

En todas las oficinas que visité, las luces fluorescentes ya no están de moda y si las pantallas de lámparas “creativas”. Los colores primarios están en todas partes. No hay líneas rectas. En CBI — el grupo de empleadores y posiblemente la organización menos juguetona de todo el Reino Unido — cada empleado tiene un portavasos en su escritorio con un retrato propio haciendo una mueca cómica.

Todo está organizado para fomentar encuentros y conversaciones: hay “centros de actividad” y sillones tapizados en colores brillantes. Las necesidades corporales y espirituales de los trabajadores — nunca una preocupación de los diseñadores en el pasado — son atendidas. Hay lugares cómodos y privados para hacer llamadas telefónicas, comida sana, gimnasios lujosos y hasta salas de meditación.

¿Es esto el progreso? Aunque detesto los infantiles colores primarios y la insistencia en la diversión obligatoria, no puedo pretender que estas nuevas oficinas no lucen mucho más agradables que la mía. Sin embargo, no estoy segura de cuánta diferencia hacen en la experiencia de las personas que trabajan en ellas.

Ya que gimnasios y comida están ampliamente disponibles fuera de la oficina, seguramente no es una gran ventaja que también lo estén adentro. Y es difícil creer que muebles más modernos significan mayor productividad. En mi casa me preocupo por mis entornos más de lo debido. Acabo de comprar una pantalla de lámpara tan costosa que tengo que decirme a mí misma que es una obra de arte para justificar el gasto. Pero en cuanto llego a la oficina, descanso de esos excesos materialistas. El estilo de las lámparas no me afecta en lo más mínimo.
Simplemente no me importa. Nada de esto me pertenece ni es mi responsabilidad, y eso es un alivio.

Una cosa que si codicié fueron las vistas espectaculares de Londres de algunas oficinas; estar sentada todo el día con la ciudad a mis pies tiene que ser agradable. Pero aún así, no sé cuánta diferencia haría. La oficina del FT tiene cuatro costados, tres de los cuales ofrecen vistas deprimentes, mientras que una mira sobre el Río Támesis hacia St. Paul. Pero la gente con la vista del río no me parecen más productivas y más alegres que los demás.

No obstante, aún con las grandes vistas y la garbosa decoración, no cambiaría ninguna de las oficinas que visité por la mía. En casi todas había algo que andaba mal: demasiados escritorios estaban vacíos.

Ésta es la gran ironía de la vida laboral moderna. Justo cuando los arquitectos y diseñadores están aprendiendo a construir mejores oficinas, la gente está perdiendo el hábito de trabajar en ellas. La única oficina que estaba apropiadamente poblada era una donde trabajar en casa es mal visto y donde todo el mundo tiene su propio escritorio.

En las otras se incentivaba el trabajo flexible y había muchos escritorios compartidos. Si una persona suficientemente retrógrada llegara a aparecerse en la oficina, encontraría que la mitad de los integrantes de su equipo estaban en sus casas, y tendría que contentarse con sentarse en un escritorio cualquiera, rodeado de desconocidos.

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