Financial Times

'Perdiendo el Norte’: una comedia sobre la ‘fascinación’ española por Alemania

Hugo y Braulio tienen un título universitario inútil en una España donde no pueden encontrar trabajo, así que deciden ir a Alemania donde los esperan con los brazos abiertos… ¿o no?
Tobias Buck
19 abril 2015 14:14 Última actualización 19 abril 2015 16:46
Una escena de 'Perdiendo el Norte', que ha sido vista por 1.3 millones de españoles desde su estreno (Página oficial en Facebook)

Una escena de 'Perdiendo el Norte', que ha sido vista por 1.3 millones de españoles desde su estreno (Página oficial en Facebook)

Hugo y Braulio son veinteañeros españoles atrapados en el malestar posterior a la recesión de su país. Ambos están decididos a abrirse camino, pero se dan cuenta de que la crisis ha convertido sus títulos universitarios y esperanzas profesionales en cosas totalmente inútiles.

Hugo, graduado de negocios, no puede encontrar trabajo (y, cuando finalmente lo logra, la compañía se derrumba en medio de un escándalo financiero en su primer día de trabajo). A Braulio, graduado de carreras en biología y química, le informan que su beca de investigación se ha terminado justo cuando se encuentra a punto de hacer un gran descubrimiento científico.

Cada vez más desesperados, deciden que, si España no les puede ofrecer un futuro, la única salida es escapar. ¿Y qué mejor lugar para empezar una nueva vida que Berlín, la capital de la potencia económica europea, donde abundan el trabajo y las oportunidades? Reservan un vuelo inmediatamente, confiando en que los empleadores les darán la bienvenida con los brazos abiertos. "Alemania me necesita tanto como yo necesito a Alemania", dice Hugo.


Y así comienza ‘Perdiendo el Norte’, una comedia española que ha atraído a más de 1.3 millones de espectadores desde su estreno en los cines el mes pasado. El título hace referencia a que Alemania se encuentra al norte de España y a las dificultades que enfrentan los protagonistas para adaptarse. Porque eso es precisamente lo que les ocurre a Hugo y Braulio después de llegar a Berlín. Encuentran un apartamento compartido donde sólo habitan españoles, son objeto de burla y lástima por parte de los alemanes, emprenden una batalla perdida contra el lenguaje, y terminan limpiando la cocina de un restaurante de kebab.

La película no es una obra maestra del cine. Va de estereotipo en estereotipo, y pronto desciende en el tipo de payasada en las que los actores se caen, lanzan comida en sus caras o ambas cosas. Resulta extraño que, para una comedia ambientada en Berlín, apenas hay personajes alemanes. Los lugareños que aparecen son en su mayoría fríos, estrictos, serios y sobre todo rubios.

Sin embargo, la película tiene su impacto. Como señala el cartel, "tristemente se basa en miles de historias de la vida real". Y el tema en sí mismo se está incrustando cada vez más profundamente en la conversación y la cultura popular. En el último par de años, los españoles han presenciado anuncios de televisión, obras de teatro y movimientos sociales basados en el tema de los nuevos exiliados. La mayoría de los discursos políticos incluyen al menos cierta alusión al problema.

En la película, Hugo se lamenta amargamente de que él es parte de la "generación mejor preparada que España haya tenido jamás". Es una frase que se repite sin cesar en la vida real, por lo general seguida por quejas de que el país ha invertido mucho en la educación de los jóvenes a los que ahora parece incapaz de dar empleo.

Pero la película también destaca otra tendencia más sutil: la profunda fascinación con la Alemania de la canciller Angela Merkel. Durante los últimos siete años, los españoles han estado constantemente obligados a medirse contra la superpotencia europea.

Hasta hoy en día, muchos boletines de noticias terminan con una actualización de la prima de riesgo, el diferencial entre los bonos gubernamentales de España y Alemania. Cuando está alta, las cosas andan mal; cuando está baja, las cosas se están poniendo mejor. De cualquier manera, Alemania es el nuevo estándar, el criterio poco favorecedor contra el cual la nación se ve obligada a medirse.

En el ámbito político, hoy existe la brecha entre aquellos que quieren convertir a España en una pequeña Alemania, competitiva, austera, obsesionada con las exportaciones, y los que culpan a Berlín de todos los males económicos de la nación. Los españoles comunes, por otra parte, se están preparando para la nueva era, esforzándose por dominar la lengua teutona: el número de estudiantes en institutos en España donde el alemán es el idioma oficial ha aumentado en más de un 50 por ciento desde el inicio de la crisis.

Hacia el final de la película, hay un último giro. El amor convence a Hugo de quedarse en Berlín, pero Braulio decide continuar su carrera científica en China. Mientras pasan los créditos, se le ve sentado en una clase de chino, con el rostro desencajado por la frustración, mientras lucha una vez más por prepararse para un nuevo lenguaje y un nuevo futuro.

Quizás hay en ello una gran lección tanto para los españoles como para los alemanes. Antes de la crisis, decenas de miles de inmigrantes chinos llegaron a España para aprovechar la bonanza. Ahora son los españoles los que abandonan su país, hoy hacia Alemania, tal vez mañana hacia China.

Tarde o temprano, sin duda, le tocará a España estar arriba una vez más. Todos los países tienen apogeo y decadencia. Quizás ni siquiera el imperio económico de Merkel dure para siempre.